






Mario Halley Mora 

Cita en el San Roque


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ndice
Cita en el San Roque
Vocabulario
La leccin de un maestro
A manera de prlogo
Cita en el San Roque con la paloma azul
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Magdalena

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Vocabulario
Agua: Guaran. Fruto nativo del Paraguay. Figurado: Victima de un asesinato.
Ku macho: Guaran-Espaol. Mujer masculinizada, viril, luchadora.
Opare: Se diluye, se esfuma, se agota por s solo. Se aplica a conflictos que no terminan.
Pombero: Guaran. Folklore. Duende maligno de la noche.
Plata Yvygy: Guaran-Espaol. Tesoro escondido de los invasores de la Guerra de 1865-1870.
Pyrag: Guaran. Literalmente: pies peludos cuyos pasos no se perciben. Delator, informante de la polica.
Lecay: Guaran. Persona mayor en general. Patrn, el que manda o administra. 



La leccin de un maestro
A manera de prlogo


De un artculo de Mario Vargas Llosa, en el diario ABC, del domingo 7 de noviembre de 1999, Seccin Piedra de Toque y bajo el ttulo de La Mentira de las Verdades. Fragmento cuya transcripcin es ocurrencia exclusiva del autor.     

...la historia cuenta (o debera contar) verdades, y la ficcin siempre es una mentira (solo puede ser eso), aunque a veces, algunos ficcionistas -novelistas, cuentistas, dramaturgos- hagan esfuerzos desesperados por convencer a sus lectores de que aquello que inventa es verdad (la vida misma). La palabra mentira tiene una carga negativa tan grande que muchos escritores se resisten a admitirla y a aceptar que ella define su trabajo. Sin embargo, no hay manera ms justa y cabal de explicar la ficcin que diciendo de ella que no es lo que finge ser la vida, sino un simulacro, un espejismo, una suplantacin, una impostura, que, eso s, logra embaucarnos y nos hace creer aquello que no es, acaba por iluminarnos extraordinariamente la vida verdadera. En la ficcin, la mentira deja de serlo, porque es explcita y desembozada, se muestra como tal desde la primera hasta la ltima lnea. sa es su verdad: el ser mentira. Una mentira de ndole particular, desde luego, necesaria para todos aquellos seres a los que la vida tal como es y como la viven no les basta, porque su fantasa y sus deseos le piden ms o algo distinto, y, como no pueden obtenerlo de veras, lo obtienen de mentiras, gracias a ese delicado y astuto subterfugio: la ficcin. Es decir, la vida que no es, la vida que no fue, la vida que, por no serlo y por no quererla, la inventamos, la vivimos y gozamos en ese sueo lcido en que nos sume el hechizo de la buena lectura.
Las tcnicas en que se construye una ficcin estn, todas, encaminadas a realizar esa operacin que es un motivo recurrente de los cuentos de Borges: contrabandear lo inventado por la imaginacin en la realidad objetiva, trastrocar la mentira en verdad. Y los recursos primordiales de toda ficcin, para que sta simule vivir por cuenta propia y nos persuada de su verdad, son el narrador y el tiempo, dos invenciones o creaciones que constituyen algo as como el alma de toda ficcin. El narrador es siempre un personaje inventado, sea un narrador omnisciente que emula a Dios y est en todas partes y lo sabe todo, o sea un narrador implicado en la accin, y, por lo tanto, un personaje limitado por su experiencia en la hora de dar testimonio. En todo caso, del narrador -de sus movimientos en el espacio, el tiempo y los planos de la realidad- depende todo en una ficcin: la coherencia o incoherencia del relato, su autonoma o dependencia del mundo real, y, sobre todo, la impresin de libertad y autenticidad que transmiten los personajes o su incapacidad para engaarnos como tales y aparecer como meros muecos sin libre albedro, a los que mueven los hilos de un titiritero y hace hablar un mismo ventrlocuo.
El narrador no es separable de la ficcin, es su esencia, la mentira central de ese vasto repertorio de mentiras, el principal personaje de todas las historias creadas por la fantasa humana, aunque en muchas de ellas, se oculte y, como un espa o un ladrn, acte sin dar la cara, desde la sombra. Inventar un narrador es inevitablemente, mentir, aunque en su boca se ponga verdades, porque las verdades histricas -los hechos fehacientes y concretos- se viven, no se cuentan, no tienen narradores, existen independientes de las versiones que sobre ellos puedan rivalizar, en tanto que los hechos de las ficciones solo existen en funcin y de la manera que determina quien los cuenta. Por eso el narrador es el eje, la columna vertebral, el alfa y el omega de toda ficcin. Inventar un narrador -una mentira- para contar las verdades biogrficas como lo ha hecho Edmond Morris (1) en su biografa, es contaminar todos esos datos tan laboriosamente recolectados en sus catorce aos de esfuerzos, de irrealidad y fantasa, y hacer gravitar sobre ellos, la sospecha (infamante, tratndose de un libro de historia) de la adulteracin. 
Inventar un narrador es, por otra parte, desnaturalizar sutilmente la razn de ser de una biografa que se supone debe estar centrada sobre la vida y milagros del biografiado. Porque el narrador -los narradores- pasan a ser los personajes centrales de la historia, como ocurre siempre en las ficciones: esa egolatra est prohibida a los historiadores esclavos de las verdades de lo sucedido. Es privilegio de los propagadores de mentiras, narradores de irrealidades que, a veces, parecen muy realistas. 
 



Cita en El San Roque



1. Cualquier parecido de los hechos y personajes de esta novela con hechos y personajes reales, es solo eso, parecido.
2. Por qu el doble discurso ha ser privilegio exclusivo de los polticos? 



Cita en el San Roque con la paloma azul
Uno
Los diarios y los comunicadores de la radio lo llamaban barrio marginal. Marginal, qu palabra doliente, pensaba Manuel. Viene de margen, de lo que est al costado, afuera, empujado de la geografa de la realidad. Su barrio era marginal, l viva en el barrio marginal y entonces l, Manuel, era un hombre marginal. Pero no haba edificado la casa marginal, cartn, plstico, chapas de zinc herrumbradas por gusto de vivir en el barrio marginal, sino porque ese pedazo de terreno era el nico que qued libre cuando la multitud ansiosa avanz como un raudal humano para ir aposentndose poco a poco, como el agua se aposenta en tierra seca, donde cada uno poda y donde cada uno caba, delimitando su solar con cuatro estacas y levantando all la casita que no era casita, sino refugio, casi un campamento instalado en la ruta de la necesidad, simple, provisoria, desarmable y portable, listo a ser desmantelado cuando el ro creca o cuando la autoridad ordenaba. Por eso no poda llamarse casa. La casa es el lugar donde uno se instala, y se vuelve hogar, y hasta se puede poner una maceta frente a la puerta, con algo que florezca. Que florezca, porque las flores frente a la puerta dan una sensacin de pertenencia, y de permanencia. l lleg retrasado. En realidad, lleg despus que la carrera terminara, de la que no particip porque solo miraba con curiosidad y vio al final de la estampida el trozo que qued libre. Por eso su pedazo de terreno no era un pedazo de terreno, sino ms bien era un resto de pedazo de terreno, un colgajo de terreno que nadie quiso porque quedaba encerrado entre el muralln y la zanja, una situacin nada cmoda, porque el muro no permita el paso del sol, aunque bien mirado tampoco permita el paso de la lluvia, y la zanja no le permita el paso a l para salir al sendero, que tampoco era sendero sino el canal por donde flua al ro un hilo verdoso de agua espesa, cloacal y maloliente, pero serva de sendero, y dificultad (de salir al sendero) que super colocando aquel tabln inclinado, tan inclinado que resultaba un marginal que sala de su casa marginal, patinando sobre una tabla lisa, una manera de salir al sendero que se hizo costumbre y hasta juego, porque aprendi a deslizarse con cierta elegancia y ms de un chiquillo aplauda su airoso porte cuando resbalaba sobre el tabln, con los brazos abiertos, como un alambrista de circo. Claro que la subida era menos garbosa, porque subir un plano inclinado era ms difcil que bajarlo.
De la casa, o del refugio, no poda sentirse orgulloso ni avergonzado. Porque era algo provisorio como provisoria su suerte de haber venido a pasar all, entre la zanja y el muro. No poda hablar de paredes y techo como debe tener una casa, sino de un agujero, de cueva, como para el lobo que se refugia de la tormenta de nieve, como haba ledo en una novela de Jack London. Claro que all dentro haba instalado un ropero que le cost una enormidad y el esfuerzo solidario de los vecinos subirlo por el tabln, y una mesita de hierro, y un brasero a carbn y un catre de lona, la lmpara de kerosene y la mquina de escribir que haba rescatado del hundimiento de la escribana, pero esas cosas no hacan una casa sino eran apenas brtulos de viajero, de hombre de paso, como el lobo solitario de la novela cuyo instinto apuntaba su hocico siempre al norte, porque en el norte siempre hay algo que se debe alcanzarse. Tampoco haca casa de la cueva el estante de libros rescatados de la ruina de su casa, que arm cruzando una tabla sobre dos ladrillos, ni el espejo en la puerta del ropero, que no era un sesgo de vanidad que justificara llamar casa a un refugio, sino porque el espejo ya estaba ah, formando parte del ropero cuando lo consigui en un depsito abandonado. De modo que el espejo no era un lujo sino simplemente un espejo, a veces molesto, porque muchas veces, cuando se miraba en l, no le gustaba lo que vea. Un hombre de treinta aos que, lo reconoca, deba estar en otra parte, pero que estaba all, en el refugio, no porque haba venido sino porque lo haban trado. Ortega y Gasset ya haba escrito sobre las circunstancias que hacen al hombre, pero se qued corto y se olvid de las circunstancias que empujan al hombre. Y fueron las circunstancias las que lo trajeron al refugio. Pero de paso, nada ms que de paso, porque analizando bien las cosas, si bien viva en un andrajoso vecindario marginal, no era un hombre marginal, no entraba en el modelo de hombre marginal. No era analfabeto, el alcohol le daba nuseas, no fumaba marihuana ni ola cola de zapatero ni aspiraba ni se inyectaba polvos mortferos. No haba venido de ningn valle campesino de tierras muertas y arroyos cegados por la deforestacin y la erosin. La razn de que a los treinta aos se encontrara viviendo en el refugio, era un misterio para l mismo, algo que no debiera suceder, pero sucedi. Su empleo como dactilgrafo protocolista en una escribana desapareci cuando al escribano le quitaron el registro a causa de aquella escritura donde se venda por tercera vez la propiedad embargada. Bueno, ese fue el argumento para casarle el registro, pero l supo que la verdadera razn era que el escribano se entusiasm con el candidato equivocado, el que gan en las urnas y perdi en los tribunales, y las ondas de choque arrasaron con el escribano, con la escribana y con su empleo. Lo malo es que casi al mismo tiempo perdi tambin a su madre, que poda estar viva y cobrando los intereses de su dinero si la Financiera no le robara el dinero, los intereses y las ganas de vivir. As que se apag por esa mezcla de pena, resignacin y furia que son una mezcla demasiado txica para los ancianos, dejndole solo en este mundo, sin empleo, sin madre, sin casa (siempre vivieron en alquiler) y sin herencia. Dios sabe que haba buscado empleo, y le pedan currculum, y l pona bachiller contable, dactilgrafo veloz, 75 palabras por minuto, soltero. Le decan que le llamaremos pero nunca le llamaron. Tal vez porque no pona Ingls y Computacin, que parecan ser los pasaportes al bienestar del trabajo. Como tampoco poda blasonar que haba ledo mucho y de todo y tena cierta cultura algo desordenada y poco metdica, cosa irrelevante, porque la exigencia no era cultura, sino especialidad.
Recurri a algunos amigos, pero descubri que cuando el hombre est de luto, desempleado o enfermo, los amigos desaparecen. Se mud a una pensin e intent trabajar por su cuenta: Se hacen copias a mquina. Se ensea a nios atrasados. Se gestiona cobros a morosos. Nada result. 
Las copias se hacan con computadoras, a los nios atrasados ya no les enseaban las viejas y sabias maestras jubiladas, ahora los llevaban a los siclogos como si la taradez infantil fuera de la siquis y no de la mente y de los cobros a morosos se encargaban los abogados. No pudo pagar ms la pensin y se mud a la parroquia, donde el cura le puso un catre en la sacrista, pero tuvo que irse de all cuando cambiaron al cura por otro ms joven y menos caritativo, y quien le dijo que la sacrista era para el sacristn y l no lo era, adems l traa su propio sacristn. Y fue as que vino a parar en el casero marginal, dejando atrs la vida sedentaria del buen pequeo burgus, con empleo, casa alquilada, mam, comida y cama, y con la vida sedentaria pero conformista, a Claudia, su novia, cuyo amor se fue desvaneciendo en proporcin directa a la cada social y financiera del amado, hasta que en un rapto de sinceridad le manifest que una chica debe tener expectativas, y que l, como expectativa era mas voltil que un espejismo en el desierto. Fue de ese modo que el pequeo burgus conformista cay un escaln y se convirti en desolado proletario sin trabajo.
Cuando el pobre no tiene trabajo, debe recurrir a la imaginacin e inventarse un trabajo le haba dicho una vez el cura, el que le acogi en la sacrista, no el que lo ech de all. Recordando el consejo, maquin muchos proyectos minsculos, de supervivencia. Hacerse panchero, vendedor de loteras, afilador de cuchillos con un artilugio hecho de ruedas de bicicleta y piedra esmeril, pero no tena capital y tena vergenza, porque caer tan bajo es una cosa y exhibir la cada otra que duele ms. Por eso amaba su refugio, que no era refugio, sino escondite.
Hacerse ladrn, descuidista o asaltante eran otras alternativas, pero se reconoca demasiado cobarde para la empresa. Un vecino de cara patibularia le ofreci el trabajo de vender marihuana y cocana y le dijo que la cosa era tan sencilla como merodear por los alrededores de los colegios, las discotecas y los pubs y que los clientes caan solos, pero rechaz la oferta, no porque estaba contra la Ley sino porque pona la Ley contra l. Reflexionando sobre la cuestin, concluy con cierta honestidad intelectual, que no rechazaba esas formas de vida marginal por virtuoso. 
Los rechazaba por miedo. Le tena un terror visceral, profundo, a la crcel, que conceba como un infierno pavoroso donde algn patn asesino lo hara marica a la fuerza y lo tomara por mujer. As que de la misma manera que no poda financiarse un trabajo honesto, tampoco tena el coraje para ninguna accin deshonesta. La impotencia completa. Pudo salirse de ella cuando una vecina que viva en el casero y era prostituta en los alrededores de la plaza Uruguaya, le ofreci ayuda a cambio de ayuda. Ella le dara dinero de sus ganancias y l tendra que funcionar como su respeto. No comprendi mucho del asunto y menos en qu consista el respeto objeto del intercambio, hasta que entendi que el respeto que busca una mujer sola es la compaa de un hombre, el privilegio de tener una pareja protectora, fuerte. Puta para muchos hombres, pero mujer de uno solo. La oferta le pareci muy complicada, y por aadidura no alcanzaba a entender para qu diablos una prostituta que ya lo haba perdido todo necesitaba respeto. Adems, Rosa, que as se llamaba la chica, era gorda y flccida y bien poda ser una bolsa de Sida. Ella, enojada, haba insistido en su oferta, ofendida por el rechazo, proclamando que muchos hombres querran ser su respeto, pero ella lo haba elegido a l, porque era un churro deseado por las colegas del oficio.
Churro, en el argot orillero significa atractivo. Mirndose en el espejo, se inclinaba a darle la razn. Entre todo lo perdido, le haban quedado el cabello negro y ondulado y todos los dientes. En lejanos momentos felices, Claudia, su novia, le haba dicho que tena los ojos hmedos y tiernos de un galn rabe. Su cuerpo no estaba mal, delgado y esbelto y su madre le sola decir que era el vivo retrato de su abuelo, gallardo capitn en la Guerra del Chaco. Que fuera deseado por las putas, como dijera Rosa, fue para l una novedad y al mismo tiempo una revelacin. Tambin poda ser deseado por mujeres menos arrastradas, por chicas estudiantes alocadas en plena efervescencia carnal de la revolucin sexual, por solteronas solitarias y hasta por casadas insatisfechas, las que le llevaran ser gigol. Pero haba dos problemas, el primero, que las herramientas de trabajo eran vestimentas decentes, elegantes y a la moda para concurrir a los centros nocturnos y el segundo que era incurablemente tmido con las mujeres. Proveerse de ropa adecuada era un imposible. Vencer la timidez y adquirir la desenvoltura de Robert Redfort en Propuesta Indecente una hazaa ms all de sus posibilidades.
La prudente distancia que pona entre l y las mujeres quizs se debiera a la celosa custodia que hasta su muerte ejerci sobre l su difunta madre, que no cesaba de proclamar la santidad del hogar y el hogar, su hogar, como una isla de decencia en el mar de la perdicin que se agitaba en las calles de una Asuncin que en su juventud era una ciudad inocente y ahora era ms pecadora y perversa que Sodoma y Gomorra juntas, capaz de llevar a las peores inclinaciones a su amado hijo nico. Pero en medio de esa virtud maximalista, la buena seora no dejaba de comprender que un adolescente tiene necesidades y urgencias sexuales y que una inactividad forzosa poda llevar al muchacho a una pasividad vergonzante. Alguna vez, Manuel le escuch a su madre decirle a una vecina que la adolescencia es el punto crtico en que el muchacho se vuelve hombre o se vuelve puto. De modo que haba decidido hacerle hombre, pero dentro de la castidad del hogar. Durante mucho tiempo, Manuel sospech que la costumbre de su madre de emplear sirvientas jvenes y sin mucha vocacin de castidad, lozanas e insinuantes, tena la finalidad ulterior de proveerle en casa de los placeres menos prohibidos y peligrosos que los de la calle. Incluso, la excesiva facilidad con que las fmulas incursionaban en sus noches, le llev a la casi conviccin de que haba de por medio un acuerdo rentable para las muchachas y placentero para l. 
Pero -pensaba ahora Manuel- el resultado estaba resultando bastante negativo. Se senta bien hombre, aplausos para mam, pero no haba aprendido los mecanismos de la conquista sexual. Se haba acostumbrado a la mesa servida, por decirlo de alguna manera y si haba un sujeto viviente absolutamente inepto para ser gigol, era l.
Descartada la alternativa no le quedaba otro camino que seguir cavilando, y entre tanto, sobrevivir, porque al fin de cuentas no todas las circunstancias son negativas y deshacen, y bien podan acontecer circunstancias positivas que hicieran algo para mejorar su suerte. Si desde hasta la energa elctrica hasta el planeta -pensaba- siempre tienen polos opuestos, por qu no ha de tenerlos la vida, o la suerte, como se quiera.
Cavilando, su vista se detuvo en el estante de libros que le recordaban el viejo bienestar hogareo. Casi todos eran novelas, buenas novelas como los consideraba el escribano, que siempre fue un buen lector, y los buenos lectores se caracterizan por regalar buenos libros, no acumularlos en las bibliotecas para que renan polvo, segn deca el buen seor cuando terminaba de leer algo bueno que le gustaba tanto que con generosidad, le obsequiaba a l el buen libro, que a l gustaba al principio porque le gustaba al patrn y despus empez a apasionarse en  la lectura. Aunque apasionarse no era la palabra exacta. Lea mucho porque tena mucho tiempo disponible. Iba poco al cine, o a la cancha de ftbol, porque a su madre no le gustaba quedar sola en la casa, y por lo tanto l dispona de un ocio casero que emple leyendo y le gust al final. Fue como aprender a caminar solo. Por aadidura, adems de los libros regalados por el escribano, tena tambin aquellos que l salvara del desastre de la escribana, algunos textos de Jos Ingenieros, Ortega y Gasset, Unamuno, y hasta una coleccin de Freud y otra de criminalstica y sociologa. Los haba ledo todos, sin comprender mucho, pero aprehendiendo lo sustancial, entre el inters de enriquecer sus conocimientos y el aburrimiento de la prosa pesada y acadmica.
No acert al principio, a comprender por qu en sus cavilaciones en la bsqueda de soluciones de emergencia, su atencin se haba fijado en los libros. Y entre los libros en las novelas. Las novelas cuentan historias. Las historias estn en todas partes, y bien poda l recoger una y escribirla. La dificultad estaba en que nunca hizo nada parecido en su vida, porque como dactilgrafo protocolista escriba siempre la misma cosa a 75 palabras por minuto, las mismas frmulas de cosas y personas que negociaban en el marco de la Ley y que no exigan imaginacin sino memoria. Una memoria tan profesionalizada que a veces le pareca que se haba contagiado a la mquina que pareca crepitar sola. Y si bien l estaba seguro de tener buena memoria, no poda garantizar que tuviera imaginacin. Pero bien se poda probar. Las historias novelables volaban en bandadas a su alrededor, en ese submundo de miserias que era el casero miserable, la mquina de escribir no se haba enmohecido y no llevara mucho esfuerzo el cambio de estar sentado y cavilando a estar sentado y escribiendo.
Volvi atrs y comenz de nuevo lo que estaba pareciendo un proyecto. 
Elevarse de dactilgrafo a escritor. Buscar una historia. Dnde? Obvio, en el mundo, y el mundo empezaba al final del tabln resbaladizo. El casero marginal era una gran historia que poda contener pequeas historias, y estaban al alcance de la mano. Todo le pareci ms fcil de pronto, hasta que lleg a la cuestin prctica, o mejor dicho, a la pregunta inevitable. Qu compensacin material le dara el oficio de escribir historias? Volvi a su mtodo de razonamiento. De la pluma del escritor nacen los libros. Los libros se venden. El escritor cobra. Pero para que el escritor cobre los libros, stos deben ser buenos y merezcan editarse. Entonces, l deba ser un buen escritor cuyos libros merezcan editarse. Y cmo se consigue eso? Misterio.
Pero no tanto. Haba ledo en una revista dominical de no recordaba bien qu diario, quizs de la pluma de Vargas Llosa, nada menos, que el escritor hurga en la realidad para fabricar otra realidad, un mundo fantstico que es de mentira porque es inventado, pero que se aproxima a la realidad porque el invento nace de la observacin y de la experiencia. 
Por tanto, el buen escritor es un gran mentiroso, y si llegaba ser grande, ilustre y publicado era porque su mentira resultaba tan perfecta que se pareca a la realidad, o por lo menos, daba un testimonio veraz de la realidad.
En tanto y en cuanto a la realidad, pensaba Manuel, all, en su refugio, estaba saturado de una realidad cruda, asfixiante, que tambin poda llamarse pobreza, o miseria. No saba nada de poltica ni de economa, y slo de paso, escuchando en la radio llamadas de gente desesperada o leyendo los diarios artculos en los que los comentaristas decan que la desigualdad social creaba multitudes harapientas, o as le pareca, sacaba la conclusin de que el barrio marginal que l habitaba, era el producto, o acaso el subproducto, del fracaso poltico y de la injusticia econmica, que indudablemente existen, como lo probaba el hecho de que l mismo, Manuel Arza, haba resbalado hasta el refugio, sin oportunidad alguna de asirse a nada que detuviera la cada. O quizs no fuera tanto as, y Manuel Arza no fuera sino un incapaz. Pero no, se replicaba l mismo. Un incapaz debe ser un sujeto ignorante y sin preparacin. No saba ingls ni computacin, y si bien eso lo haca casi un analfabeto de estos tiempos, poda desempearse en otras actividades menos exigentes si le daban una oportunidad, pero no se la dieron nunca o no supo pedirla. Un incapaz tambin debera ser un sujeto insensible, y l no lo era. Tena, por el contrario, un buen corazn, y record que en aquella manifestacin de estafados bancarios que iban a aullar su indignacin frente al Parlamento, estaba la viejecita proletaria de negro, flaca y arrugada, con una cara noble de virgen Mara anciana, de ojos hundidos, que portaba un cartel que la haba puesto en las manos, pidiendo crcel para los ladrones. Al verla, casi llor, por la pena que le causaba la anciana, y porque tambin le recordaba a su madre.
En ese punto, que estaba pareciendo un punto muerto, su memoria evoc el Bar San Roque, donde acostumbraba cenar, pollo con oquis, el plato ms barato, cuando tena dinero. Y all haba una mesa donde se reunan los escritores y escritoras y poetas, que l supona eran los responsables de dar testimonio de lo que estaba pasando para mal o que no estaba pasando para bien. No eran por cierto seres de otro mundo sino personas tan ordinarias como l, beban mucho y coman poco, hablaban sin pomposidades acadmicas y discutan de todo de modo algo ruidoso. Gente tan normal, que si l se atreva y se sentaba en la mesa, poda pasar por un escritor ms. 
Se sinti satisfecho, porque en tratndose de empezar, ya tena aspecto de escritor. Lo que quedaba por hacer era descubrir qu hay debajo del aspecto de un escritor, cmo piensa, cmo maquina sus historias, cmo urde la trama y de dnde saca sus personajes. Tena que ir a averiguarlo al bar San Roque. 



Dos
La gente sala del rezo de la tarde cuando se encaminaba al bar San Roque. Envidiaba a esa gente tan elegante que concurra a misa. Pero no envidiaba solamente la vestimenta airosa de la grey, sino la expresin de contento que parecan haber recogido all dentro, en contacto con Dios, la Virgen y la comunin. Su madre no haba sido muy estricta en eso de obligarle a concurrir a la misa, y sostena que el contacto con Dios se poda hacer en cualquier forma, aun en el recogimiento de la casa. Poda ser una creencia sincera o un mtodo para que el hijo nico de la madre enferma no anduviera por las calles y cayera en tentaciones. l haba intentado muchas veces comunicarse con Dios, pero pareca que cada vez que lo haca Dios estaba ocupado en otra cosa y no consegua comunicacin. No tena fe, pero envidiaba a las personas que la tenan, no saba bien si por la expresin de paz que traan al salir de la iglesia o por la buena vida que les permita lucir elegantes para ir a ella. Es fcil tener fe cuando la vida te trata bien, pensaba.
En el San Roque no haba mucha gente a esa hora. Revis sus bolsillos. El dinero alcanzaba para una empanada con pan y hasta poda darse el lujo de una gaseosa. La concurrencia no era numerosa a esa hora, y la mesa de los escritores estaba vaca, cosa que no le sorprendi, porque solan aparecer ms tarde, y porque la verdadera noctambulidad bohemia empieza como a las once de la noche. Sin embargo, poda ya hacerse una idea, o encontrar algunos de los escritores que llegaban en cualquier momento del da, pedan una cerveza, todos fumaban pensativos o escriban notas en las servilletas de papel. No observ a ninguno y ya estaba pensando que su inversin temprana en la empanada y la gaseosa haba sido en vano cuando le llam la atencin la llegada de una dama que pareca del gremio, en primer lugar por su falta de maquillaje, sus cabellos desordenados y su vestimenta deliberadamente estrafalaria, con aquel vestido de tejido casero que no vesta sino colgaba de su cuerpo hasta los tobillos, sus zapatillas de tenis, y el inmenso bolsn indio que colgaba de sus hombros con una correa, capaz de contener todos los abalorios de una mudanza permanente. La reconoci porque le haba visto en fotografas en los diarios y en vivo en televisin, con motivo del lanzamiento de no recordaba bien si de una novela, un libro de historia o de poemas. Era indudablemente una escritora, y le pareci que despus de todo haba tenido suerte aunque quedaba el delicado asunto de abordar a la dama, que hubiera sido hermosa si no se hubiera decidido a ser profesionalmente fea.
Sin que ella lo pidiera, despus de que depositara su deforme bolsn en una silla, y como si fuera un rito de todos los das, apenas se sent ya apareci el mozo con un alta copa de una bebida misteriosa, verde, donde flotaban pedazos de hielo, y una rodaja de limn se equilibraba en el borde del vaso y del vaso se alzaba un tubito de plstico. Chup un sorbo, hurg en las profundidades de la bolsa y sac un grueso cuaderno con hojas manuscritas que empez a revisar, encontr algo que deba corregir y busc obviamente una lapicera, revolviendo el amasijo de cosas que contena el bolsn. Not Manuel que no la encontraba y record que all mismo, en el San Roque, un escritor haba dicho que lo que menos usan los trabajadores de la pluma es un vulgar bolgrafo. De manera que si la dama era escritora, no tena pluma, y l s lo tena y ese hecho tenda un tenue puente para el contacto. Decidi cruzarlo porque l tena una Parker, residuo de tiempos mejores. Se levant, se acerc a la dama y se la ofreci con su mejor sonrisa. Ella agradeci con una mueca amable, pero demasiado pronto se desvaneci cuando su mirada se traslad de la Parker a su facha, que ya haba rendido tributo a la indigencia. Vesta todava un traje, pero era consciente de que si bien un traje hace respetable a los hombres, un traje viejo y manchado, por ms que sea traje, es un irrebatible ndice de decadencia y cada. Sinti la acostumbrada vergenza que le haba acompaado desde que perdi el empleo, su mam y su casa. Volvi a su mesa cautamente mientras la dama usaba su lapicera, pensando que en algn momento ella se levantara, le devolvera la pluma, y si andaban bien las cosas, poda iniciarse una conversacin. As sucedi en efecto, porque al cabo de casi media hora, ella termin con su bebida y sus correcciones. Meti el cuaderno en el bolsn, pag la consumicin y se acerc a su mesa con la lapicera en la mano. Mir con aire crtico el pequeo plato donde an quedaba unas migas de pan y alguna carne picada desprendida de la empanada... y no le devolva la lapicera. Sus enormes ojos pardos debajo de las cejas espesas sin depilar parecan taladros luminosos que le examinaban por dentro.
-Usted no es lo que parece -dijo la mujer sin mucha ceremonia.
-Nadie es lo que parece -respondi Manuel.
-Buena observacin, joven. Gracias por la lapicera -y le pas la Parker.
-Puede quedarse con ella, seorita. No me sirve de mucho.
-Usted no parece en condiciones de regalar nada. Si me regala la lapicera, busca algo a cambio. Ya pag su cena? -Conservaba la lapicera en la mano
-No, pero puedo pagarla. Gracias.
Aun tena la lapicera en la mano. Sus ojos como faros inmisericordes tenan ahora un brillo divertido.
-Qu quiere de m? No. No me responda. Digamos que yo quiera algo de usted. Veo en usted a alguien que fue y que ya no es. La bebida? La droga? El juego?
-No, simplemente que no s ingls y computacin.
-Es una manera de decir que es un desocupado.
-Usted es escritora. La conozco.
-Y estoy en funciones. Me interesan los personajes contradictorios. 
Puedo sentarme? 
-Por favor. Yo soy un personaje contradictorio?
-Por el momento solo un personaje. Es educado y se viste mal. Poda ser un empleado bancario pero luce como un mendigo. Hasta poda ser un caballero pero cena basura.
-Es usted buena observadora, seorita, pero pasemos por alto lo que soy y hablemos de lo que quiero ser.
-Y qu quiere ser?
-Escritor, como usted.
-Empieza mal regalando su lapicera.
-Tengo una mquina de escribir 75 palabras por minuto.
-Eso no le hace escritor. Generalmente es al revs. A veces se piensa 75 minutos para encontrar una palabra. A propsito, me llamo Elena.
-Y yo Manuel. Es difcil ser escritor?
-Depende. Primero debe encontrar algo digno de contarse. Despus ponerse a escribir. Supongo que el escritor es como un testigo algo irreverente que est dando testimonio. Cuenta lo que est en su cabeza, crea los personajes y los hechos, y cuando nos los crea, recuerda, los sigue, los observa, relata, se compadece, se burla. A veces es cnico, otras potico. Yo suelo soar que soy una paloma azul volando sobre la gente, mirando todo, anotando todo en mi memoria de pjaro.
Manuel la observ, asombrado de que la definicin de la chica coincidiera con sus reflexiones. Un poco mayor que l, o de su misma edad, pero si se maquillara, parecera mucho menor que l. Cara bonita, nariz griega. Cuando sonrea asomaban dientes pequeos y brillantes. No poda saber qu clase de cuerpo ocultaba la tnica. En los dedos no tena anillos pero no poda colegir que no fuera casada porque de la misma manera que como escritora no tena pluma como esposa no llevara anillo, por olvido o por feminismo militante, como esas casadas modernas que no usan el apellido del marido. Ella ya se haba sentado y dejado el bolsn sobre una silla. Hizo una sea al mozo con un cdigo secreto que slo conocan los dos y ste apareci poco despus con dos vasos de la misma bebida verde. La invitacin implicaba la permanencia del contacto. 
Prob la bebida, fresca, algo de menta, o de ans, o de coco tenuemente alcohlico. No alcanzara a darle nuseas. Curiosa, la escritora que se consideraba una paloma azul. Raro simbolismo, porque la paloma tiene muchos significados. A veces es la paz y otras la libertad. La paloma azul deba significar para ella la libertad, la libertad de observar, recordar, experimentar y crear volando en los vientos de la imaginacin. Quisiera yo tener esa riqueza interior que vuelve a una chica comn una escritora, una testigo, un ojo que hurga y una mente que percibe ms all de la realidad y su superficie prosaica.
-Ya tiene algo escrito? -pregunt Elena.
-No. Solo anoche decid ser escritor.
-Cunteme cmo lleg a una vocacin tan repentina.
Su mirada no era malsana, ni curiosa. Era una de esas personas que pueden sonrer con la mirada, y sus ojos tenan un brillo amistoso. 
Invitaban a la confidencia. Adems, Manuel cay en la cuenta de que haca mucho tiempo no hablaba con nadie, y lo que guardaba dentro pesaba. As que cont todo, que Ortega y Gasset haba quedado corto, el escribano equivocado de bandera y lder, su empleo, su madre. El desplome y el aterrizaje forzoso entre el muro y el sendero que no era sendero del barrio marginal. No supo si atribuir a la bebida o al genuino inters de la mujer la libertad que haba adquirido su lengua y la facilidad con que se abran las puertas de su vergenza. La mujer le miraba con ojos perspicaces. Un gorrin callejero soando convertirse en paloma azul. Pero las palomas azules deben tener ojos de halcn. Este individuo tena los ojos mansos de un conejo perseguido. No interrogaban. Pedan socorro.
-Es obvio que adivin que yo soy escritora. Es un buen observador. 
Cmo lleg a esa conclusin?
-La vestimenta, sus maneras desinhibidas, el cuaderno de apuntes, y no tiene lapicera. Adems la vi por televisin. 
-Hbleme de su barrio marginal.
-Es sucio y miserable. Muchos mosquitos que chupan sangre. Mucha gente que ya no tiene sangre ni para los mosquitos. Los hombres son generalmente borrachos, las chicas se prostituyen, las mams que ya no pueden prostituirse llevan a sus hijos a las esquinas con semforo. 
Conozco una seora que alquila su beb. Y al beb le dan un somnfero para que aguante. Y eso apenas es lo que se ve. No se ve la frustracin, ni la derrota ni la resignacin ni el rencor. Pero se los siente, se los percibe, se los respira.
-Cmo se adapt a todo eso?
-No me adapt. Qued clavado all. Y la gente me acepta, porque el nico sitio donde no se discrimina es la pobreza, pero eso no es un mrito. Aceptan hasta a los travests. La comunidad perfecta. Todos son infelices y aprendieron a compartir la infelicidad. Casi se dira que me siento feliz como miembro igualitario de una sociedad de infelices.
-Nunca luch por conseguir algo?
Record que haba conseguido el empleo en la escribana porque el escribano era primo lejano de su madre. Y las sirvientas complacientes. 
No, nunca haba luchado por nada. Su madre no le haba enseado a luchar, sino a recibir todo como algo natural. Del cielo caa man y la miel vena en botellas.
-Pocas veces. Sinceramente, pero como usted dice, soy un buen observador y le muchas novelas. Adems soy bachiller comercial y dactilgrafo.
-Y un buen observador. Puede que nos necesitemos mutuamente.
-Vamos a escribir juntos?
-No, por Dios. Le voy a dar un trabajo. Anote todo lo que ve, lo que observa, desnude a la gente, zambulla en la miseria, anote, anote y trigame sus notas. Creo que le educaron bien, pero le quitaron todo para ser perfecto. Pintorescos los hombres que son perfectos porque no son nada. Pero al menos veo que le dejaron sensibilidad. Sea sensible, abra sus ojos, sus odos y sus poros. Pero esccheme bien, no use la imaginacin si es que la tiene, use los ojos. Mire y apunte. Tiene buena letra?
-Escribo a mquina.
-Muy bien. Escriba a mquina, pero no escriba una novela. Escriba la vida. Y si descubre algo dramtico y real, cunteme a su manera, as como sucede, sin darse aires de literato. Nada de imaginacin, la verdad nada ms. Ah tiene su trabajo.
-Se supone...
-Se supone que le debo pagar. Le estoy leyendo la mente. Le dar dinero, que veo que es su necesidad ms urgente. Pero le pongo una condicin. No use el dinero para mudarse de su barrio. Adems, Manuel, no le voy a hacer, rico ni mucho menos. Slo le ayudar a sobrevivir, y estoy convencida de que el trato lo dejar contento, porque si me perdona, creo que usted es un destinado a sobrevivir.
-Usted no tiene pelos en la lengua, Elena.
-Tampoco quiero tenerlos en la pluma. Slo he publicado una novela. 
Me fue bien. Pero, entre nosotros, es una novela alambicada, postiza, porque no cuenta la vida como es sino mis sueos, y mis sueos no le interesan a nadie. La gente quiere estremecimiento, sobresalto, escalofros, espanto y burla, desafo y denuncia, y quiero ser una escritora comprometida. Comprometida con qu?... se est preguntando. 
Comprometida con la denuncia social. Con lo que usted representa, con el olor de derrota que trae, con el mundo que est empezando a conocer. Una paloma azul que lo ve todo, lo asimila, lo sufre y lo escribe.
Con un movimiento casi reflejo, Julio se oli la manga del traje. 
Olor de derrota para la paloma azul. Era su olor de siempre. No. Era un olor nuevo, o bien mirado, o bien olido, un olor viejo, de cloaca, como el de los vapores de la pobreza, los vahos de la miseria, el aliento del hambre y los miasmas de la enfermedad. El barrio marginal se le haba pegado al traje. El descubrir que estaba ofendiendo el delicado olfato de la escritora reflot su vergenza. Llevar encima la pobreza ya era bastante duro, pero andar por ah oliendo mal, demasiado.
-Hacemos trato? -la voz de Elena le devolvi a la realidad.
-Hecho, Elena.
-Se ha quedado serio de repente.
-No, me he quedado triste de repente, y avergonzado. Usted es bastante cruel. Desnuda al prjimo. No es una paloma, parece un buitre.
La chica ri, divertida.
-Es lo que quiero que haga con los dems, desnude a la gente, Manuel. 
Y si le ofend le pido perdn.
Mientras peda perdn sin ningn sesgo de arrepentimiento en el rostro, hurgaba su bolsn. Extrajo varios billetes, billetes grandes, deslumbrantes, como para un centenar de cenas con men a eleccin.
-Esto es para empezar. Nos veremos aqu los lunes y los viernes, a las 7 y media de la tarde. Si tardo, me espera, trigame sus notas.
Se levant y se march llevndose la lapicera Parker, sin ninguna ceremonia, enfundada en su deforme vestido de tela hasta, con el bolso colgado del hombro y con pasos largos y enrgicos, poco femeninos, dejando sobre la mesa los billetes.
Manuel an no haba asimilado del todo la fulminante velocidad de lo que le estaba ocurriendo. Vala y tena conciencia de su valor. Paloma azul que no teme a los vientos. Hizo un resumen mental. La mujer se llamaba Elena, poda ser hermosa y trataba de ser fea. Casi masculina, tal vez fuera lesbiana. Tena dinero, pero poda ser dinero del marido, del amante o del pap, porque un slo libro publicado, y rechazado por la propia autora, no hace rico a nadie, pero la vuelve persistente y luchadora. Se deca escritora y lo era quizs por vocacin, o por vanidad o por la combinacin de vocacin ms vanidad ms dinero y andaba en busca de verdades amargas de la vida para implantarlas en la imaginera de su narrativa. Era por ello, Elena, inteligente, prspera, y tan rica que poda comprar espacio, tiempo, y ahora su cerebro, el suyo, el de Manuel, para satisfacer su vocacin y elaborar sus libros. O para escribir sus novelas. Qu papel tena l en todo esto? Ordear su infortunio, cosechar dolores cidos que espigaban en su entorno, y proveerlos a Elena. Pens que no era momento de perder tiempo en reflexiones. Lo importante era el momento, SU momento, bastante satisfactorio, porque le haban dado dinero por un trabajo que no atinaba a saber si sabra hacerlo. Pero bien mirada, no era cosa del otro mundo. No era un explorador que deba internarse en la selva, l viva en la selva, o, mejor an, l era parte de la selva. 
Pag su consumicin en el bar y sali a la calle, dispuesto a empezar su trabajo. Camin hacia la plaza Uruguaya, y se detuvo en una esquina, tratando de encontrar el motivo de por qu, no su inteligencia, sino su instinto, le indic la plaza Uruguaya como punto de partida. La respuesta no tard en presentarse. Las plazas tienen su identidad en Asuncin, la plaza Italia fue por mucho tiempo la ltima estacin de los veteranos de la Guerra del Chaco, que se reunan all a esperanzarse por sus haberes de hroes y para compartir borrosas memorias de batallas ganadas para nada. 
La plaza Rodrguez de Francia era como un mundo de sosiego sitiado por las casas de empeo, y en sus bancos los ladrones contaban sus billetes mal ganados en sus nocturnas incursiones a casas dormidas y los usureros y cambistas tecleaban en sus maquinitas de calcular. En el centro, los artesanos, improvisados soldados de la batalla entre la economa y la ecologa, trabajaban y eran desalojados peridicamente de sus ocupaciones de los espacios verdes que no eran verdes, sino grises y pardos como la necesidad. Pero all estaba tambin el Panten Nacional de los Hroes, con su guardia de soldaditos aburridos de uniformes de gala demasiado grandes para su postura de nios soldados, y donde algunos turistas, ms curiosos que interesados en historia, asomaban las narices con falso recogimiento para contemplar los restos de hombres que haban soado un pas mejor, que ellos, los turistas, y los hroes tampoco, vean por ninguna parte. Frente al Puerto de Asuncin, la plazoleta del Puerto, mezcla de plaza, estacionamiento, cargadero de camiones y feria de baratijas y frituras donde haban instalado el busto de Isabel La Catlica, acaso ms como castigo que como premio, para que contemplara desde el purgatorio del bronce cagado de palomas el estropicio que haba causado ayudando a Coln a lo que pomposamente llaman hoy el encuentro de dos culturas. Pero la plaza Uruguaya era distinta, instalada frente a una estacin vaca de un ferrocarril de trenes muertos, ceida por vas de tranvas definitivamente ausentes, abrumada por la oferta desesperada de vendedoras de loteras con bebs en brazos, acalorados en verano o azules de fro en invierno, trajinada por prostitutas que llevaban a los clientes a lbregos hoteluchos en habitaciones mohosas; dormidero, la plaza, de vagos y reposo de borrachos. Ah estaba lo que Elena, novelista de denuncia, quera. No le costaba mucho esfuerzo de imaginacin adivinar lo que Elena buscaba, la desgracia de los otros para su gratificacin de artista, eso, si entenda bien lo que quera significar denuncia, cosecha de paloma azul. Si por alguna parte deba comenzar su nuevo trabajo, la plaza era el ideal punto de partida, porque en cierto sentido, era el propio ombligo que Asuncin contemplaba absorta, como esos Budas que contemplan su barriga desmesurada y sonren bobamente.
Por aadidura, la plaza Uruguaya era como el centro y la muestra de un acelerado cambio de la ciudad de Asuncin, hasta poco antes pacfica y pacata, con sus comercios tradicionales, sus vitrinas iluminadas y sus calles arboladas en el llamado microcentro, la parte ms antigua de la ciudad. Las cosas declinaron con celeridad. Los barrios bajos, por siglos contenidos en sus fronteras. apretadas entre el ro y la ciudad empezaron a crecer al galope de los flacos corceles de la pobreza. Hombres y mujeres marginales, y ms an, nios, invadieron el otrora elegante microcentro, iluso de alzarse en corazn de ciudad moderna y dinmica, y empezaron a nutrirse de la urbe en decadencia. Lavadores de autos, cuidadores de autos, mendigos, vendedores ambulantes, vendedoras de hierbas medicinales, de frituras saturadas del humo del gasoil, familias enteras organizadas en clan para mendigar, prostitutas que ocultaban su tosquedad rural con exagerado maquillaje, travests agresivos armados de puales para repeler la repulsin de los vecindarios ofendidos, como hormigas ansiosas se distribuyeron por calles, plazas, iglesias, galeras, esquinas con semforos donde los nios pequeos pedan llorando y los ms crecidos limpiaban vidrios amenazando. La ciudad se deterior, se proletariz por lo ms bajo, por lo ms msero, el centro huy a la periferia elegante de Villa Morra, los grandes comercios se marcharon a municipios vecinos, los supermercados hiperdimensionados acabaron con los almacenes amables y empezaron a amenazar a los mercados donde la pobreza trataba de encontrar una salida comercial; las lujosas tiendas, temerosas del robo y del asalto y hartas de inspecciones fiscales cerraron y se inici la inevitable decadencia. La fealdad de la pobreza destruy aceras, cancel vitrinas y apag los faros, devast arboledas y jardines. La multiplicada gente pobre, que antes viva en el bajo y del bajo, sigui viviendo en el bajo, pero tambin aprendi a vivir y a campamentarse en el alto, y la ciudad aosa claudicaba al sitio de la pobreza, y ms an, se empobreca, porque de pronto, la cultura o incultura del bajo se volva dominante, y la ciudad iba cediendo. La plaza Uruguaya era la sntesis de esa cada de una ciudad, un pas que se sostena sin mucho decoro en el Tercer Mundo, y caa inevitablemente en el Cuarto, si tal cosa existe.
Y as, ciudad enferma, de corazn herido, Asuncin entera se fue sumiendo en el miedo y la indiferencia. Miedo al asaltante, al ladrn desesperado, al caballo loco descalzo y veloz, al violador saturado de pornografa, al mendicante cnico que tocaba los timbres de la casa con una receta falsa para otra falsa enfermedad terminal de una madre que no exista en un hospital que tampoco exista. En las paradas de mnibus, que parecan refugios de combatientes sitiados dispuestos a defenderse espalda contra espalda, las viejas apretaban el monedero contra el corazn y se despojaban prudentemente de cadenillas y de anillos. Los letreros de se alquila o se vende eran como resignada aceptacin de la pobreza inevitable y maquillaron de tristeza las casas que fueron alegres, iluminadas. Los negocios fueron bajando sus cortinas metlicas sujetas con cadenas y gruesos candados. Las esquinas que fueran de reunin de las barras de amigos y de citas juveniles, ahora tenan vigilancia de policas ceudos acorazados con chalecos antibalas. Las calles vecinales, empedradas, se fueron llenando de basuras. Las pinturas se resecaban y creca el moho de la humedad en las paredes, las hierbas en la acera y las aguas ptridas en los charcos. Los enflaquecidos perros, otrora mascotas querendonas, se lanzaron a las calles en jauras bullangueras y hostiles, rasgando con uas y dientes las bolsas plsticas de basuras. Se retiraron bombillas para ahorrar en energa y se dejaron de regar los jardines para ahorrar en agua. Asuncin, que antes respiraba alegra, respiraba pobreza y la pobreza saturaba todo, reclua a la gente mayor que se congregaba frente al aburrimiento del televisor, y al mismo tiempo, cuando llegaba el crepsculo vespertino, se perciba el silencio tenso de la espera, antesala de una vida nocturna viciosa, alcohlica, desenfrenada, sexual y sensual, motorizada por el auto potente y homicida, y donde humeaba la marihuana, tronaba el rock aturdidor y los polvos mortferos enardecan las narices o circulaban por las venas, todo un universo de decadencia y desesperacin que despertara cerca de la media noche para convocar a los jvenes, a la generacin de la noche que llegara al amanecer depositando  en las aceras la basura humana de adolescente borrachos, de chicos y chicas drogados, de ojos vidrioso que no alcanzaban a distinguir la calle que conduca a casa, y se sentaban en los zaguanes, en los portales, a esperar el regreso de la realidad que haba huido al galope la de la fantasa inyectada, o aspirada.
Slo en la periferia alta de la ciudad, en los barrios residenciales, muchos de ellos ya amurallados y refugiados en fortalezas vigiladas por guardias privadas armadas, crecan en altura y en lujos las comunidades de privilegiados, de los que se hacan rico aumentando la pobreza de los dems, la nueva aristocracia de los polticos verborrgicos enriquecidos, los contrabandistas de lite protagonistas de la noche elegante y de las pginas de Sociales en colores de los diarios, los banqueros milagreros capaces de meterse en los bolsillos todo un banco con ahorristas incluidos. Impunes a un control perverso, y una Justicia cada en la baratura poltica seccionalera.
Tiene razn el escribano se deca Manuel, recordando las nfulas histrico-sociolgicas de su antiguo patrn, ahora arruinado. Condenaba a Asuncin, la nica ciudad fluvial que daba la espalda al ro, su padre secular. Dej el espacio vaco entre el ro y la ciudad, y en esa tierra de nadie, castigada por las crecidas y desolada por las bajantes del ro, se instal el pobrero, el barrio marginal, similar pero distinto a las favelas, las callampas y las villas miseria de otras ciudades. Similar en la pobreza extrema y la vida subhumana, pero distinta en su ubicacin. Las otras ciudades empujaban a la pobreza a la periferia de los cerros, los arenales y los pantanos. Asuncin la alberga en su corazn. Asuncin, cuna de la civilizacin de Amrica y madre de ciudades como deca su pomposa credencial histrica, nunca fue capaz de asumir su orgullosa condicin de urbe portuaria. Se alej de la costa, la costa se volvi brbara, se nutri con la pobreza que creca, y la pobreza empez a invadir la ciudad. 
Pero en la plaza no encontr nada interesante, las callejeras de siempre, los mendigos dormidos, los chicos harapientos que destrozaban los jardines compitiendo por una lata vaca de cerveza devenida en pelota de ftbol. Una remodelacin reciente haba repuesto los faroles, y todos permanecan milagrosamente enteros. Pero se no era tema para Elena, ni para nadie. Decidi volver sobre sus pasos para sentarse de nuevo en la mesa del San Roque para meditar sobre todo lo nuevo y lo inesperado que le estaba sucediendo. Le pareci curioso que cuando pensara en Asuncin pensara en la plaza Uruguaya y cuando pensara en el corazn y la conciencia de la ciudad, pensara en el San Roque, bar se haca decir, pero era algo ms, posada, asamblea de amigos, estacin de paso, reposo del poeta insolvente que encontraba la amabilidad de una mesa y cena y cerveza por cuenta de la casa, auditorio del debate de los intelectuales, la polmica de los bohemios y de los fanticos del ftbol, refugio del funcionario pblico escapado por media hora de su prisin burocrtica, mesa arrinconada para dirigentes polticos que proclamaban en voz alta sonorizada por la cerveza sus excelsos ideales, o susurraban en voz baja sus maquinaciones perversas y sus conspiraciones heroicas. All, en el viejo establecimiento vivan los latidos del corazn asunceno, y estaban presentes los fantasmas del pasado, de poetas gentiles que escribieran sonetos en las servilletas de papel, o de aquel historiador pintoresco y genial de prosa bizantina y complicada, el editor lrico que crea negocio la edicin de libros y terminaba aceptando el oficio como un calvario de masoquista del que no se sala sino con la muerte, el escultor, el humorista de humor amargo como la caricatura de la derrota; soadores de libertad y democracia y sindicalistas mercenarios, los dueos de la ilusin y los esclavos de la codicia. El bar San Roque, la inteligencia, la picarda, el talento, la astucia y la cultura que se negaba a morir o claudicar, encontraban su sntesis. Por sobre sus viejas mesas se entrelazaban manos solidarias o amorosas, y por debajo de las mesas pasaban de manos los dineros de la corrupcin, del soborno y del fraude. 
Hombres buenos, hombres malos, pillos que vivan de todos los vicios e inocentes que crean an en la virtud y los principios, ilusos impenitentes, lrico aferrados a la verdad y la belleza y garroteros de profesin y de conviccin. Talentosos y mediocres, fanticos de lo azul, de lo escarlata que dejaban afuera sus banderas y dentro se volvan amigos para la coyuntura y el provecho. Viajeros recin llegados a la ciudad que se detenan en el San Roque porque all estaba el punto de partida. Pero a esa hora del da el San Roque, an no tena su catlogo de humanidad y volvi sus indagaciones inexpertas a la plaza Uruguaya. Poda ser digno de anotarse, la ambulancia que lleg aullando y se llev a una vendedora de lotera que haba cado golpeada por un coche. Lo anot mentalmente, porque no tena libreta y la lapicera se la haba llevado Elena. Volvi sobre sus pasos y se encamin a los bajos cruzando las vas y llegando de paso a un almacn donde adquiri un cuaderno de veinte hojas y un lpiz Fber nmero dos. Un buen cuaderno de papel obra primera y un lpiz de lujo. Tambin una resma de papel oficio para la mquina. Ya que empezaba a trabajar, deba hacerlo a lo grande. Eso lo haba escuchado alguna vez en una conversacin olvidada, cosa que pareca socorrida e irrelevante, pero fue el escribano quien le hizo notar la diferencia de trato que recibe el viajero cuando llega a un hotel. Si su valija es de cartn, no le dan pelota los botones, si de cuero o de marca, o una Samsonite, el trato era para un seor, con maysculas. Siempre hay que llegar con una valija de lujo. Y empezar.
Esa noche no poda dormir. Haba anotado en el cuaderno lo de la mujer y la ambulancia. Lo pasara a mquina maana, aunque no tena esperanzas de que el episodio se convirtiera en un captulo dramtico en una novela. Claro que Elena poda inventar la desgracia de una madre fracturada inmvil en un hospital, penando por sus siete hijos que quedaban abandonados en casa, y estaran esperando su cena, esperando en vano, porque all haba siete hijos pero ningn pap, porque de hecho, los paps del barrio marginal se poda dividir en categoras, los ms numerosos, los paps ausentes, y los presentes, que llegaban borrachos a casa, si llegaban, y nunca portaban la cena para la familia, sino acudan a dormir, o a pedir dinero para ms cerveza o a copular para aumentar la familia. Se sobresalt de pronto, al comprobar que al imaginar lo que imaginara Elena, estaba imaginando l mismo, y empez a preguntarse si para ser escritor, bastaba dejar vagar la mente. Le pareci demasiado fcil. En alguna parte habra una trampa. Las palomas azules vuelan alto. 
Y se durmi.



Tres
Temprano, doa Juana, a quien poda llamar vecina si el casero fuera vecindario y no campamento, le trajo el desayuno, y le llamaba a voces, de pie en el comienzo del tabln, como ms tarde le proveera del almuerzo y la cena, sta, si la peda. Lo de siempre, una empanada de carne, un trozo de pan y una lata donde humeaba el mate cocido con leche. Pag a la seora, no slo el desayuno, sino las dos semanas que le adeudaba, lo cual sorprendi a doa Juana que andaba con pocas esperanzas de cobrar a aquel joven extrao, con aspecto de gente, segn pensaba, no venido de otro abajo ciudadano o rural sino prcticamente cado de arriba, es decir, de la ciudad, que sola consumir por s misma su desperdicio humano, y slo arrojaba al bajo los desperdicios reales. Cmo est cambiando el mundo, pensaba la buena seora, y bastante apretados estaramos si el centro empezaba a desbordarse sobre el mundo marginal, algo que ella, a sus sesenta aos, no haba visto en su vida, porque la cosa era al revs. 
Los habitantes del bajo suban la barranca e incursionaban en la ciudad a la caza de un da ms de vida y algunos afortunados lograban quedarse all, porque eran ambiciosos, pcaros, estudiosos o se haban prendido al faldn de un poltico en la cresta de la ola, pero que este joven de buen aspecto hiciera el camino opuesto era un misterio para ella. Y se march contenta, con el tema de conversacin para el da como servido en bandeja, porque sin Manuel saberlo, el cotorreo de las viejas era por el enigma de su origen y la razn de su cada entre el muro y el sendero y por esta vez, haba una variacin: tena dinero, un grueso rollo de dinero, y pagaba su deuda, algo nuevo. No estaba tan cado.
Cuando se march, Manuel revis las dos lneas manuscritas en su flamante cuaderno de recopilador de miserias. Mujer, vendedora de loteras. Atropellada. Ambulancia. Primeros Auxilios. Se sent frente a la mquina y copi, poniendo la fecha y la hora. Pulcritud de protocolista de escribana, se dijo. Pero no era una escritura. Si lo fuera, la mquina debera empezar a crepitar sola mientras sus dedos se movan y su mente divagaba. Slo pudo poner al final de la breve nota un signo de interrogacin, pues la verdad era que all terminaba su primer trabajo. 
Tuvo la tentacin de hacer algunos apuntes sobre su hiptesis de la noche anterior, los siete hijos, el padre semental ausente, pero record la recomendacin de Elena, nada de imaginacin, escriba la vida. Percibi en ese instante que haba atrapado con sus apuntes una hilacha de vida ajena, hilacha de una trama que no conoca, pero era una trama que contena vida, de modo que la hilacha tena una importancia mayor que la que le estaba dando, y decidi ir tirando aquel tenue colgajo, es decir, decidi acudir a los Primeros Auxilios. No tard en llegar al edificio donde la ciudad restaaba sin cesar las heridas de su andadura en el caos del desconcierto en que se haba convertido. Los apualados manando sangre y expirando vahos de alcohol, los muertos-vivos vctimas de sobredosis, los respiradores de cola de zapatero de boca babosa y expresin espectral, los tiroteados apretando con manos intiles manantiales de sangre, de respiracin agitada, los accidentados de huesos rotos y sonrisa boba de los que no comprenden cmo esa pierna que debiera estar recta se doblaba y apuntaba al techo; los intoxicados de mirada vidriosa y las mujeres damnificadas de alguna paliza domstica, de ojos cerrados por grandes hinchazones moradas, podan llenar en un solo da su cuaderno de apuntes. 
Tanta gente dolida, tantos mdicos impotentes y enfermeras que haban perdido su vieja bondad solidaria arrastrada por el sueldo impago y se volvan agresivas e impertinentes ocuparan ms que las cincuenta pginas de un cuaderno de notas donde poda anotar la extraa contradiccin del dolor de la carne lastimada y la indiferencia profesional de mdicos y enfermeras, que parecan escudarse as para no terminar locos. Pero decidi ser metdico. Se haba fijado la meta de encontrar la accidentada del da anterior y despus de preguntar a una enfermera, a un polica y a un atareado hombre de guardapolvo sangriento que lo mismo poda ser mdico o enfermero, encontr a la mujer, no tendida en una cama, como imaginara, sino en una camilla, depositada en un pasillo, como si su caso fuera transitorio, y su dolor, cualquiera fuera el que tuviera, sin mrito para optar al lujo de una cama. La mujer tena la pierna derecha cubierta de yeso desde el tobillo hasta el nacimiento del muslo, su gastado pantaln vaquero haba sido rasgado para dar lugar al yeso, y mova continuamente la cabeza con la mirada de quien espera alguien que saba en el fondo que no vendra. Se acerc a ella y sus miradas se encontraron. Los ojos de ella interrogaban. Quin es usted? Qu quiere? La mirada resbalaba hacia la ruina de su traje y la decadencia de la camisa manchada, y se volva hasta burlona cuando deca que bueno, mi ngel de la guarda no es. 
Manuel supo pronto que la lastimera vctima del drama que buscaba no era una dbil flor de violeta sino una mujer dura, luchadora, acostumbrada a burlarse de la gente, tal vez tambin de s misma. Esa mirada no peda socorro, slo interrogaba. 
-Es usted pariente? -era la voz de una enfermera que se diriga a l.
-No, no soy pariente. Por qu?
-Alguien le tiene que llevar a su casa. Necesitamos la camilla.
-No es mi pariente, ni le conozco -deca la mujer.
-Te puedo llamar un taxi. Tens dinero? -ayudaba la enfermera.
-No tengo dinero. Tengo derecho a que me lleven en una ambulancia.
-No solamente dura, sino brava -concluy Manuel- la mujer tiene derechos, sabe que tiene derechos, y se hace respetar. O por lo menos lo intenta. En vano.
-No hay ambulancia, seora -deca la enfermera y se iba, pero no antes de agregar-: procure buscar una manera de irse, necesitamos el lugar.
-Yo puedo llevarla a casa -arriesg Manuel.
La mujer lo mir con curiosidad. De dnde sala este astroso buen samaritano? Para qu? Por qu?
-Qu quiere de m?
-Nada. Slo ayudar.
-Nadie ayuda por nada. Usted quiere algo. Por ah me resulta un vicioso. No soy mujer para usted y menos con la pata quebrada. Le sacude la bragueta eso?
-No se trata de eso, por Dios. Ya no cree en nada?
-No creo en los vagos que ofrecen ayuda. Pero est bien, aydeme, necesito volver a casa. Me va cobrar algo? Le adelanto que no tengo dinero, amigo.
-No, no pienso cobrar nada.
-Eso s que es bueno.
-Tiene siete hijos verdad?
-Jess, no! Tres. Tengo tres hijos. Y no me pregunte por el pap. 
Mis hijos no tienen pap, ni lo necesitan. Me basto sola, joven -mir tristemente su pierna quebrada- o me bastaba. Es cierto que me lleva a casa?
-Voy a buscar un taxi.
Sali a buscar el taxi sobre la ruidosa avenida General Santos. No le fue difcil encontrar uno. Ms de uno. Los taxis, como los tratantes de atades, los abogados a la pesca de una demanda por indemnizacin, las farmacias y las casas de pompas fnebres se apian alrededor de los dolores ajenos. Los cuervos tambin huelen la sangre. Curioso, el dolor mueve negocios, reflexionaba Manuel mientras daba instrucciones al taxista de aproximarse lo mejor posible a la puerta de salida de los Primeros Auxilios. Descendi, ayud a la mujer a apoyarse en su hombro y subieron penosamente al vehculo. Ella dio la direccin, y como imaginaba, era la suya una vivienda del bajo, de modo que lo ms que poda hacer el taxi era acercarse a las fronteras del mundo miserable, y el resto tena que ser a pie. As lo hicieron cuando descendieron del taxi, que Manuel pag calculando la seria erosin que produca el costo del viaje en el dinero proporcionado por Elena. Con la mujer cargando todo su peso sobre su hombro, se fueron arrastrando por senderos, pedregales y charcos hasta que por fin, agotados, llegaron a casa. Manuel se sorprendi. Era una casa, con puertas que eran puertas, ventanas que eran ventanas, y hasta cortinas verdaderas en las ventanas. Con un poco de ladrillos, otro poco de chapas, maderos y plsticos, una obvia diligencia femenina haba logrado construir, ms que un refugio, una casa, o algo que pareca casa, de dos habitaciones pequeas, y un mnimo portal techado que debiera dar a una calle, si se hubieran trazado calles, pero que por el momento, daba al sendero vecinal, y un poco ms lejos, al ro que brillaba en las junturas de la pobreza apiada. Diligentes y ansiosas vecinas se acercaban solcitas, ayudando a la mujer quebrada. Una de ellas le dijo que haba acogido a los chicos en su casa. Otra trajo un trozo de pollo asado envuelto en una servilleta de papel. Y todas sencillamente parloteaban sobre el automovilista miserable que haba golpeado a la mujer. 
Manuel condujo a la mujer al interior de la casa, que era realmente el interior de una casa, con una gran cama matrimonial que conociera casas mejores, una mesita de luz, una mesa, un mullido divn de forro remendado que acaso comparta con la cama recuerdos de mansiones perdidas en el tiempo, y cuatro sillas. La mujer se sent en el divn, y las vecinas ansiosas de ayudar -al menos Manuel pensaba eso- se apiaban en la pieza. 
Sentada en el divn, la mujer levant la mano pidiendo una tregua en tanta solicitud.
-Les agradezco mucho -dijo- pero ya es bastante. Gracias por el pollo, a Tarcisia. Gracias por cuidar de mis hijos, a Antonia. Pero no nos vamos a joder. Ustedes se mueren de curiosidad por saber quin es ste joven que me trajo a casa. No es mi hombre, ni mi pariente, ni mi caficho, porque puta no soy, gracias a la Virgen. El tipo se ofreci, pag el taxi y me trajo aqu. Qu quiere de m, no s, pero seguro que no va a conseguir nada.
Diez pares de miradas femeninas, escrutadoras, se volvieron a Manuel. 
Todas las miradas contenan la misma pregunta y Manuel se sinti incmodo. 
No poda confesar que era algo as como el ayudante de una novelista y que su trabajo era hurgar en las aflicciones ajenas.
-Slo quise ayudar -susurr tmidamente y los diez pares de ojos curiosos brillaban con incredulidad.
-Bueno, joven, ya ayud y que Dios se lo pague...
-Tiene tres hijos, me dijo.
-Que son mi responsabilidad -la mujer medit un momento-. Es usted periodista?
-Algo as.
-No quiero salir en el diario.
-No trabajo para ningn diario.
Un rumor de voces femeninas llen la habitacin, y Manuel percibi frases y palabras sueltas. Mormn. Testigo de Jehov. Catequista. 
Arruinado. Estafador. Vividor. Alguna vez tendra que tener valor, as que reuni coraje y se dirigi a la mujer.
-No podemos hablar a solas un momento?
La mujer consult con la mirada a sus congneres. Todas dudaban. 
Presentan que all se cocinaba un plato sabroso para el chisme y no queran perderse, pero la mujer del divn cort por lo sano.
-Si quiere hablar conmigo, se gan su derecho. Djenme sola con l. Y no tengan miedo. Si quiere violarme, grito.
A Manuel hasta le pareci cmico el intento de alcanzar las profundidades ntimas de una mujer con las piernas cubiertas de yeso hasta el nacimiento del muslo. Las mujeres fueron saliendo como a desgano. Todo un mundo de gelatinosa desconfianza que se desplazaba remiso hacia la puerta de salida.
-En el cajn de esa mesa hay platos y cuchillos -dijo la mujer-, le invito a compartir el pollo.
Era el primer gesto amable de la mujer, y Manuel sinti que iba progresando. Despus de todo, un poco de agradecimiento no estaba de ms. 
Abri el cajn de la mesa, extrajo los platos, puso en ellos un trozo de pollo. Alcanz su plato a la mujer, olvidndose de los cubiertos. Pero no le import a ella, que comi con las manos, empezando por un gran mordisco en un muslo dorado, grasiento y fro. Manuel, como si fuera un ritual de armisticio, se sent en una silla, frente a ella, y comi de la misma manera. Masticaban mirndose a los ojos, como si advirtieran que el compartir comida significaba un lazo ms perceptible que la desconfianza por un lado y la timidez por otro. Mientras coma, Manuel haca un inventario mental de la mujer. Las mujeres pobres que tienen tres hijos, no tienen marido y salen a vender billetes de lotera, no tienen edad. 
Pero sta estaba entre los treinta y los treinta y cinco, pareca robusta y saludable, aunque con los pechos muy grandes que ponan tirante la tela de la blusa. La tez curtida, blanca, pecosa y spera, los cabellos abundantes y casi rojizos, ojos claros. Con tres sesiones con un dentista y un da en un instituto de belleza quizs lograra ser hermosa, robusta. Tena los dientes empastados en oro en los colmillos, pero no eran dientes postizos, sino suyos, bien cuidados y suyos. La mujer, a su vez, escrutaba al escrutador, sin dejar de masticar.
-Usted parece un hombre de clase -dijo por fin.
Manuel comprendi lo que pretenda decir ella. Que era un extrao, un forastero. Que tena clase, y los que tienen clase viven arriba. Contest que esperaba contarle alguna vez cmo haba venido a parar al barrio marginal. Pero por el momento, le interesaba ella. Y decidi mentir.
-Estoy trabajando para el Comit de Iglesias -dijo-, soy algo as como un investigador que debe tomar nota de los males de la sociedad. Yo no la busqu [a] usted. La vi por casualidad cuando vino la ambulancia.
-Yo soy un mal de la sociedad?
-En cierto modo...
-De qu modo?
-La sociedad suele ser injusta, y deja muchas vctimas en el camino. 
Usted no es un mal de la sociedad. Es una vctima.
-Yo no soy vctima de nada! Me arreglo sola, mi hijo.
-Y tambin una rebelde. Tiene un carcter...
-Es que a m no me lleva nadie por delante. Mir, mi hijo, te equivocaste. Yo no soy el informe para ningn comit de caridad. Yo trabajo, yo mantengo a mis hijos y les mando a la escuela. No salen a limpiar parabrisas ni a vender pastillas. As que and a buscar miserias por otro lado. Conmigo vas a encontrar pobreza, pero con cabeza alta, mi hijo. Si quers miserias, te cuento un montn, est todo aqu, en mi alrededor.
-Contame, me puedes hacer un favor -contest Manuel, consciente de la obsesin de denuncias que padeca Elena.
-Le hablo de Gumercindo? Vive hacia all, ms cerca del ro. Tiene cinco hijos. Iba a tener seis, pero a Mara no quera seis. Con cinco apenas podan y Gumercindo haba perdido su trabajo de barrendero municipal porque se meti en el sindicato equivocado. a Mara abort, y sali mal, se desangr y lleg muerta a la Cruz Roja. Gumercindo no sabe qu hacer con los chicos, y cmo no les puede dar comida, se emborracha, les pega y les manda a mendigar. Tienen que traer ms de dos mil cada uno. 
Si no traen dos mil cada uno, les pega y les vuelve a mandar al centro. 
Roberto, el travest que qued rengo desde que las putas le atacaron con palos por competencia desleal, se compadece de los nios, les compra panchos cuando puede, y apalea a Gumercindo cuando la paliza es muy salvaje. Y ahora Gumercindo anda avergonzado porque un travest le corre a palos y la gente se re de Gumercindo. Te hablo de Jacinta? No quera ser callejera. Quera ser la mujer de un hombre. Andaba buscando pareja, y buscando buscando se embaraz, ni ella sabe de quin. Cuando estaba embarazada una seora paquetona se compadeci de ella. Le llev arriba, le aliment y le cuid hasta que tuvo su beb. Pero ella nunca vio a su beb. 
La seora paquetona le dijo que naci muerto. Ella supo que es mentira. 
Ella sabe que vendieron su beb y anda medio loca, o toda loca, con una mueca que dice que es su beb. Cuntele todo eso a su Comit de Iglesias. 
Y si quiere, tengo mucho ms.
Un coro de voces infantiles se oa afuera y enseguida, jubilosos, entraron tres chiquillos. El mayor, como de diez aos, el siguiente podra tener siete u ocho y el ltimo no era el ltimo, sino la ltima, una nia como de cuatro aos, que pareca una miniatura de su madre. Corrieron al divn a abrazar a su madre. La chiquilla se apoder del trozo de pollo que Manuel haba dejado en su plato y mastic con ansia. La mujer mir a Manuel y la mirada deca que ella retomaba su vida, que haba vuelto del hospital y se reuna con sus hijos. l ya estaba de ms.
-Bueno, me voy -atin a decir.
-No, no se vaya todava, joven. Usted es un mal investigador. 
-Cmo dice?
-No apunt nada. No me pregunt mi nombre. No sabe quin soy, no sabe por qu vine a parar aqu, con tres hijos sin padre. Ni siquiera le preocupa qu voy a hacer para alimentar a mis hijos con una pata rota. 
Usted miente. No hay comit de Iglesias. No s si usted es un curioso malsano o qu, pero me ayud y le agradezco, y si le interesa me llamo Magdalena. Y ahora puede irse.
Manuel se march al fin. Pareca haber conseguido poco o nada, pero sinti que haba conseguido algo. Una mujer que no se dejaba llevar por delante. Un paisaje de sufrimientos en el que se arrastraban vidas heridas y maltrechas. Tena material para su cuaderno. Magdalena. Leona con cra. 
Quedaba bien eso de leona con cra. Impresionara a Elena.
Cuando lleg a su refugio era la hora del almuerzo, y a Juana, su proveedora, le esperaba al pie del tabln por el que no subira ni para salvar su vida, y menos para alimentar a un insolvente. Sostena un plato cubierto con una servilleta de papel que Manuel acept, agradeci y entr a su refugio. No perdi tiempo en tomar nota en el cuaderno y se sent frente a la mquina, donde tecle a continuacin de lo que ya tena escrito. Que la mujer de la ambulancia se haba fracturado una pierna, que se llamaba Magdalena, no era una analfabeta como las otras rsticas mujeres del casero marginal, y si lo era se trataba de una analfabeta muy segura de s misma, de modo que lo de analfabeta poda dejarse en suspenso. Se sorprendi de la velocidad con que estaba escribiendo y se llam a la cordura. Nada de imaginacin, era la regla, pero resultaba cada vez ms difcil contar algo sin condimentar con la imaginacin. La mquina ces. Porque Manuel estaba dudando si anotar el episodio de su incursin a los Primeros Auxilios y el rescate de la mujer lesionada. Decidi no contar esa parte de su jornada, porque lo que hizo fue deliberado, calculado, y Elena le haba impuesto el papel de observador espontneo, de alguien que tropieza inesperadamente con la desgracia o que vive rodeado de ella y la describe, y no el que va a buscarla. Volvi a teclear. Rellen el informe con los infortunios de Gumercindo, el humillado por el travest. Magdalena tena tres hijos, odiaba evidentemente al padre o los padres de los hijos o a los hombres en general, y cuando quiso agregar lo de la leona con cras, lo pens mejor. 
Nada de imaginacin, haba dicho Elena. Sin embargo, no poda pasar por alto lo que estaba a la vista: Magdalena era valiente, rebelde, no peda ayuda, y cuando se le daba apenas agradeca. Entonces decidi teclear lo de la leona con cras, y como si al escribir la frase se abriera una vlvula, escribi una reflexin sobre el infortunio de la leona incapacitada para salir de caza y alimentar a sus cachorros. Magdalena era orgullosa, obvio, pero el orgullo no alimenta. La mquina ces. Y Manuel se enfrent a una nueva realidad. Haba asumido un compromiso casi mercenario de suministrar penurias a Elena, pero haba conocido a Magdalena y sus penas que estaba en un callejn sin salida. No slo tena un compromiso con una escritora ambiciosa, sino tambin con una persona en desgracia. Dej la mquina y consumi su almuerzo. Y mientras coma, no atinaba a explicar la razn de que sintiera ese contento extrao, como sienten las personas que descubren que son personas.



Cuatro
Era ya noche cerrada y le cost orientarse y encontrar la casa de Magdalena. En algunas de las viviendas ardan velas, y otras tenan luz elctrica, con cables enganchados en tendidos pblicos, evidentemente clandestinos, que alimentaban televisores y hasta viejos refrigeradores incongruentes en medio del catico amontonamiento de enseres que se adivinaba en cada refugio. En medio de la extrema pobreza y de la supervivencia cavernaria, la gente se ingeniaba y plantaba la semilla de la calidad de vida que proporcionaba la energa elctrica. Los refrigeradores zumbaban y los televisores encendidos iluminaban con resplandor fantasmal a las familias apiadas en torno a una pelcula de los aos cuarenta o un partido de ftbol en Madrid. Artefactos de oscuro origen en un asalto o un robo domiciliario, aliviaban el peso de la necesidad y daban un poco de evasin a la gente. Tropezando y desorientado, y eludiendo perros reunidos en pandilla para ser valientes, logr encontrar la casa de Magdalena. Una lmpara de tubos de nen y a pilas brillaba dbilmente sobre la mesa, y sa era la nica iluminacin. 
Los tres chicos compartan la gran cama matrimonial, y Magdalena haba logrado instalarse en una silla, frente a la mesa, y al parecer revisaba los cuadernos escolares de sus hijos. Lo mir con sorpresa cuando Manuel apareci en la puerta, con la aceitosa envoltura de papel en la mano.
-Hay que ver lo encaprichado que sos. Qu te trae ahora? -inquiri Magdalena.
Por toda respuesta, Manuel penetr en la casa y deposit sobre la mesa el paquete aceitoso, que eran tres milanesas napolitanas que haba adquirido camino a la casa de Magdalena. Gruesas, gordas, oliendo a aceite quemado. Ella empezaba a tutearlo. l traa alimentos. Progresaba. Los chicos en la cama percibieron el perfume, y el hambre que corroa las barrigas despertaba alerta. Se levantaron de la cama y rodearon la mesa, chicos bien criados, respetuosos, bien administrados, que no tocaran nada sin el consentimiento de mam. Sus miradas iban del paquete a Manuel y de Manuel, interrogantes, a la madre. sta, vacilando muy poco entre su instintiva, orgullosa decisin de rechazar una ayuda que no pidi y alimentar a su prole, abri el paquete, el chico mayor coloc modosamente tres platos y cubiertos en la mesa, y empez el, para ellos, inesperado y bienvenido banquete.
-No coms, Magdalena?
No tengo hambre -minti la mujer porque el trozo de pollo del medioda era una racin demasiado pobre. Manuel sac del bolsillo la pequea barra de chocolate, que ya no era barra sino un pegote marrn pegado al papel de aluminio, y se la ofreci a Magdalena. sta vacil, pero se decidi, o su hambre decidi, y pronto estaba lamiendo la envoltura.
-Por qu vens a ayudarme?
-Por los chicos, creo. Estuve pensando y... bueno, tengo un poco de dinero.
-No me voy a acostar contigo. No soy de sas.
-No tengo el menor deseo de acostarme con nadie. Me sucedi algo extrao, me sucedi de repente. Descubr que soy una persona.
-Todos somos personas.
-A veces nos olvidamos.
-Vos sos un tipo educado, un hombre ledo. Hacs cosas que no entiendo. Vivs en este barrio sucio pero te ports como gente. Me tras provistas y no peds nada. Sos antinatural. Qu sos? Predicador? Despus de darme de comer y de dar de comer a mis hijos... Qu viene? Me vas a hablar de la salvacin de mi alma? Tiempo perdido, don, porque hace mucho que estoy perdida. Y no me importa, me ro de la misericordia de Dios porque no la veo en ninguna parte. Camin por este barrio y mir la miseria y despus contame dnde est la misericordia de Dios. a Duilia, la devota que sala de madrugada para barrer la Catedral, se muri de hambre rezando el rosario. El forense dijo inanicin, y ah supimos que inanicin quiere decir hambre.
Cuando par el torrente de descreimiento, y junto a l, la desnudez de un alma inconformista y rebelde, Manuel percibi que empezaba a conocer a Magdalena. No una vendedora de lotera accidentada, no una sombra habitante del abismo, sino otra persona, como l. Si Elena escribiera una novela incluyendo a Magdalena y Manuel, no manejara muecos de cartn. 
Cmo haba dicho? Una novela postiza. Magdalena no tena nada de postizo. l tampoco.
-No soy misionero, ni nada parecido -aclar-, traje el pan porque necesitas pan. Yo no s si creo en Dios porque cuando quise comunicarme con l no me dio pelota.
De pronto ocurri. Y se sinti sorprendido. Siempre haba sido discreto, o tmido con todos. Nunca relat a nadie el proceso amargo de su aterrizaje en el bajo, entre el muralln y el sendero. Ni al cura que le diera un catre en la sacrista ni al otro cura que lo ech de all. Ni cuando peda trabajo expona las hilachas del bien perdido, su casa, su empleo y su madre. Pero curiosamente haba abierto sus apuros con Elena, que le dio trabajo, y ahora se senta impelido a abrir su corazn con Magdalena, que no le ofreca nada, o mucho ms de lo que pensaba, como nacer como persona. Curioso, dos mujeres, que seran tres, si viviera su madre. Definitivamente, las mujeres parecan tener la calidez del refugio, merecan la entrega de la confidencia, acaso porque saban ms que los hombres compartir las angustias del prjimo. Fue por eso que esa noche cont todo a Magdalena, hasta su trato con Elena, especialmente su trato con Elena, sus implicancias e inesperados beneficios econmicos, y Magdalena entendi, comprendi y particip, y cuando susurr que parece que somos iguales, Manuel, por fin, comprendi que a pesar de haber cado entre el muro y el sendero, no estaba exiliado del mundo, formaba parte de l, y poda asumir una parte de la lucha de la que sistemticamente se haba apartado.
-Yo te voy a ayudar -deca Magdalena.
-Cmo?
-En tu trabajo, digo. Me decs que la seorita sa, que tiene mucho dinero y ganas de ser una gran escritora y quiere que te revuelques en el barro y le cuentes. Te paga por el trabajo. Me parece bien. Yo te voy a ayudar.
-No veo cmo...
-Porque yo soy de aqu y conozco. Vos todava mirs desde arriba. Hay que estar adentro. Tens algo para apuntar?
-No traje mi cuaderno.
Por toda respuesta, Magdalena arranc una hoja del cuaderno escolar y le alcanz un lpiz.
-Vamos a empezar -sugiri, decidida.
-Empezar por dnde, Magdalena?
-Por donde empezaste, por m. Me dijiste que empezaste por m.
Y comenz lo que con los das y semanas sera una rutina. Magdalena, como dijera, empez por el principio, es decir, por ella misma. Cont que viva con su familia all arriba, aunque en un vecindario pobre de una de las avenidas proyectadas que jams pasaban del proyecto. Una casa pequea, con un jardn al frente y una calle empedrada que se borraba con cada lluvia. Y estaba su madre, que era modista que cosa para un coreano, pedaleaba una mquina Singer y soaba con una elctrica que diera reposo a sus piernas, y nunca lo logr; y su padre, militar retirado porque como el escribano eligi mal al Lder, penando como todos los echados del cuartel y lanzados a la calle sin saber hacer nada, salvo conducir un camin volquete, que al final lo mat en un accidente. Su madre, entristecida y gris, no le sobrevivi mucho tiempo y tambin muri mansamente. Una noche rez a su ngel de la guarda, encomendndole su alma si no despertara y el ngel le escuch. Se acost a dormir y ya no despert, del sueo al Sueo, con mansedumbre, fiel a su carcter pasivo y conformista, sin dramatismo. Ella, Magdalena, que ya haba dejado de asistir al tercer curso bsico por el fallecimiento del padre, tambin abandon el curso de esttica femenina que estaba pagando trabajosamente alentando el sueo de ser la maquilladora y peinadora nmero uno de la televisin. Un abogado amigo le ayud con la sucesin, y ella se qued con la casa que debi vender para pagar al abogado. Se mud a una pensin, buscaba empleo para retomar sus estudios de esttica femenina, y en eso estaba cuando conoci a Rafael, un msico. Ella crey encontrar en Rafael la solucin de su vida. Los msicos son artistas, los artistas son nobles y comprensivos, y Rafael tena una casa decente. La casa decente siempre fue la obsesin de su vida. Adems, le susurraba al odo que ella era su musa inspiradora, producindole deleitosos escalofros y sobresaltos. Fue a vivir con l, y ya estaba embarazada de su primer hijo, Rafaelito, que ya tena nombre antes de nacer, cuando descubri que Rafael como artista era un fracaso, se consolaba bebiendo, y borracho, peda perdn, pero sobrio era agresivo y le pegaba. Tocaba la guitarra y cantaba en un tro nativo que nunca alcanz a superar la etapa de los escenarios de tablones en parriladas pobres. Ganaba poco con el tro, y alternaba su trabajo vistindose de charro y tocando un guitarrn en un falso mariachi. Se pasaba noches enteras torturando su guitarra y su imaginacin buscando melodas y versos que estaban definitivamente ms all de su inspiracin. 
En Magdalena, la imagen romntica del artista se desvaneci pronto, la ilusin de ser la musa inspiradora no pas de una experiencia pasajera y cruda. No esper el nacimiento de Rafaelito para marcharse, desilusionada de Rafael y asustada por su propensin de propinarle puntapis en el vientre abultado, como si all estuviera el centro de todas sus iras y sus frustraciones. Fue a una pensin oscura y barata, en las vecindades de Varadero y trabaj haciendo empanadas en un barcito con clientela de marineros conscriptos rapados y flacos, y aburridos embarcadizos y navegantes de barcos frecuentemente varados por falta de reparacin o por falta de dinero para la reparacin. Cuando lleg el momento, fue a dar a luz en la Cruz Roja, y ya con Rafaelito en brazos, volvi a la pensin y a su trabajo. All conoci a Modesto, un hombre ya maduro, que era maquinista y trabajaba, cuando encontraba trabajo, en las profundidades de las bodegas de los barcos y de los remolcadores. Modesto la invit a vivir con l y prometi cuidarla. Ella crey y se fue a vivir con l, en una casa de tablas, pero aseada y amplia, cercana a los astilleros. Sus aprensiones iniciales no se confirmaron. Modesto no beba, bueno, beba pero gozaba de una borrachera mansa, y hasta era gentil a su manera callada y nada comunicativo. Su idea de hacer el amor era montar a la mujer y sacudirse espasmdicamente hasta alcanzar el orgasmo. Nunca le hizo faltar el pan como tampoco nunca permita que le preguntara dnde iba, cundo volvera y para qu se iba en sus largas ausencias. Su relacin dur lo suficiente como para que concibiera a Marcos y a Luca, y Luca aun lactaba cuando una de las inexplicadas ausencias de Modesto se fue haciendo muy larga, de semanas a meses, y de meses a un ao. Ella sali a investigar, una curtida vecina le espet de mala manera que con Modesto no se jugaba y suerte que vos duraste mucho, otra le sugiri que buscara nuevos horizontes, porque Modesto estaba trabajando en una fundicin en Argentina. Para colmo, la casa de tablas tena propietario, el capataz del astillero, que le dio a elegir, quedarse all y ocupar l la casa, la cama y la mujer de Modesto, en ese orden, o se iba. No pens mucho porque alternativas a la oferta no haba en absoluto. Y Julio fue su nueva pareja que a veces se quedaba a dormir y otras no, hasta que descubri Magdalena que las noches en que el hombre faltaba en casa, es porque pasaba en casa de la esposa. Decidi soportar la situacin mientras encontrara donde mudarse con los hijos, pero las cosas se precipitaron cuando tambin la esposa descubri que haba otra, y en su calidad de esposa legtima, lleg un anochecer, como un torbellino de furia y celos, y la ech de la casa sin contemplaciones. En la calle, con tres hijos y sin ningn horizonte se lanz a caminar a la deriva, y durante dos noche la familia durmi en las galeras fantasmales de la parte vieja de la Iglesia de la Encarnacin. Dejando a Marcos al cuidado de Rafaelito y con Luca en brazos, sala a buscar trabajo. En muchas casas encontr que se necesita muchacha, pero las buenas amas de casa la descartaban con solo ver a una mujer con un beb en brazos, y hubieran cerrado la puerta en sus narices si averiguaban que los chicos eran tres. Pero alguna vez, la suerte le tena que sonrer entre tanto infortunio, y fue cuando toc el timbre de una casa y en vez de asomar un ama de casa malhumorada, apareci una enfermera gorda, aburrida y bonachona, que antes de mirar interrogativamente a la mujer, mir con ternura a Luca. La invit a pasar y sin preguntarle, dando por sentado que tena hambre, fue a traerle un grueso emparedado de milanesa y pan. Magdalena agradeci y se guard el manjar en el bolso. Para mis otros hijos confes. Entonces la mujerona de blanco que se deslizaba silenciosa sobre sus zapatillas de tenis, volvi a entrar y regres con otro emparedado igual al anterior, que este s, Magdalena devor. Encontr trabajo. Y un extrao sentimiento de caridad en aquella mujer cuadrada, hombruna, de maneras bruscas, piernas rollizas de futbolista y tierno corazn. Ella, Dina, era enfermera, pero se haba cansado del interminable trajn de los sanatorios de los que volva agotada a una casa vaca donde no le esperaba marido ni hombre alguno, mujer tampoco, ni hijos y se haba decidido a cuidar ancianos, sin horario y sin salidas. Public el aviso en un diario, y consigui, tres aos atrs, el empleo de cuidar a doa Petrona, noventa aos, invlida y liviana como una mueca que haca pis y caca en su paal desechable, era baada con cada cambio de paal, viva preguntndose por qu no se mora y rezaba a Dios no por su vida sino por su muerte. Vivan las dos mujeres solas en esa gran casa de habitaciones vacas y hmedas, con muebles que languidecan y espejos que se iban cubriendo de humedad y moho, donde slo haba seales de vida en el gran dormitorio de la anciana y en la habitacin contigua donde Dina se haba instalado. El resto de la casa eran cuartos cerrados en los que las bombillas de luz se haban quemado y un ancho corredor dando a lo que fuera un jardn interior, con un aljibe seco que al atardecer soltaba una nube de mosquitos, rodeado de planteras sin nada verde ni de color alguno en su tierra endurecida. Una casa que fuera habitada por personas y ahora pareca reclamar su reparto de fantasmas. Doa Petrona haba sido una madre prolfica de una familia prspera, pero todos se fueron marchando. Haber hallado a Dina fue todo un acontecimiento feliz para la familia, porque en la medida de la eficiencia de la mujer como cuidadora de ancianos, las conciencias de los hijos ausentes y sumidos en sus existencias competitivas de empresarios, ingenieros y de un mdico, se aplacaban con el pensamiento de mam est bien cuidada. Y tenan razn. Dina pona no solamente eficiencia, sino tambin ternura. Soltera, sin hijos y con sus tres hermanas, todas enfermeras auxiliares en Buenos Aires, Dina era a veces una nia cuidando su mueca, una hija cuidando a la madre, o una madre acunando a una hija. 
Un trabajo placentero para ella, y por aadidura bien pagado, porque le abonaban mensualmente un sueldo que no gastaba en nada, le dotaban de otra suma mensual para gastos que tampoco tocaba, porque semanalmente apareca una camioneta con provisiones y un mdico que examinaba con aire aburrido a la anciana, prescriba medicamentos que l mismo enviaba con una enfermera y las cuentas de luz y agua se pagaba sin que nunca Dina viera llegar un recibo. El dinero no faltaba, y Dina decidi gastarlo en esa joven madre que trajinaba las calles de la desesperacin. Su gesto era altruista, pero, reconoca Dina, no del todo, porque simpatizaba con aquella lozana joven, quera a los chicos y compraba un poco de compaa para una soledad que a veces pesaba mucho, especialmente cuando la soledad se volva silencio de cuartos abandonados, de un jardn oscuro que era como un cementerio de colores y sonidos muertos y la galera en sombras que pareca el escenario de un desfile de fantasmas y de almas en pena. 
Pero pasaron antes por el rito de consultar con doa Petrona, que era lo mismo que consultar con el Ingeniero Carlos, que era el hijo mayor que se encogera de hombros y dira hac lo mejor para el bienestar de mam y pasara a otra cosa, porque si aun admita que el dinero no hace la felicidad saba que compra por lo menos la paz de la conciencia... La anciana, pequea para tanto espacio, estaba acostada pero despierta en su gran cama matrimonial donde acaso infinitos aos atrs se haba revolcado gozosa y joven en brazos de un marido nervudo y ansioso. Sus ojos no estaban apagados. A los noventa aos, vea y saba lo que vea, oa y escuchaba, y comprenda. Dina sencillamente le haba dicho que necesitaba una mujer ayudante y la viejecilla asinti vigorosamente, deseosa de complacer a quien tan bien atenda sus necesidades y era consciente de la dependencia que se haba forjado con respecto a Dina. Dina mandaba. La nica consulta de doa Petrona fue dirigida a Magdalena, a quien pregunt si saba leer poesa. Magdalena contest que saba leer y no le resultara difcil leer poesa. Doa Petrona dirigi una mirada triunfal a Dina, a quien pareca haber pillado en falta por una vez en la vida, porque era obvio que el adiestramiento de enfermera no habilitaba a leer poesas. 
Magdalena slo haba recitado poesas en el colegio, pero estaba dispuesta a leer toda la Biblia para merecer la inesperada generosidad de la anciana. Dina decidi pasar por alto lo de los tres nios, de cuya existencia doa Petrona no se enter hasta su muerte, o se enter y no le import. As fue como Magdalena vivi los aos ms felices de su vida. 
Ocup con sus hijos un cuarto en los fondos de la casa, y los chicos fueron obedientes al mandato de no hacer ruido en esa casa, porque la patrona estaba enferma. La patrona enferma condicion la conducta de los chicos, que aprendieron a hablar en susurros, jugar en silencio y jams correr ni perseguirse por las galeras de la gran casa, y hasta Luca haba aprendido a llorar sin gritos ni escndalos. Los dos mayores fueron a la escuela, saliendo y entrando de puntillas a la casa, y Dina gozaba ayudndoles en sus deberes escolares. Se haba comprado una familia completa. Y as escribi a sus hermanas en Buenos Aires, que no cesaban de pedirle que viajara all. Magdalena ayudaba en la cocina, se encarg voluntariamente de limpiar y airear los cuartos abandonados y se entregaba con gusto al hambre de comunicacin que padeca Dina, charlando con ella hasta que el sueo las venca. Le complaca tambin a doa Petrona en su gusto por la poesa y hasta aprendi, mediante sabias indicaciones de la propia doa Petrona, que quizs fuera maestra en sus aos juveniles, a poner nfasis donde deba poner nfasis. Lo que no agradaba del todo a Magdalena, era la seleccin de autores de la anciana, muy variada, y de su tema preferido, muy monocorde, la muerte. Bcquer lograba sumergir a la anciana en fnebre, placentero arrobo cuando Magdalena lea por ensima vez, ya de memoria: De un reloj se oa/ compasando el pndulo/ y de algunos cirios/ el chisporroteo/ tan medroso y triste/ tan oscuro y yerto/ todo se encontraba/ que pens un momento Dios mo, qu solos,/ se quedan los muertos! Misterios del alma, la buena seora que habra vivido una vida plena, en una casa amplia y llena de luz y sonidos, en la vejez solitaria, se haba enamorado de la muerte. Cuando me muera vstanme de novia, recomendaba a Dina, que encontraba el momento para expresar la extraeza de su alma simple a Magdalena, cuando las charlas se referan a la familia, Dina deca que la anciana jams abra el grueso lbum de fotografas familiares que tena sobre la mesa de luz y con cierto tonillo de rencor susurraba que se fueron todos, y que se queden all, ya vern cuando me muera quin abandona a quin. La muerte sera su vengadora.
Una tarde llam a las dos mujeres y pidi a Dina que le alcanzara un cofrecito guardado en un ropero, en un estante alto, oculto, parte de un mueble antiguo con un compartimiento capaz de guardar objetos secretos. 
Los chicos no saben que yo tengo esto, murmuraba mientras abra el cofre de madera labrada y un cierre de plata. Adentro haba joyas. Separ una peineta con repujados de oro y piedras verdes y azules que destellaban, un par de anillos en los que orfices que ya no existen, haban trabajado combinando rubes y zafiros, y una gruesa pulsera de oro en forma de cadena, recia como para sostener un ancla. Esto es para vos, le dijo a Dina, que miraba anonadada aquel tesoro, vacilaba y a Petrona le repeta en tono de complicidad que los chicos no lo saben. A Magdalena le toc un antiguo rosario con cuentas de oro con su pequeo crucifijo de oro macizo. Ante la duda de las dos mujeres, doa Petrona perdi la paciencia, y por primera vez, las mujeres la oyeron alzando la voz y vieron el rubor del enojo cubrir la piel plida y transparente. Son mas, regalos de mi marido, y lo ltimo que me queda. Y drselas a ustedes es tambin mi ltima voluntad. No me contradigan, por favor.
Esa noche, Dina y Magdalena discutieron muy poco sobre el aspecto tico de la cuestin. Ellas no haban presionado, ni solicitado, ni siquiera insinuado el regalo. Doa Petrona era invlida [de] cuerpo, no de mente. En el abandono que sufra, reafirmaba su independencia y su voluntad. Dar las joyas a quienes la cuidaban era como castigar a quienes la abandonaban, preludio de su venganza final. No discutieron mucho para decidir aceptar el obsequio sin consultar a la familia. Y aquel valioso rosario antiguo, fue por todo el tiempo, con un trajinado ir y venir a la casa de empeos, la tabla de salvacin que mantena a flote a Magdalena en los sucesivos naufragios de su vida. Por fin, la muerte acudi a llevarse a su vieja enamorada. Un da padeci de fiebre, vino presuroso el mdico, auscult, llam con su telfono celular a los hijos y se la llevaron en una ambulancia. Tres das de terapia intensiva bastaron para acabar con la poca vida que alentaba doa Petrona. Antes de velarla en una casa de pompas fnebres, Dina sugiri tmidamente el deseo de doa Patrona de vestir a modo de mortaja un traje de novia, y los hijos rechazaron de plano semejante disparate. La vistieron con una tnica de monja penitente y la llevaron a enterrar, con solemnidad pero sin grandes demostraciones de dolor. Con las dos mujeres que haban cuidado por tres aos a la anciana dama, fueron generosos a su manera. Dina recibi una recompensa en dinero, y la autorizacin de llevarse toda la ropa de la difunta que quedaba en el ropero, privilegio que Dina transfiri a Magdalena que a su vez carg los viejos vestidos, abrigos, camisones, fina ropa interior y hasta un hermoso rebozo finamente tejido en una valija. 
Mdense pronto, porque vamos a cerrar la casa, dijo Carlos. Y as, Magdalena perdi su nica amiga, porque sta decidi vender su casa y marcharse a Buenos Aires, invitando a Magdalena a compartir la aventura, pero sta se neg, asustada de la magnitud de trasladarse en familia a una ciudad extraa. Al despedirse llorando, Dina deposit en las manos de Magdalena una suma de dinero proveniente de sus ahorros, de su recompensa y la venta de las joyas, y abord moqueando el mnibus. Con ese dinero, Magdalena compr de la viuda de un msico exiliado el derecho a ocupar la casa en los bajos, en un sitio privilegiado, casi siempre a salvo de las inundaciones peridicas. Y el da que abandonaron la casa, alquil un carrito de mulas y se llev, sin que nadie objetara porque en rigor no estaba presente nadie, la gran cama y un divn del dormitorio de la anciana. Y algunas cosas ms. Conservaba adems el rosario de oro.



Cinco
Cuando Magdalena termin su historia, un firme lazo de confianza ya se haba establecido entre los dos. Nada une ms a las personas que las confidencias recprocas. Manuel haba llenado como dos pginas arrancadas de un cuaderno con sus anotaciones, agradeci la ayuda y plante la cuestin de la subsistencia de la familia, que le preocupaba genuinamente, para su propia sorpresa, porque nunca, en sus treinta aos, se haba preocupado por nadie, y por aadidura, por nada que no fuera la rutina de su trabajo. Una sucesin de imgenes perdidas pas por su mente con el signo negativo de nunca. Nunca haba tenido un mejor amigo, ni un amor desbordado en pasiones y poesa. Nunca se sinti subyugado por una cancin, ni aprendo a bailar, ni a coleccionar estampillas ni boletos de mnibus. Nunca se haba detenido a ver florecer una rosa ni a contemplar el correr de un arroyo. Nunca tuvo un perro amistoso que se parara en dos patas y le lamiera la cara. Ni un gato calentando sus pies en invierno. Ni siquiera un canario en su jaula. Nunca llev una serenata a una chica, ni intent cantar ni a tocar una guitarra. Nunca sali de la rutina espesa y cmoda. Sinti el sinuoso dolor de la vaciedad y en ese momento empez a consolidarse el lazo que empezaba a unir sus vidas. Con un supremo gesto de confianza, Magdalena le entreg el valioso rosario de oro, para que lo llevara a empear en lo de don Esteban, el prestamista que durante aos haba visto ir y venir la joya, que reciba en prenda a condicin de que jams lo llevara a otro, con la esperanza de que alguna vez quedara en su poder, que alimentaba ladinamente aumentando sucesivamente los intereses del prstamo al mismo tiempo de lamentarse de la inflacin.
-No tienes miedo de que me quede con l? -pregunt Manuel.
-No, no tengo miedo. Me dijiste que sos persona. Las personas son personas mientras sean decentes -contest Magdalena-, adems, en esta situacin, no tengo otro en quien confiar.
Manuel se march a casa, ya cerca de la madrugada. Los chicos se haban dormido y l llevaba el rosario y sus apuntes en el bolsillo. 
Adivin en camino el acecho vigilante del vecindario que l supona dormira un sueo pesado de hambre insatisfecho pero descubri que la pobreza era tambin una vigilia constante, un insomnio alerta, la pesca de un ruido del que sacar provecho, de un fuego, una batalla familiar de los que se prestaban al pillaje, de un hecho del que brotara el rumor de las murmuraciones que inevitablemente encontraran una explicacin sexual al madrugn compartido con Magdalena. No le import y pens que tampoco importara a Magdalena. Lleg a su refugio y no tena sueo, sino todo lo contrario, lo posea una extraa exaltacin, como de quien descubre un secreto, y el secreto tiene sabor de vida. Se sent frente a la mquina de escribir, alumbr con la lmpara su manuscrito y se dispuso a enriquecer lo que ya pareca un expediente de Magdalena. Pero se detuvo.
-Anota todo, que para eso te pagan -le deca su propia voz.
-Me pagan para que anote lo que vea, no mis sentimientos -se replicaba.
-Ests jugando con las palabras -se acusaba.
-No es tan simple como eso -razonaba-. Yo tengo que proveer a Elena de las miserias que me rodean. No estoy obligado a alimentarla con mis propias miserias.
-Conocer a Magdalena no es miseria.
-Tienes razn. Es un descubrimiento. No me pagan para descubrir, sino para contar.
-Entonces debes contar lo de Magdalena.
-Magdalena me pertenece. Es mi personaje. O tal vez mi amiga.
Y en ese momento, resolvi su conflicto interior en forma salomnica. 
Escribi para su propio archivo todo cuanto Magdalena le haba dicho, hasta sus reflexiones, y cuando termin, apart cuidadosamente la pila de papel y retom el expediente de Magdalena, donde hizo un resumen fro y objetivo -nada de imaginacin, trgate tus reglas, Elena- de las aventuras de la mujer.
Era lunes, y a las 7.30 era su cita con Elena en el San Roque. Lleg, ocup una mesa, y pidi una empanada y una gaseosa, decidido a esperar a Elena. Que por fin lleg a las nueve, vestida exactamente como en la entrevista anterior. No era un vestido, era un uniforme, pens Manuel, mientras ella depositaba su bolsn indio en una silla, se sentaba en otra y peda al mozo con la mirada, su vaso de bebida verde. Ni se molest en saludar.
-Tienes algo para m?
En respuesta, Manuel le entreg la hoja que haba logrado llenar a mquina, sntesis de las seis que se haba guardado para s. Elena la ley cuidadosamente.
-No inventaste nada? -pregunt desconfiada.
-Juro que no. Magdalena existe. Su pierna quebrada existe, lamento que no tenga siete hijos. Slo tiene tres.
-Y es vendedora de billetes de lotera. No tiene otra ocupacin?
-No s -asegur, aun sabiendo que menta...
-Aqu dice que le ayudaste a volver a su casa desde los Primeros Auxilios. Cmo fue eso?
-Pasaba por ah.
Los ojos que variaban de color entre azules, verdes y grises, de paloma azul, se clavaban en Manuel, que se sinti un poco cohibido ante el escrutinio.
-Aqu hay muchas casualidades. Por casualidad viste el accidente. Por casualidad viste que la llevaban en ambulancia y por casualidad andabas por los Primeros Auxilios cuando ella necesit volver a casa. Ests inventando a me ocultas algo. Ha terminado nuestro trato -se levant con aire determinado para marcharse.
-Por favor, no te vayas -suplic Manuel.
-Entonces?
Manuel confes, pero no todo. Aquella chica era demasiado aguda para un mentiroso elemental como l. Confes que como no haba encontrado nada interesante haba decidido seguirle la pista a la accidentada. Fue deliberadamente a los Primeros Auxilios. Pag deliberadamente un taxi y deliberadamente la deposit en su casa, donde supo su nombre, su profesin  y su desgracia. No tena idea -volvi a mentir- de cmo se arreglara. No hablara del rosario de oro, ni de su origen, ni si le torturaran. Ella buscaba miseria, y el oro no forma parte de la miseria. 
Elena, que se haba vuelto a sentar, tomaba notas en el mismo papel que Manuel le haba entregado.
-Ahora suena mejor -dijo al final de sus anotaciones-, tiene posibilidades. Dices que tiene tres hijos. Ella tiene un hombre? -Volva a tomar nota.
-Me pareci or que tuvo dos. Pero ahora est sola. Eso es seguro, me lo dijo ella.
-Dos hombres?
-Supongo que uno por vez. No dos juntos.
-Si fueran dos al mismo tiempo, sera sensacional, pero debemos atenernos a la realidad. Dos hombres y tres hijos, vaya -segua anotando-, el material empieza a tener valor. Es joven y qu aspecto tiene?
En ese instante, Manuel comprendi que Elena hara valer su dinero. 
No le interrogaba, le hurgaba, le exprima. Decidi cooperar. Vala la pena. Vala el dinero.
-Es joven tirando a madura. Es robusta, del tipo atltico. Es la tpica mam de tres hijos.
-Tpica?
-Tpica del bajo. Ruda. Nervuda, manos grandes. Debe tener alguna ascendencia europea, su pelo es rojizo. Y tiene pecas.
-No la deseaste sexualmente? -la pregunta le tom desprevenido.
-Quin? Yo?
-Con quin estoy hablando?
-Mis obligaciones no incluyen que me pongas en tu novela. No me gustara ser el baboso seducido por una tigresa. A propsito, ahora que recuerdo, quise poner en el informe algo de imaginacin, a pesar de tu prohibicin. Quise poner que vea en Magdalena a una leona herida, con cras. Y lo puse. Es que es una luchadora.
-La figura literaria es buena, la puedo utilizar.
-Bien, pero la leona herida no me suscita deseo alguno.
-La cuestin no es esa, Manuel. Estoy tratando de hacerme una imagen de la mujer, que puede ser un personaje. Tengo que describirla, y si ella es deseable o no, es importante. Pregunto de otra manera. Supongo que te gustan las mujeres.
-No soy homosexual.
-Te gustara acostarte con ella?
Vacil antes de responder. No. No le haba suscitado ningn deseo. La pierna enfundada en grueso yeso y el temperamento casi masculino de Magdalena, sumados a la sordidez de la situacin y de la vivienda, y un olor mohoso de declinacin no evocaba ninguna feminidad invitante.
-Por el momento, no.
-Por qu dices por el momento?
-Porque no s cmo es ella. No s cmo camina, ni cmo contonea la cintura y cmo de redondo y duro tiene el trasero ni cmo se cruza de piernas. Slo veo una pobre mujer abollada, y desearla en ese estado hasta me parecera vicioso.
-Puede ser una crislida.
-Qu?
-Una crislida. Un gusano vil enfundado en seda que de pronto despierta y se transforma en bella mariposa.
-Vamos a entendemos, Elena. Me has prohibido imaginar. Imaginar es tu derecho exclusivo. Pero Magdalena no es un gusano vil sino una persona, y no est enfundada en seda sino en yeso.
-Estaba imaginando figuras literarias, estpido. Como dices, es mi derecho, y mi oficio. Pero digamos que tu informe vale, pero debes profundizar ms la investigacin.
-Por ejemplo?
-Los hombres de su vida. Fueron dos, dijiste, pero los hijos son tres. Cabe la posibilidad de que fueran tres hombres. Tres padres.
-Podra ser. En forma sucesiva. Sucede mucho.
-Y por qu no tiene hombre ahora. Es muy importante para m saberlo. 
Ya sabes, denuncia. La denuncia debe fundarse en la autenticidad. Las mujeres somos las vctimas frecuentes, las protagonistas de la denuncia. 
Investiga a sus hombres.
-Anoto. Sos feminista?
-En algn sentido, s.
-En qu sentido?
-Comprendo a las mujeres. Quiero que mis novelas las ayude. Es extrao que no tenga hombre, si es joven.
-Ests obsesionada con los hombres, Elena.
-Es que los hombres son la fuente de todas las aflicciones femeninas! -La voz permanentemente controlada de Elena haba subido de tono, agudizada por un tenue matiz de ira. Las pupilas tricolores se volvieron ms oscuras, y dos manchas rojizas alumbraron en las mejillas sin maquillaje.
-Y en tu novela, las vctimas son las mujeres desvalidas y los villanos los hombres. Me parece demasiado simple. La cuestin debe ser ms complicada, digo yo, con el debido respeto a tu imaginacin.
-Cmo lo plantearas vos?, a ver, deslmbrame.
-El hombre no es bruto porque es hombre. Lo es por ignorante. La mujer no es sumisa por mujer, sino porque es otra ignorante, pero ms dbil.
-No lo veo yo as, Manuel. La mayora de los hombres, cuanto ms refinados, son ms brutales. No con una brutalidad de garrote, sino de Poder. Brutalidad de guante blanco, Manuel. Te acarician, pero no sienten ternura, sino posesin.
-Sos lesbiana, Elena?
-Mi vida personal no te atae. Sos mi empleado. Pero no, no soy lesbiana. Fornico de vez en cuando.
-Con quin?
-Seor! -la voz sonaba escandalizada. 
-Perdn, slo quera saber si sos casada.
-Soy soltera, y si piensas que terminaremos esto en la cama, ests equivocado. Nuestro trato es estrictamente comercial.
Manuel se encogi, cohibido. Era la segunda vez en pocas horas que una mujer le deca que no tena intencin de acostarse con l. Se pregunt si en su aspecto tena algo que repela a las mujeres. O que las atraa y se ponan corazas. Suele suceder, dicen.
-Ya cenaste, Manuel?
-Una empanada y un pan.
-sa no es cena. Invito yo -llam al mozo y pidi un bife a la plancha y un tomate crudo. Oculta su cuerpo con una tnica franciscana pero cuida su silueta, reflexion Manuel, declarndose incapaz de comprender los secretos de la feminidad, la personalidad de la paloma azul. Por su parte, ante la mirada interrogante del mozo, pidi pollo con oquis.
Cenaron en silencio que dur poco, porque fue Elena quien, tras mirar su ropa desvada, su pelo largo y su camisa lamentable, sentenci.
-Debes vestirte mejor. Si vistes bien hasta podras ser agradable.
-Es caro.
-Ya s. Hablemos de dinero.
-Ya me diste...
-El dinero es importante -deca mientras masticaba delicadamente trocitos de carne magra-. No tienes otra manera de llegar a la intimidad de esa mujer... cmo se llama? Magdalena. Tiene el problema de subsistir, aparecs vos como un ngel cado del cielo, y le ayuds con dinero. Por gratitud abre su corazn y te cuenta todo. Capaz que te abra tambin las piernas.
-Tienes la obsesin malsana...
-Hay mujeres que slo abren su corazn despus de abrir las piernas. 
De modo que debes mejorar tu aspecto. 
-Esper, no vayas tan rpido. Si entiendo lo que piensas, el dinero pons vos y el pito pongo yo. Y vencida sus lneas defensivas, investigo.
-sa es la idea.
-Los dos hombres y todo eso.
-Que pueden ser tres. Y cmo nacieron sus hijos. Cules son sus rencores.
-Todo eso, despus de que me abra las piernas. Puedo hacerte una crtica?
-Adelante.
-Sos mujer. Pero menosprecias a la mujer. Y mientes cuando dices que las comprendes.
-No. No es as. Es una cuestin social. Cuando toda una sociedad cae, las mujeres son las que ms sufren. Las que ms se desmoralizan. Son siempre las primeras vctimas del derrumbe. No menosprecio a tu Magdalena. 
La coloco donde la sociedad la coloc, sin ninguna oportunidad de levantarse del fango, y a veces, Manuel la nica salvacin, el nico contacto con la realidad, es su sexo. De ah viene lo de abrir las piernas. Ya las abri a tres hombres.
-A dos.
-Estoy segura que fueron tres. Y si no te volvs gazmoo, vos pods ser el cuarto.
-No, gracias.
-Por razones prcticas. Trabajas en eso.
-No quiero hacer el amor por razones prcticas. Por ah no se me para.
-Gracioso!
Terminaron la cena. Elena no pidi postre porque contena azcar. 
Manuel no lo pidi porque tena vergenza, aunque le hubiera gustado una gruesa porcin de dulce de batatas con queso. Pero la mejor culminacin de la noche se dio cuando Elena extrajo del bolsn indio una chequera y llen un cheque al portador. Incrdulo, vio repetirse los ceros detrs de un uno. Una suma enorme. Elena cort el cheque y se lo entreg. Esta suma incluye ropa nueva, un premio por tus descubrimientos y algo para Magdalena, manifest.
-Y recuerda que no debes mudarte de tu cueva. Nos vemos el viernes -termin levantndose para marcharse despus de firmar la cuenta que traa el mozo en una bandeja.
Salieron juntos a la acera, las horas haban pasado y se acercaban a la medianoche. Manuel decidi que Elena mereca una gentileza y se ofreci a acompaarla hasta que tomara el mnibus.
-mnibus? -ri divertida. Extrajo de su bolsn una llave con la que abri la portezuela de un BMW rojo, que se la llev rugiendo.
Iba a marcharse, rumbo opuesto, literalmente y literariamente, al que haba tomado Elena, cuando observ que el mozo lo miraba con insistencia, como queriendo decirle algo. Curioso, volvi a entrar. El mozo era viejo, canoso y de aspecto cansado, como todos los mozos a la medianoche.
-Vos me parecs un buen tipo -dijo el mozo.
-Gracias, hermano.
-Cuidate. Yo tengo un hijo de tu edad.
-Ojal le vaya bien.
-A l s. Pero vos...
-Qu?
-Cuidate.
-De qu? De quin?
-Del Lecay.
Y sin decir ms, se meti en el saln y de all a las profundidades de la cocina. Manuel se encamin al refugio. Estaban pasando tantas cosas de pronto que le desbordaban. Era muy tarde y en camino a casa estaba entrando en la zona peligrosa de la periferia. Noches antes haban matado a una mujer para robarle la cartera. Y en otra madrugada a un carnicero que volva de aserrar carne. Record los episodios quizs por el crptico  significado del aviso del mozo, que se cuidara del Lecay. Se detuvo en un portal y meti el dinero que an tena y el cheque en un zapato. 
Cuidate del Lecay. Quin poda ser Lecay? Lecay es el patrn generoso o explotador. Es el padre de familia severo o el abuelo abandonado en la habitacin del fondo. Capataz, comisario, administrador, caudillo, jefe, todos eran Lecay. Pero la advertencia del mozo implicaba a Elena, y bien sabido es que los mozos, los choferes y las peinadoras son las personas mejor informadas del mundo. Lecay podra ser tambin el padre celoso, o el gran burgus amante, capaz de solventar la carrera de una escritora, obsequiarle un departamento y ponerle en la cochera un BMW y en el banco una cuenta corriente. En todo caso, era un Lecay peligroso, porque si fuera inofensivo no producira el aviso susurrado del mozo, que bien podra ser un amigo inesperado o el mensajero del patrn. Y por tanto, el aviso no era aviso, sino mensaje, tal vez amenaza. En todo caso, haba un Lecay con poder de amedrentar del que deba cuidarse. No atinaba a concebir por qu deba cuidarse. Su trato con Elena era comercial, y la relacin inocente, hasta ahora, por lo menos. Lleg a su refugio y antes de dormirse, trat de entender el significado del absurdo que empezaba a apresarlo como en una telaraa. Tena el dinero para salirse de all y vivir all arriba, en alguna pensin modesta, pero ese dinero le estaban dando para que se quedara all. Mudarse sera una trampa, una violacin del acuerdo. En cierto modo, estaba prisionero de Elena, y de alguna manera, tambin de Magdalena. Y haba un Lecay. La cuestin se estaba volviendo complicada. No durmi bien. 



Seis
Percibi desde el principio que Magdalena haba logrado baarse. Al rasgado pantaln vaquero substitua una bata ancha, larga hasta los pies, floreada, lujosa y con un gran cinturn de seda que simulaba una cuerda. 
Del ropero de doa Petrona, adivin. Segua sentada en el divn. La pierna cubierta con yeso se apoyaba rgida sobre una silla, y la otra pierna se entrevea blanca, con una leve pelusa rojiza, torneada y un poco musculosa. Una pierna capaz de suscitar deseo, se dijo Manuel, si a uno le gustara las mujeres recias. La cara lavada y el cabello tirante, peinado hacia atrs no dejaban de darle cierta nobleza de rasgos. Cuando lleg le recibi una sonrisa de bienvenida, quizs porque pensara que traa el dinero del rosario empeado. Pero le devolvi la joya.
-No le encontraste a don Esteban?
-No hubo necesidad.
Y como haba decidido, le relat su encuentro con Elena, las preguntas de Elena y el cheque de Elena que haba cobrado antes de venir, y que de la suma total, le corresponda algo. Algo fueron diez billetes que deposit sobre la mesa.
-No puedo recibir tu dinero -protest ella.
-No es mi dinero. Es el dinero de Elena. Y te lo has ganado.
-No veo cmo.
-Es un poco complicado. Elena me paga a m para reunir material. El material sos vos. Tengo que anotarte en mi cuaderno y llevarte desnuda. A vos y a todo lo que te rodea. El dinero no hubiera aparecido si no aparecas vos. Por tanto, te corresponde la mitad.
-Podas quedarte con todo y empear el rosario.
-Me daba pena empear el rosario.
-As que yo soy el material? Me parece chistoso. Vos conocs mucho de m. Le vas a contar todo? 
-Slo le cont una parte.
-Qu parte?
-Dej una parte para m.
-Pero vos no sos escritor!
-Soy tu amigo. O no?
La mujer vacil un poco. Observ agudamente a aquel joven extrao que haba dejado el traje gastado donde corresponda, en el basurero, y pareca ms joven con sus pantalones vaqueros y la remera con el logotipo de Marlboro.
-S, puedo creer que sos un amigo, pero...
-No piensas acostarte conmigo, ya s. Por qu las mujeres que conozco se apresuran a aclarar que no se acostarn conmigo? Elena tambin me dijo lo mismo.
-Es linda?
Son pintorescas las mujeres, pens Manuel. Elena quiere saber si Magdalena es deseable. Magdalena me pregunta si Elena es linda.
-No s. No se viste, se enfunda. No se maquilla, pero es joven y tiene lindos dientes. Si es hermosa, lo disimula muy bien. Cenamos juntos en el San Roque.
-Y despus de la cena? -en la pregunta haba cierta ansiosa picarda.
-Se fue a casa en su BMW.
-BMW?
-Es un auto.
-Ya s. Un auto caro, como el que me atropell. Debe ser rica.
-O debe tener un amigo rico.
-Hablame un poco de ella.
-Un momento, vamos a entendernos. El negocio es que yo le hable de vos a Elena y no de Elena a vos. Encuentro un poco difcil la cuestin, Magdalena. Elena piensa que tu vida es un drama, y tiene razn. Quiere conocer ese drama para hacer su novela autntica, dramtica, denunciante. 
Creo que son parecidas en cuanto a lo que sienten por los hombres en general. Pero me sucede algo raro, s mucho de vos pero no puedo decir todo, porque sera como violarte. Elena es una paloma azul a quien debo alimentar con tu carne, pero puedo elegir los pedazos.
-Cuando yo te cont lo que me pas, saba para qu era. Conoca ya tu trabajo. No me importa que vos le cuentes todo si es que le sacs plata a esa chica. Y cuanto ms le escandalices, mejor. Dale de comer a tu paloma azul hasta que reviente. Te vas a poner delicado ahora?
El sentido prctico de Magdalena, ms acostumbrada que l a aprovecharse de todo para sobrevivir, impresion a Manuel. Tena razn. l era un lrico, y al descubrir que era persona, pensaba que todo el mundo era persona. Pero no era as, Elena no era una persona, era una mina. Pero la mina era exigente, requera trabajo y tambin picarda.
-Entonces, tens que tener tres hombres en tu vida.
-Pero slo fueron dos, y ya bastan!
-Elena quiere que sean tres. Y que cada uno de ellos te haya dado un hijo.
-Eso quiere? Vamos a darle. Te ayudo a inventar al tercero.
-Pero eso es trampa.
-La trampa est de moda. Quin vive hoy sin hacer trampa? Oigo todo en mi radio porttil. La gente no paga sus impuestos, los maestros hacen huelga y los nios se quedan burros, trampa. Las enfermeras del hospital no cobran, hacen huelga y los enfermos se mueren sin remedio, en la calle, y cuando pescan una cama en el hospital no es para curarse, porque no hay remedios ni jeringas ni nada, sino para morir, trampa. Las modelos no muestran su ropa, sino su carne, trampa. Los polticos hablan de las miserias del pobre pueblo y cambian cada ao su cuatro por cuatro, trampa, che. No te anims a hacer vos tu trampita? Si no, no sos de este mundo. 
Mi hombre nmero tres se llama Ernesto.
-De modo que hubo otro?
-S, pero no mo. Es de mi vecina, la que me trajo el pollo, a Tarcisia.
a Tarcisia haba acompaado, all en san Pedro, en la invasin de una propiedad, a su concubino, Emeterio Coronel. Una noche, irrumpieron en masa y en la oscuridad plantaron estacas, hitos, mojones para hacer una improvisada mensura de lotes a ocupar. Tenan dos hijos pequeos y se aferraron al pedazo de tierra hasta que un juez se cans de apresar, los policas de apalear y el propietario de reclamar. As consiguieron por fin el ttulo de propiedad de 20 hectreas, que desmontaron primero para vender madera a unos camioneros brasileos que depredaban armados de motosierras impiadosas. Cuando acab la madera, arrasaron con el matojo bajo para los fabricantes de carbn, y cuando todo el verde desapareci, la gran lluvia se llev la buena tierra y qued un arenal inservible. A pesar de todo, Tarcisia, que provena de una familia de agricultores que alguna vez tuviera un rancho, mandiocal, plantaba un poco de algodn y recoga coco, y siempre haba porotos creciendo en los cercados, gallinas poniendo en los matorrales y cerdos gruendo en los chiqueros, aoraba aquella vida y deseaba cultivar la tierra. Emeterio Coronel, que haba quedado sin trabajo cuando termin Itaip y ni loco se pondra a plantar nada, se dispona a incorporarse nuevamente a otro grupo de ocupantes en Concepcin, cuando le pic una vbora. El Puesto de Salud, que atenda una enfermera que viva entre el aburrimiento de no poder hacer nada y la desesperacin de no conseguir tampoco nada para ayudar a la gente, no tena el suero antiofdico, y Emeterio Coronel muri. a Tarcisia vendi su derechera o el derecho de ocupar el lote, a un brasileo, y con el dinero viaj a Asuncin. Tambin con ese dinero logr instalar una choza en el bajo. Mujer trabajadora, pronto se adapt a Asuncin, que de hecho, no le ofreca oportunidad alguna, salvo la de sobrevivir como fuera. 
Y obligadamente aprendi a sobrevivir, incluso, hurgando en los basureros y pagando a un pen de cocina en un hotel, a veces con dinero, a veces con sexo, por el derecho de recoger los restos de comida que deberan comercializarse para el engorde en una chanchera, pero el pen, en la segura clandestinidad de la madrugada, converta en su propio negocio y regodeo. Negocio rentable y ocio gozoso al mismo tiempo. De esa etapa mendicante, a Tarcisia pas a una actividad ms seria. Adquiri una parrilla porttil fabricada con medio tambor de kerosene y se especializ en cocinar asaditos, que eran la versin criolla y un poco ms contaminada que el presuntuoso brochette que ofrecan los menes en los restaurantes de lujo, con la diferencia de que a Tarcisia los ofreca, a la sombra de los estadios o en plena calle, acompaados de mandioca. Su negocio progres, porque el asadito, trocitos de carne vacuna, de pollo y hasta de cerdo de misteriosa procedencia, ensartados en un palillo y pasados por el fuego del carbn, cundi como costumbre, y era lo ms parecido a una comida decente a la que podan acceder los pobres y a los no tan pobres que empezaban a sufrir las carencias de los pobres. A los asaditos agreg panchos y hasta gaseosas. Aoraba a Emeterio, o mejor dicho, era lo bastante joven y sufra de urgencias sexuales. As conoci a Ernesto. Para gozo de a Tarcisia, Ernesto tena siempre dinero aunque nunca aclar en qu trabajaba y ayud a su nueva concubina a desarrollar ms su negocio, proveyndola de lo necesario para que en su propia vivienda, a Tarcisia instalara una pollera que suministraba pollo asado a todo el bajo. Vivieron juntos cuatro aos durante los cuales a Tarcisia gest dos hijos y supo soportar filosficamente las borracheras de Ernesto, que era cosa de hombres, y su propensin de propinar violentas palizas a los dos hijos mayores, que no eran hijos sino hijastros, tambin cosa de hombres, segn a Tarcisia, que tenan el derecho a corregir a los chicos, antes de que se volvieran patoteros. Lo soport todo porque no siempre las cosas son perfectas en este mundo, hasta que el misterio de la economa floreciente de Ernesto se disip cuando una comisin policial irrumpi en la vivienda, espos a Ernesto y se lo llev para una larga temporada en la crcel de Tacumb. Su error fue robar el Mitsubshi Montero flamante de un Senador de la Nacin, que se encargara de que el atrevido no viera la luz del sol por largo tiempo, vctima de algn proceso judicial cado en el folclrico cepo del opare.
-Mi otro hombre, el pap de Luca, se llamaba Ernesto, era borracho, pegaba a mis otros hijos, era robacoches y est en la crcel -finaliz Magdalena.
-Me cres un problemn, Magdalena. Ya inform a Elena lo del tu pap, tu mam, el colegio, el msico, el maquinista y el capataz. Cmo voy a decir que viniste del campo?
-Sencillo, mi hijo, no vine del campo, encontr a Ernesto cuando a Petrona se muri.
Manuel reflexion, y lleg a la conclusin de que Ernesto calzaba en la historia de Magdalena. Ahora Luca tena otro pap y Magdalena un tercer concubino. Elena estara satisfecha. La mentira era perfecta, pero no poda disimular cierta molestia. Magdalena percibi la picazn tica que empezaba a atormentar a su nuevo amigo, o socio.
-Mir, Manuel. Si vas a vivir dndole pelota a tu conciencia, vas a terminar otra vez como un arruinado.
-Vos no tens conciencia?
-S, para mis hijos, no para este mundo podrido. Es un empate, Manuel, el mundo no tiene conciencia y nos abandona en la orilla, y como desquite yo no tengo conciencia para el mundo.
Una variante de la ley de la selva. No la ley del ms fuerte, sino la ley del ms pcaro. Entre sus libros, tena, de Darwin, El origen de las especies, y lo haba ledo, y estaba descubriendo que el sabio, si viviera, debera revisar su teora, especialmente ahora, en que se haba puesto de moda la libertad del mercado y el darwinismo se aplicaba tanto a los animales como a la gente. Estaba a la vista de todos. La fuerza era arcaica. La astucia, la manipulacin y el pocar eran los instrumentos de dominacin. Y en la tabla de valores de Magdalena, en una sociedad delincuente, el virtuoso se arruinaba. As de fcil. Y no era cuestin de culpar a Magdalena, porque ella era el subproducto de una corrupcin mucho ms grande, que abarcaba todo y lo podra todo, hasta la ltima frontera de la gente, la conciencia.
Rafaelito, el hijo mayor, apareci portando un cesto de comida y Manuel cay en la cuenta de que ya era medioda. Se dispona a marcharse.
-Quedate a comer con nosotros -invit Magdalena.
Manuel acept. Rafaelito y su hermanito, Marcos, diligentes y bien entrenados, giles en sus astrosos zapatos deportivos productos de alguna kermesse de caridad, tendieron un mantel sobre la mesa, y los cubiertos, como si fuera un deber de todos los das, y all Manuel tuvo una nueva percepcin de la calidad de vida que Magdalena trataba de rescatar en medio de sus grandes carencias. Un mantel, de cretona floreada y barata, pero mantel, en una mesa de un rancho miserable, era la diferencia entre la miseria aceptada mansamente y la rebelda contra ella. No era al final de cuentas una leona herida con sus cras en la espesura. Las cras tenan las uas cortadas y saban usar tenedor y cuchillo. Era una persona, una madre marginal tratando de ser burguesa imponiendo costumbres de gente. 
Disimul una secreta admiracin por Magdalena. Compartieron el almuerzo, y Manuel descubri una novedad inesperada. Por primera vez presida una mesa familiar. Poda ser un padre de familia rodeado de los suyos y compartiendo el pan y el vino. Cuando tena casa, y trabajo y madre, ella, enferma siempre, coma en su habitacin y l en la cocina, charlando con la sirvienta de turno; no cenaban, ni almorzaban. Se alimentaban con los formalismos familiares desterrados. 
-Hay algo que me preocupa -dijo Manuel cuando terminaban de comer y los chicos levantaban la mesa. Y relat a Magdalena su conversacin con el mozo, llamndole a tener cuidado con el Lecay.
-Los mozos no hablan porque s. Saben mucho y si dice que tengas cuidado, hacele caso. Vos tens arma?
-Arma? Nunca mat ni un pajarito.
-Necesits un arma, esper.
Se levant dificultosamente, arrastrando la pierna rgida. En un rincn haba una valija de cuero repujado, con toda seguridad recuerdo de los avos de la difunta doa Petrona que haba heredado Magdalena. Abri la valija, y de ella extrajo un arma, un revlver, viejo, pesado, reluciente y negro, envuelto en un terciopelo rojo. No era un revlver. 
Era un recuerdo de viuda. Recuerdo de la virilidad de un marido que alguna vez fue joven y dueo de un can temible, macho. El tambor tena 6 balas doradas, como recin pulidas. Posiblemente, el revlver haba salido del mismo escondrijo de las joyas de la anciana dama. Los nios miraban con reverencia la pesada arma.
-No puedo andar con ese mosquetn por la calle, Magdalena, adems no s disparar dijo.
-Se apunta y se aprieta el gatillo -le instruy Magdalena con sencillez.
-Y sale la bala y me destroza el pie. No, guardalo.
-Por lo menos, debes tenerlo en tu casa -y mientras insista, con gesto terminante envolva el revlver y su funda de terciopelo en un papel diario.
No tuvo ms remedio que aceptar. Cuando Magdalena quera imponerse, se impona. Suerte que tiene una pata rota -pensaba Manuel-, si estuviera entera ya estara tenindome de las orejas. La reflexin ligera le llev a un recuerdo profundo. El de su madre. Ella tambin era dominante, o l demasiado propenso a someterse a la autoridad femenina. Tena que profundizar en el tema. No haba mucho porvenir en un hombre que se deja dominar por mujeres, a pesar de que con su madre era algo placentero, pero era su madre. Magdalena no era su madre y poda poner las cosas en su lugar, pero lo dej para ms adelante, como siempre lo haca cuando los dilemas existenciales se volvan complicados. Adems, tampoco Elena era un dechado de respeto a su condicin masculina. Paloma azul, se deca, pero capaz de mimetizarse y volverse halcn, bho o guila. Muchacha ambiciosa, capaz de crear sus propias circunstancias y dominarlas.
Volvi a su refugio portando el pesado paquete que escondi entre los libros y volvi a salir. Se dirigi en lnea recta al San Roque, que a las dos de la tarde atenda a poca clientela. Tres mozos bostezaban, pero el servidor viejo que le haba alertado sobre el Lecay no estaba visible. 
Pregunt por l a otro mozo y le dijeron que su turno empezaba a las 7, pero de todos modos no vendra, porque estaba enfermo. Senta tal urgencia, o miedo, que averigu su direccin y se la dieron. Viva en una pequea casa, con una hija cariosa, gorda e irremediablemente soltera, y un hijo que tambin era mozo, detrs de la cancha de Tembetary, ms pista de baile que cancha, en un barrio semanalmente atormentado por una batera de 16 altavoces que multiplicaba los delirios de un disc jockey frentico y posiblemente drogado. Pero era martes y el barrio gozaba de la tregua. 
El infierno se desataba los sbados y domingos. Fue fcil ubicar la casa donde fue recibido por la hija del mozo, vacuna, sonriente y amable, sorprendida por la apostura de ese joven visitante de ajustados pantalones vaqueros y remera Marlboro, y mirndolo con el mismo deleite anticipado con que mirara un bombn de chocolate relleno con crema.
-S, mi pap puede recibirle. Le sirvo un caf?
-No, gracias.
Pas a la coqueta salita donde reposaba el enfermo sentado en un divn, con el pie derecho enfundado en una venda de monstruoso tamao apoyado sobre una silla, en alto. 
-Tengo gota, mi hijo, y debera estar orgulloso porque el doctor Francia tambin tena gota y andaba siempre con un malhumor de miel diablos -explic el dueo de casa-. Es enfermedad profesional. El mozo que no sufre de los pies a los 55 aos, es un mozo falsificado, si no sufre de gota es de los pies planos, reuma, artritis o callos -y ri amargamente.
-Me da pena por usted.
-Miente. Lo que siente es miedo por usted. Por eso vino aqu. Creo que fui demasiado charlatn. No me haga caso.
-Pero usted me habl del Lecay.
-S, en mal momento. No se meta en los. Hay muchas mujeres. Las mujeres sobran.
-Usted se refiere a la seorita Elena.
-S, a sa. Buena chica, es generosa con las propinas. La paloma azul.
-Usted le puso ese nombre?
-No, se puso a s misma. Le gusta que le llame as.
-No tengo nada con ella, es mi socia, o mi patrona.
-Es mujer de otro. Peligroso. El asunto, digo.
-Es la mujer de Lecay.
Era visible que el mozo no quera comprometerse. Apenas asinti. 
Haba tenido un arranque de preocupacin paternal, pero no ira ms adelante. Ya estaba en paz con su conciencia.
-Usted debe informarme ms. Yo no quiero los con nadie. Nunca tuve los con nadie. Creo que en el fondo soy un hombre de paz. O bastante cobarde.
-Entonces, djese de joder con esa muchacha.
-No jodo, trabajo.
-A veces es la misma cosa. Y igame bien. Yo no le dije nada. Yo no le conozco. Usted es el que est tirando piedras al avispero poltico, no yo. Slo sirvo su mesa, o la mesa de la chica sa. Si usted me menciona, niego todo.
-Yo no tiro piedras a nada, ni a los perros que me salen en el camino. Qu es eso de avispero, don?
-Toda la poltica es un avispero, joven. Las abejas defienden su miel y hay picaduras venenosas. Esa chica le puede meter en terreno que no conoce, donde uno no sabe si la gente es gente o si es fiera. As es la poltica. Yo le digo a mi hijo que no se meta en poltica, es terreno falso. No hay amigos, hay compinches. No hay camaradas, hay socios. Un da todos son amigos y otro da los amigos te estn cazando. Pero no me hagas caso, me plagueo al pedo. Es la gota. Malhumor, como el doctor Francia.
-Quiere saber lo que pienso?
-No. No quiero saber lo que piensa. No me interesa. No es mi asunto ni mi negocio.
-Pienso en Lecay.
-Hace muy bien. Puede mejorar su salud.
-Pienso que Lecay le paga para informar sobre la chica.
-Piense en lo que quiera. Puede ser cierto. Pero no estuve informando a Lecay sobre usted. Le estoy informando a usted sobre Lecay. Y ya que estamos en eso, por favor, no informe a la seorita sobre m.
-Porque ella le va a informar a Lecay, entiendo.
-Me alegra que entienda, porque por lo menos empieza a darse cuenta en qu se est metiendo, y no digo ms.
Manuel no dej de reconocer que si el viejo mozo gotoso era espa, no dejaba de conservar cierta tica. El aviso no era un mensaje, ni una amenaza. Era un tenue resplandor de conciencia virtuosa. Le agradeci, pero el misterio del Lecay tena que ser aclarado en otras instancias. Se despidi y la hija gorda y suspirante le acompa hasta el portn de la casa.
-Est seguro que no le gustara un cafecito? Lo hago espumoso. 



Siete
Era viernes, da de su cita con Elena, en el San Roque. Estuvo haciendo lo de costumbre hasta el anochecer. Escriba todo para su archivo, y un resumen para Elena. Como siempre, de siete pginas para s corresponda una para Elena y los detalles del medio ambiente humano que relataba Magdalena era para su archivo. No olvid la charla con [el] mozo enfermo y su perceptible conflicto moral. Elena quera saber de Magdalena y l le proporcionaba Magdalena en abundancia, esta vez con el agregado del falso tercer hombre en su vida, Ernesto, supuesto padre de Luca, que estaba en la crcel de Tacumb y haba llegado a su vida cuando muri doa Petrona y el periodo de vida idlico que le haba dado Dina termin y volvi de nuevo a la calle. Escribi que Magdalena vesta la vieja bata de la difunta doa Petrona y la disciplina de sargento que impona a su corta familia. Poda ser un dato importante para la novelista que al denunciar la miseria en su novela, poda poner un poco de alivio en el drama haciendo que la protagonista tuviera algunos gestos de rebelda, como tener en casa cepillos y dentfrico, como realmente los tena Magdalena. 
Le hubiera gustado incluir a Gumercindo, pero no calzaba en la historia. 
Mencion el mantel en la mesa y los cubiertos, que era un informe verdadero, un rasgo de gente para que Elena no tratara tan mal a Magdalena en su novela, que la concibiera castigada, pero no vencida. El mantel era importante, una bandera de la decencia, como lo haba descubierto por s mismo. Las palomas azules tambin deben percibir decencia. En Magdalena, y en l mismo, Manuel Arza, un espa que informaba con el permiso y hasta con la complicidad de la informada para que Elena escribiera su novela. En este punto, se pregunt si l le suministraba solamente material a la escritora o si l mismo era tambin material. 
Alguna vez preguntara a Elena como lo describa en su novela, si lo estuviera incluyendo en ella. Satisfecho con su trabajo, a las siete ya estaba instalado en su mesa del San Roque esperando a Elena y comprobando con alivio que el mozo informante no estaba, todava vctima de su ataque de gota. Slo pidi un caf. Elena lleg a las ocho, vestida como era su costumbre y Manuel se pregunt si la chica vesta siempre la misma tnica o tena varias del mismo color. Se decidi por lo segundo. 
Repiti el ceremonial de ubicar su bolso indio en una silla y se sent en otra. Y no ocult cierta sorpresa al observar a un Manuel distinto, sin el viejo traje, y esbelto y garboso con su pantaln y su remera, y la barba afeitada y el cabello bien cortado.
-Caramba, nos hemos vuelto buen mozo -coment-. Estoy ansiosa de ver tus apuntes. Ya he comenzado mi novela. Adivina que ttulo lleva.
-Magdalena.
-Blanco perfecto! Tienes imaginacin.
Observ alrededor, buscando al mozo acostumbrado para hacerle el pedido de siempre. Pero haba otro mozo, y tuvo que pedir en voz alta su bebida. Tena un nombre en ingls. Manuel no saba ingls, de modo que slo atin a decir que para m lo mismo. Antes de llegar las bebidas, Elena ya estaba leyendo y preparando la pluma, su perdida Parker, para hacer sus propias anotaciones. Salt.
-Viste? Haba otro hombre. As como yo prevea, un hombre para cada hijo. Intuicin femenina.
-Tenas razn.
-l no enva cartas o ella no le lleva marihuana?
-De quin ests hablando?
-De Ernesto, el presidiario. Estas mujeres son fieles a sus hombres. 
Una vez le de una que llevaba drogas en la vagina.
-No creo que Magdalena...
-No hablo de tu Magdalena. Hablo de mi Magdalena. Tu Magdalena es algo desvada. Mi Magdalena debe ser fuerte. Una ruina humana, pero una ruina total. Lo de la droga en la vagina me gusta. En alguna parte de la novela la van a descubrir y ella va a parar al Buen Pastor. Sos un genio, Manuel! -casi grit entusiasmada, y Manuel sospech que la chica haba tomado antes de venir, algo ms fuerte que su bebida verde.
-Pongmonos de acuerdo, Elena. Tienes derecho a imaginar, pero los hombres en la vida de Magdalena son accidentes. Magdalena y Ernesto no son Romeo y Julieta. Se juntaron para no dormir solos y de paso copular. No he observado ninguna pasin abnegada. El tipo fue a la crcel y Magdalena sigui su vida, quizs ms contenta, porque Ernesto pegaba a los chicos que no eran suyos, hasta que apareci el travest que apale a Ernesto, fijate en el informe -minti descaradamente, pero culpndose de pintar tan despiadadamente a Magdalena.
-Qu dijiste?
-Que no son Romeo y Julieta...
-No, lo otro.
-Que los hombres en la vida de Magdalena...
-Son accidentes! Genial, querido. Has tocado una tecla que yo saba que estaba all y no lograba encontrar. Los hombres son accidentes en la vida de las mujeres, es la verdad. No existen los prncipes azules que te traen un destino maravilloso y fantstico. Vienen, te usan, se van, y te dejan desencanto, soledad y frustracin. O se quedan y convierten tu vida en un largo aburrimiento, a veces en un calvario interminable -mientras deca esto escriba con furia en la hoja que ira a formar el expediente de Magdalena.
-Sale un ruidito de tu bolsn -dijo Manuel.
-Qu?
-Que sale un ruidito de tu bolsn.
Elena se apresur a abrir el bolso y sac de sus profundidades un telfono minsculo, que destellaba con lucecitas rojas y verdes, y chillaba reclamando atencin. Dijo Hola, escuch, su rostro se puso rojo y bram Con quin voy a estar?. Pero miraba a Manuel como deseando que no existiera. Se levant y fue a refugiarse en un rincn del restaurante, entre una vitrina de frutas y la pared, donde sigui hablando con talante tenso. Despus colg, volvi a la mesa, meti el telfono en el bolsn que se colg del hombro con el aire del soldado que carga la mochila dispuesto a seguir la marcha heroica.
-Vamos!
-Dnde?
-Dije que vamos!
Ya caminaba hacia el automvil con aire resuelto, con sus pasos largos y su tnica flameando, cuando Manuel se decidi a no seguirla. Si estaba huyendo, que huyera sola, l, como el mozo, no tena nada que ver. 
No empezara a tirar piedras al avispero. Adems, demasiadas mujeres dominantes, ya basta. Pero a pesar de su decisin, segua a Elena y obedeca su perentorio gesto de abordar el BMW, que arranc con un rugido enojado que pareca responder al temperamento encendido de su duea. 
Salieron del centro sin respetar semforos y entraron en la zona residencial. Una calle estrecha, un alto edificio de departamentos cuyo garaje subterrneo abra su bocaza para devorar el auto y sus ocupantes. 
Un ascensor que suba y suba, contando alturas con cifras verdes que destellaban y se apagaban. Piso 2, 3, 4, y suba ms hasta detenerse en el 9. A Manuel le pareca estar soando y caminando por un largo pasillo como dicen que suean los agnicos cuando se van de esta vida siguiendo a un ngel tenebroso. El ngel tenebroso abri con llave una de las puertas y entraron a un departamento donde todo era rojo, desde las cortinas hasta las alfombras, evocando en Manuel el recuerdo de una pelcula con un prostbulo elegante del Pars de Alejandro Dumas. Sala, piano, un escritorio con una enorme procesadora IBM en cuya pantalla encendida desfilaban serpientes en colores, esperando la continuacin de la novela de Magdalena, y ms all un pasillo que conduca al dormitorio donde Elena entr y le invit, o lo oblig, a entrar. Lo hizo y como esperaba, la cama era enorme, y todo lo dems con el carmes de una sensualidad postiza, fabricada. Obvio -se dijo Manuel-, el nido de amor de alguien que se fabricaba su noveln romntico, poniendo en el centro a Elena, que se ocultaba dentro de una tnica porque perteneca a uno solo, y uno solo poda mirarla. Pero las cosas parecan estar cambiando, porque Elena le dijo que se desnudara mientras ella entraba al bao, llevndose de paso, apretada contra el pecho, una fotografa enmarcada de la mesa de luz. La del cornudo, pens, pero no pens mucho. La orden era desnudarse. Vacil, comprendi y tuvo vergenza adivinando lo que vendra, que no era como imaginaba, con un rito previo de besos y de caricias y con un bolero antiguo susurrando desde las cortinas. Estaba en calzoncillos, avergonzado y confundido, cuando ella reapareci como no deba mostrarse a nadie, desnuda como viniera al mundo, esbelta, perfecta, marmrea. Le empuj y cay de espaldas como en un mar de seda y terciopelo. Ella le arranc los calzoncillos y se le mont encima. Todo fue rpido y espasmdico. Ella no estaba haciendo el amor con Manuel. Le estaba dando pualadas al orgullo de otro, al de la fotografa, que le haba llamado por telfono para ofenderla. Cuando se saci de Manuel se dej caer de espaldas con una sonrisa satisfecha, maligna.
-Ya tiene el infeliz lo que se buscaba -susurraba, con talante feliz-. Ahora puedes irte, Manuel. Aqu no ha pasado nada. No tienes nada que ver en esto.
Salvo que me usaste, desgraciada.
-Pero...
-No hay nada que decir, andate.
Se visti de mala gana. Es degradante sentirse herramienta, arma. 
Pero las herramientas ni las armas hablan. As que se puso en silencio su nuevo zapato deportivo, sus pantalones y su remera, y sali. Las serpientes de la pantalla pasaban indiferentes y disciplinadas. Baj por el ascensor convencido de que no dejaba las alturas de ningn paraso, sino el purgatorio de alguien o de algo. Camin por calles desconocidas y silenciosas, con grandes mansiones recogidas sobre s mismas, con autos encerrados entre hierros slidos y cerraduras infalibles, casas refugiadas tras sus rejas patrulladas por musculosos perros Doberman con cara de diablo. Ms que casas de jardines cuidados y fachada elegante, fortalezas defendidas por hierros y espirales de alambres cortantes, y acaso ojos electrnicos y alarmas sensibles listas a ladrar su alarma. Qu pas. Qu ciudad. Cuando lleg a su refugio, sinti que solamente la mquina de escribir le dara una salida a su confusin y anonadamiento. Tecle sin descanso, salindose del monotema de Magdalena y recorriendo toda la geografa de lo que estaba ocurriendo. Escribi hasta el amanecer. Lo haba anotado, relatado todo. Lo que le sucedi y lo que sospech detrs de los hechos. El telfono celular que traa un reproche, una acusacin, una amenaza, y la furia de Elena que se calm con ese orgasmo en el que l funcion como un vibrador humano. Cuando el sueo lo venci y el da amaneca, ya no se senta tan plenamente persona.



Ocho
Los gritos de a Juana, que le traa el desayuno, le arranc de su sueo pesado. Sali a recibir el plato con la consabida empanada, el pan y el jarro de mate cocido. Pag como lo vena haciendo para satisfaccin de a Juana. Pero la anciana no se iba, y su cara arrugada de gnomo viejo y pcaro demostraba que se mora por hablar. Finalmente, entr en materia, mientras l desechaba la empanada y beba el mate cocido caliente, all, al pie del tabln resbaladizo.
-Vos tens contrarios, don Manuel?
-No entiendo, a Juana.
Pero s entenda. Contrario, en el habla del pueblo, significaba adversario, enemigo, alguien que acecha, que tiene rencor, y para el rencor un pual o una pistola. Y el hombre no era totalmente hombre si no tena un contrario, un ofendido que buscaba desquite, un enemigo que buscara su perdicin o un agraviado que buscara su sangre. Si exista un personaje as y a Juana se haba enterado, la vieja se encontraba en su salsa, nadando como un pato feliz en una laguna de chismes.
-No, no tengo contrarios.
-S, tens, esta maana me coment Maciel.
Maciel. Lo conoca. Pero era slo Maciel porque no se saba su nombre. Viva sin compaa alguna en una casa pequea, de ladrillos desnudos unidos por tierra roja. Nadie saba en qu trabajaba, mas nunca le faltaba nada. Era ya viejo, muy flaco, erguido y fibroso, con ojos profundos de enfermo terminal hundido en las cuencas, enfundado en ropas de trabajo, gastadas y limpias. En torno a su persona se forjaban leyendas tenebrosas. Dorma todo el da y despertaba de noche. Y decan que en la noche nunca quedaba quieto. Rondaba por los senderos y las callejas. 
Conoca de memoria la geografa de los barrancos y de las zanjas y se manejaba en la oscuridad con la comodidad de un gato, cruzando patios, senderos y pasillos con pies de terciopelo. Su extraa conducta provocaba murmuraciones y conjeturas. Pyrag, decan algunos considerando sus exploraciones nocturnas. Pero el adjetivo se discuta. Ya no existen pyrags, ahora te persiguen los jueces porque estamos en democracia, decan los ms entendidos. Entonces se entraba en el terreno de lo esotrico. Maciel tena tratos con el diablo, o guiaba a las almas en pena para que reconocieran la casa que haban dejado. Todo era aplicable al hombre callado, que no tena amigos, y slo se comunicaba con a Juana, que cocinaba bien para l y le cobraba poco, con la secreta esperanza de que le revelara el sitio de un plata ybygy olvidado por sus centinelas fantasmas.
-Qu te coment Maciel?
-Que dos tipos rondaban anoche y miraban tu casa. 
-Siempre hay tipos rondando de noche. Borrachos que no encuentran su camino o ladrones buscando qu robar.
-Pero no eran tipos del bajo. Estaban trajeados. Eran de arriba. 
Ests metido en poltica?
-No.
-Pero pescaban por vos.
Le vigilaban. Dos hombres con traje. Raro. En estos tiempos slo vestan traje los polticos y sus guardaespaldas. Y choferes de autos oficiales. Y matones. Sinti un escalofro. Elena no era solamente una escritora ambiciosa. Elena era tambin sexo, lujo, BMW y dinero. El centro de alguna vorgine oscura, de poder y de abuso, que ahora vienen juntos. 
Lo malo era que l tambin estaba en la vorgine, y lo que menos quera eran problemas. As que se acab el contrato con Elena. Se acab Magdalena. Tena un poco de dinero y el lunes se mudara arriba, a una pensin modesta, y quizs tuviera mejor suerte en encontrar trabajo. No sali en todo ese da sbado de su refugio. Si era una presa, hara lo que hacen las presas inteligentes. No salen al descubierto. Amaneci el domingo que sera un da demasiado largo para seguir encerrado. a Mara no trabajaba los domingos e ir a almorzar al San Roque no sera peligroso, y quizs los matones tambin gozaran del derecho al descanso dominical o iban a la iglesia. Esper el filo del medio da y no sin cierta prevencin, se encamin al centro, saliendo del bajo, cruzando Sebastin Gaboto y las vas. La Avenida Espaa haca una curva en Tacuary y apenas sala de la curva, divis a los dos sujetos de traje y corbata, y ellos supieron que l les haba visto y si presuman que le temblaban las piernas, estaran acertados. Tipos robustos, como profesores de karate, y uno era blanco y calvo y el otro moreno peloduro y pareca un cacique que eligi la civilizacin. Se acercaron amablemente, con amabilidad de vboras de reptar suave. Poda correr pero las piernas eran gelatina. 
Esper lo inevitable.
-Hola, socio -dijo el cacique-. Adnde vamos? 
-Yo voy al San Roque -musit.
-Qu bien, vamos los tres al San Roque.
Camin al San Roque, con un matn a babor y otro a estribor, y record aquella pelcula del condenado a muerte que con cadenas en los pies, iba rumbo a la silla elctrica.
Eligieron una mesa aislada. Eran amables, sonrientes. El pelado sac una pequea grabadora, presion botn rojo y coloc el aparato sobre la mesa. No hablaban mucho. El pelado tena la iniciativa. Extrajo de los bolsillos interiores un gran sobre de papel madera y lo deposit sobre el mantel.
-Lecay quiere que mires un poco esto -le dijo.
Obediente, Manuel abri el sobre. Fotografas en colores. Todas de Elena, pero una Elena distinta. Elena posando en traje de bao, perfecta, 90, 60, 90 y blanca, en minsculo bikini, sin sostn pero ocultando los pechos con las manos, en pcaro gesto de falso pudor. Fotografas profesionales, de estudio. Elena desfilando en una pasarela con vestidos de novia, con ropa interior transparente que hasta dejaba entrever el vello pbico. Elena era una modelo.
-Conocs a la seorita?
Decidi decir la verdad, toda la verdad nada ms que la verdad, menos la aventura del departamento, si ya no la conocan.
-Es la seorita Elena, la escritora. Ella me contrat.
-Te contrat. Para qu? Para su dactilgrafo? -era nuevamente el cacique.
-No. Yo vivo en el bajo. En el bajo hay mucha miseria. Yo apunto las miserias para Elena y ella las pone en una novela que est escribiendo.
El pelado acomod mejor la grabadora frente a Manuel.
-Ella te paga bien?
-No me quejo, es generosa.
-Generosa con el dinero. Con qu ms? -preguntaba el pelado. 
-Slo me da dinero.
-Cogiste con ella? -el cacique le clavaba sus ojos achinados.
-No. Eso no. Esas fotos me sorprenden. Es una seorita muy derecha -afirm con falsa seguridad.
-Pero una perra en celo en la cama, no?
-No s como ser en la cama. Ni me interesa. Slo trabajo para ella.
-Sos marica?
Estuvo a punto de confesarse homosexual, que aventara toda sospecha. 
Pero un resto de rebelda y vergenza le oblig a decir la verdad.
-No, soy normal.
-Y se citan aqu -coment el pelado.
-S, los lunes y viernes. Yo le traigo mis apuntes.
-Qu dicen los apuntes? -pregunt el cacique.
-Le cuento cmo vive la gente.
-Cmo vive la gente? -era el pelado.
-De donde vengo, como perros.
-No veo para qu se interesa ella en la vida de perros -coment amistosamente el cacique.
-Ya le dije, escribe una novela. De una paloma azul que vuela sobre la tierra y ve abajo la vida de perros.
-Palomas y perros, mir un poco, che -le dijo el pelado al cacique.
-Es cosa de artistas, mi cuate. Los artistas son extraos -respondi el amigo.
Manuel saba que la falsa camaradera de los dos ocultaba algo infinitamente ms peligroso que una charla [de] buenos amigos tomando caf.
-Le informs sobre alguna persona en especial? -el cacique era ms insistente en el interrogatorio.
Decidi heroicamente proteger a Magdalena. Para desgracias bastaba su pierna quebrada. No la metera en mayores los y problemas.
-No, sobre todos en general.
-Por qu un tipo educado como vos vive en ese agujero?
No le cost mucho relatar el proceso de su cada. Quizs produjera compasin en los dos gorilas y le mataban sin sufrimiento.
-Parece que dice la verdad -dijo el cacique al pelado.
-Eso lo decide el Lecay -respondi el pelado. Luego, dirigindose a Manuel-. Tus documentos.
-Qu?
-Prestame tus documentos.
-Prestar?
-Seguro que te devolvemos.
Entreg su cdula y su libreta de baja militar de no apto para el servicio, hijo nico de madre viuda, y mentalmente se despidi de ellas. 
Extraamente, sin sus documentos se sinti desnudo, desaparecido. Uno es cuando tiene documentos. Cuando no los tiene deja de ser. Poda caer muerto y slo sera un cadver, no una persona muerta. El pelado se las guard en los bolsillos. Apagaron la grabadora y se levantaron para irse.
-No se te ocurra mudarte de tu agujero -dijo el cacique.
-Es que yo pensaba...
-No pienses ms, que da dolor de cabeza. Y maana es lunes. Qu tens que hacer el lunes?
-Nada.
-Mentira. Tens que traerle los apuntes a la seorita Elena. No faltes.
Se fueron con sus pasos desganados y el corazn de Manuel empez a normalizarse. Era notorio que no saban lo del departamento. Y por consiguiente, Lecay tampoco sabra, a no ser que tuviera un video grabador en el dormitorio, como en las pelculas. Elena, modelo, vaya novedad. O ex modelo con un departamento y un coche. La historia se estaba volviendo vulgar. Solo que le haba costado sus documentos, y posiblemente  mucho ms si se mudaba del agujero. Record al mozo, al de la gota que tena la misma dolencia del doctor Francia. No tires piedras al avispero. Imbcil, se dijo, las has tirado, y aqu estn las avispas, que se llevaron mis documentos y mi identidad.
El da siguiente, lunes, desde que despert, se debati en la incertidumbre. No tena el menor deseo de concurrir por la tarde a su cita con Elena en el San Roque. Pero los gorilas contaban con que acudiera. Es ms, le amenazaban acaso porque queran certificar la inocencia de sus relaciones con la mujer. En semejante emergencia, tena que actuar con inteligencia. O slo actuar, porque no tena papel alguno que entregar a Elena, y deba hacerlo para demostrar que su rutina de simple informante era veraz. Tecle en la mquina de escribir una larga serie de incoherencias sobre la vecindad de su barrio marginal, incluso las misteriosas andanzas nocturnas de Maciel, las murmuraciones sobre sus costumbres nocturnas y sus contactos fantasmales, pero evit mencionar a Magdalena, por si acaso el papel fuera examinado en otras instancias y Magdalena debera quedar fuera de todo. Logr llenar una carilla, incluyendo a a Juana y su fbrica de chismes y la madre enloquecida de un beb robado, y de paso, mencionando de nuevo a Rosa, la prostituta que le pidi fuera su hombre y su respeto, y el episodio de la mujer aquella, la que no quiso el sexto hijo y muri abortando. Esta vez, Elena se quedara sin Magdalena pero tendra material para conocer mejor el paisaje humano que rodeaba a Magdalena. Cuando lleg la hora de la cita meti el papel mecanografiado entre las hojas del cuaderno de notas y se encamin al San Roque. Como siempre, Elena an no haba llegado y rog que no llegara, que hubiera renunciado a su ambicin de novelista y se atuviera a sus otros deberes. El mozo gotoso segua ausente. Pero Elena lleg con el uniforme acostumbrado. Salud y se sent en su mesa despus de posar su bolsn en la consabida silla. Manuel advirti un sutil cambio de expresin. El entusiasmo por los apuntes haba cedido y daba lugar a una tensin facial de persona alerta. Quizs tambin ella estaba actuando y demostrando que todo se reduca a un contacto comercial. Hasta olvid pedir su bebida verde.
-Trajiste los apuntes? -pregunt.
Manuel le entreg el papel que ella no ley, pero simul leer con suma atencin.
-Simula que me discutes -susurr ella.
-No entiendo...
-Simula que me discutes -repiti ella trazando rayas y cruces en el papel mecanografiado con la pluma Parker.
Manuel comprendi. Los estaban vigilando, quizs filmando con una mira telescpica y un micrfono de los que se ven en las pelculas de espas. No, eso era ya demasiado fantstico. Pero alguien estara mirando y tenan que actuar. Discuti, gesticul y hasta se puso violento sintindose ridculo y grotesco. Sin embargo, en medio de la comedia, se atrevi a mencionar la bondadosa intervencin de los dos gorilas.
-Los conozco -dijo Elena.
-Fuiste modelo, Elena?
-Qu carajo te importa?
-Est bien, no me importa. Pero por lo menos decime si tu arranque de escritora termin, nuestro contrato tambin y aqu se acaba todo. Me gustara que terminara todo. Nos damos un apretn de manos para beneficio del que est mirando y me voy. Fin de la pelcula.
-Ests loco? Mi novela contina y parece que no ests enterado. Tus apuntes de hoy son toda basura. No hay nada de Magdalena.
-No la vi esta semana.
-Espero que el viernes me traigas algo.
-S, s, el viernes. De modo que esto sigue.
-Sigue por dos razones. La primera, que no hay fuerza en el mundo capaz de que yo renuncie a ser algo ms que... ya te habrs dado cuenta. Y la segunda, que si interrumpimos esto despus de la intervencin de los dos gorilas, como dices, habr sospechas. Todava tienes dinero?
-S, algo.
De todos modos, Elena extrajo la chequera, llen un formulario, ahora por una suma ms pequea que la anterior y se la entreg, no supo Manuel si para beneficio del incgnito observador o por el genuino inters de seguir pagando sus servicios.
-Quiero ms de Magdalena -dijo tajante.
-Est bien -contest, resignado.
Todo continuara igual. Seguira clavado en su agujero, seguira llenando papeles, hurgando en la vida de Magdalena, contando sus verdades y sus mentiras, y deba cuidarse de otro ataque de furia de Elena que terminara en un coito animal. Manuel sinti el desaliento del penado a quien le niegan libertad bajo fianza. Al fin, Elena recogi sus pertenencias y se march. Paloma azul, vaya, no era tan libre al fin, tema a los cazadores y no poda ocultarlo. l iba a marcharse tambin cuando como de la nada se corporizaron el cacique y el pelado, que se sentaron en la mesa.
-De qu hablaron? -quiso saber el pelado.
-Ya lo habrn visto, le entregu mi informe.
-Vimos, pero no omos. De qu hablaron?
-De un sujeto que se llama Maciel y de una callejera que busca un caficho y todo eso. Para su novela.
-Quin es Maciel?
-Un sujeto medio persona y medio pombero.
-No te burles, pendejo -dijo enojado el pelado.
-No me burlo. Maciel es as. Duerme de da y vagabundea de noche. A Elena le gusta ese tipo de sujetos para su novela.
Los dos lo examinaron atentamente. Por fin, el cacique decidi.
-Ahora nos vamos -dijo. 
-Que les vaya bien.
-Nos vamos los tres.
-No, ya basta, seores, me niego a ir donde no s ni para qu. No comet ningn delito. Adems, quiero mis documentos.
Los dos hombres consultaron entre s.
-Dice que se niega el hombrecito y que quiere sus documentos -dijo el indio con aire desconsolado.
-Est en su derecho. Estamos en democracia -respondi el pelado con inusitado fervor cvico.
-Claro, l puede decidir lo que quiera -apunt modosamente el cacique.
-Solo que hacer lo que quiere puede ser perjudicial para la salud -dijo solidariamente el pelado.
-Un brazo quebrado duele bastante. Y ya no podr escribir por algn tiempo. Sera una lstima. La seorita Elena se quedar sin sus apuntes -se lament el cacique.
-Lstima -el pelado pareca a punto de llorar de pena.
-Creo que voy a acompaarlos -se rindi Manuel.
Abordaron un feo y viejo Ford Corcel brasileo. El pelado hablaba de ftbol, el indio quera hablar de mujeres, pero el otro volva al ftbol. 
Parecan dos adolescentes despreocupados. Salieron velozmente de la ciudad y enfilaron por la ruta Transchaco, hacia el puente Remanso. Pero antes de llegar al puente, tomaron por un camino vecinal que corra paralelo al ro, finamente asfaltado hasta alcanzar un pesado portn que se abri solo, como si el Ford Corcel fuera un viejo amigo bienvenido. Pas el coche y el portn volvi a cerrarse sin humana intervencin visible. 
Transitaron por un parque arbolado que para parque era pequeo y para jardn grande, iluminado por amarillas y brillantes luces de mercurio. El coche se detuvo frente a una mansin enorme, de tejas rojas y oculta en medio de un follaje verde, azul y rojo, delirio de un arquitecto paisajista. Y ms all de la casa se vea el ro, cruzado por el resplandor de la luna.
-Esper en el auto -le dijeron y descendieron los dos, que entraron en la casa, saludando a un guardia armado que tena terciada un arma que pareca como de la Guerra de las Galaxias. No tena el menor deseo de bajarse del auto, porque as le ordenaron en primer lugar, y luego, porque dos poderosos perros pastores alemanes lo miraban fijamente, como esperando que saliera del coche para comrselo. Haba a un costado de la casa un Mercedes estacionado, dos grandes cuatro por cuatro japoneses y una camioneta rural, todos con las chapas oficiales y el mismo nmero romano. Pero ms all, un estacionamiento de piso empedrado contena como diez vehculos. Choferes y guardaespaldas tomaban terer en plena noche y charlaban en voz baja, reunidos bajo una espesa planta de mango, y aunque la casa estaba silenciosa, de alguna parte, tal vez de un quincho, llegaba un olor de asado y el rumor de conversaciones. Una cena de amigos. De grandes amigotes. Aplaudi mentalmente a Elena, que haba pescado un pez gordo con cuatro chapas romanas y con aquella antena parablica sobre una torre que escudriaba el cielo.
Se mora de aburrimiento y de miedo. Pasaron los minutos, una hora. 
Los perros se haban marchado, atrados por el olor de carne asada y nada le impeda descender del coche y marcharse. Pero estaba el portn que reconoca a amigos, enemigos y extraos, y l no tena relacin alguna con el portn, de modo que no se abrira. Estaba prisionero, reconoci con desconsuelo cuando apareci el cacique con un vaso de whisky en la mano.
-Bajate. Te vamos a servir la cena, socio -le dijo y abri la portezuela.
Sigui mansamente al hombre, pero no fueron al quincho, ni a ningn comedor, sino a la cocina, donde una cocinera canosa y cordial que pareca un hada madrina que envejeciera, le sirvi una cena abundante de tosco arroz con pollo. Cena de servidumbre, pero sabrosa. Le ofreci cerveza que rechaz y pidi una gaseosa que apareci como por ensalmo. 
Termin de comer. No tena reloj y calculaba que ya estaba pasando la medianoche. Al rumor de la fiesta se sum el sonido lleno de soplidos de bronce y tun tun de guitarrones de un mariachi, con un cantor que proclamaba que con dinero y sin dinero yo soy el Rey. La cocinera se fue y le dej solo en la inmensa cocina, esperando no saba qu. Pero s, de pronto lo supo, no por qu sino para qu. Desde el principio, le estaban humillando. Una humillacin programada que inclua espera, miedo, incertidumbre. El Poder mostrando su poder, y l era el ratn en la jaula. 
Se hubiera sentido ms tranquilo si los dos gorilas le trataran a puntapis y puetazos, como corresponda. Pero estos dos son gentiles, me dan de comer, me hacen esperar lo inesperado. Y lo inesperado le pareca ms amenazador, oculto detrs de la falsa amabilidad. Tortura sicolgica, haba ledo en alguna parte.
Ya podra estar amaneciendo cuando la msica ces, arrancaron los autos y las luces de los faros barrieron los cristales de la ventanuca de la cocina. Asom la nariz en una tragaluz con rejas y reconoci fugazmente a los que se marchaban de la fiesta. Lleg a ver al Gran Consejero Poltico con cara de mueco, especie de Rasputn nativo. El sabio senador que analizaba todo con voz nasal y era famoso porque nunca se decida por nada; su colega locuaz que recitaba a Elvio Romero entre sus argumentos oratorios, ubicuo husped de las carpas ms clidas. El calvo y flaco de mirada de guila, acusadora como la de Fouch, su obvio modelo; el sanguneo y temperamental diputado que en sesin solemne haba amartillado su revlver en la nariz de un despavorido colega, y otros que no alcanz a reconocer, pero saba que era la Nomenklatura, la nueva clase florecida del infierno de la patotera poltica. El aquelarre del Poder, se dijo. 
Manuel, abandonando su atalaya, extraado de no haber visto un General o un Almirante de ro de uniformes resplandecientes y panza complacida, pero que bien podan haber estado tambin, pero de civil, como aconseja la prudencia en estos tiempos democrticos. No crea que podra haber visto un obispo, pero poda ser, y un alto Juez de la Corte, de los que zumbaban en torno a las mieles de la poltica. Un poco despus reapareci el cacique, ruboroso y con los ojos vidriosos del borracho bien controlado.
-Lecay quiere hablar contigo. Ven.
Sigui al hombre. Subi una ancha escalera y entraron en un gran dormitorio, parecido al de Elena, pero el delirio cromtico aqu no era rojo, sino azul.
-Esper -dijo el hombre y se march cerrando la puerta.
Esper. Mas all del dormitorio haba un cuarto de bao, y de all sala el sonido de la ducha, y vapor. Lecay se estaba baando. l deba esperar. Pero poco, porque pronto sali envuelto en una bata de bao, de suave tejido de toalla, y secndose los escasos cabellos con otra. Gordo y con cara de viejo querubn. Lo reconoci de inmediato. El senador Garelli. 
Apareca mucho en la televisin y en los diarios. Era famoso, no por ser brillante sino por ser irremediablemente opaco, pero como era costumbre, su mediocridad se disimulaba en homenaje a su poder financiero. La democracia tena sus reglas de juego algo inslitas, pero eso no le concerna. Gustaba el senador organizar concursos de belleza y desfiles de modelos, y en un semanario humorstico que tuviera mucha circulacin pero dej de circular cuando hizo un chiste indebido sobre el personaje indebido, haba sugerido como de su costumbre cierta forma de masturbacin visual, y era inmensamente rico, tan rico, que la poltica era su deporte y su senadura el punto culminante, por el momento, no de su carrera poltica sino de su poder financiero. Del que tiene dinero, suenan bien hasta los pedos, record Manuel una de las muchas sentencias del buen escribano arruinado. Se sent en la cama y no le invit a sentarse en ninguna parte. Otra vez la humillacin. 
-Te trataron bien, mi hijo? -su voz era suave, amable.
-S, seor. Hasta me dieron de cenar. Le agradezco. Pero no s qu estoy haciendo aqu.
-Tenemos algo en comn, Elena. Dejame que te cuente de Elena. Yo soy su Pigmalin. Pigmalin fue un tipo que recogi una costuretita en la calle y la convirti en una dama.
Manuel no estaba muy seguro de conocer de esa manera la historia de Pigmalin, pero si el otro le dijera que Mara Antonieta fue reina de la Patagonia, tambin lo aceptara.
-Elena era modelo. La habrs visto en las fotografas. Buena chica, modelaba y estudiaba no s cuantas estupideces en la Facultad de Filosofa. Lea como loca y soaba con ser escritora. No poda, no le daba el cuero. Yo le doy la oportunidad. Le financi su primer libro con mucho champaa en el lanzamiento, y cmaras de televisin. Me resulta caro, pero me gusta. Es as de sencillo. Entends?
-S, seor.
-No. No entends. Soy un hombre viejo, un pobre hombre viejo -pareca que iba a echarse a llorar-, Elena es mi consuelo. Para m vale mucho. Y el que se mete con Elena corre cierto peligro. Vos sos joven y basta ser joven y pijudo para conseguirse todas las chicas que uno quiera. A m me cuesta.
-Yo no me meto con Elena, seor. Slo trabajo para ella.
-As me dijeron los muchachos. Y quiero creerlo. Los muchachos no te creen y hasta quieren castrarte. Qu brbaro, hijo, imaginate castrado. 
Gordo y con una de voz de soprano -ri estrepitosamente de su chiste.
-Le aseguro que no hay nada que no sea el trabajo que me dio, pero le juro que desde maana... no ms Elena.
-No. De ninguna manera. Vas a seguir haciendo exactamente lo mismo que venas haciendo. Supongo que ella cree que tus informes son importantes y que est escribiendo su gran novela. Basura. Una ilusin de cabecita hueca, pero la mantiene ocupada y eso para m es importante. 
Supongo que nos entendemos. 
-No del todo, seor. Usted me habl de peligro. Me aterroriza el peligro. Soy un completo cobarde, y prefiero apartarme del asunto. Hay envidiosos que informan mal... que interpretan mal una relacin y...
-Portate bien y no pasa nada. Y no hay discusin al respecto.
-Est bien. Usted manda. Pero con el debido respeto, usted se equivoca. Elena no es una cabecita hueca, tiene talento.
-No me hagas rer. Talento! Ten cuidado. Relacin comercial. No te me enamores del talento.
-Los hombres no se enamoran del talento femenino. Le huyen.
-Es as?
-Es as.
-Interesante. Y ya estamos de acuerdo. Segu con los informes a Elena. Y tambin me vas a informar a m.
-Informar de qu?
-De qu va a ser? De Elena. Ya te ganaste su confianza. Quiero conocer lo que piensa, en que anda, si alguien le anda rondando, todo eso. 
Por escrito. Aqu.
Manuel sinti una pizca de rebelin. Informante de Elena, no estaba mal ni era inmoral, pero espiar a la querida de un gordo baboso... un destello de dignidad herida brillaba en el fondo del oscuro tnel de su miedo.
-Creo que usted abusa de mi sinceridad, seor -dijo sinceridad pero debi decir miedo.
-No. No abuso -suspir con paciencia el senador-, te hago un favor. 
No pods negarte. Verdad que no pods negarte? -Su tono era casi una splica. Seda envolviendo la amenaza.
Se levant de la cama. Llam Escobar! y apareci el cacique, que todo el tiempo estara haciendo de centinela al otro lado de la puerta.
-El seor se va, acompaalo. 
-Seor, mis documentos...
-Qu documentos?
No le dijo adis ni hasta luego ni le dio la mano. Los servidores deben ser as, aparecen y se esfuman sin protocolo alguno. El Poder convierten a las personas en cosas. Iba recogiendo experiencias. Elena le haba convertido en vibrador, el senador en grabador. Se pregunt en qu pensaba convertirlo Magdalena.
Salieron de la casa, a pleno sol de la maana. Manuel se encamin al Ford Corcel.
-Adnde vas, socio?
-El jefe te dijo que me lleves.
-No, slo dijo que te acompae -y te acompao.
Le tom del brazo, con manos como tenazas y se dirigieron caminando al portn, que reconoci al cacique y se abri con un chirrido. Sali l y el portn volvi a cerrarse, dejndolo en el solitario camino. 
Humillacin. sa era la palabra.



Nueve
Viernes. Lleg a las tres de la tarde al tugurio de Magdalena. Ella estaba sola, y aburrida, hojeaba un arruinado ejemplar de la revista Hola, sentada en el divn y la pierna rgida apoyada en una silla. El yeso de su pierna se haba cubierto de roa, pero ella se daba maa para permanecer limpia y oliendo a jabn de coco. Vesta la lujuriosa vieja bata de la difunta a Petrona.
-Tens una cara que te pas algo -observ agudamente.
-La cara que tengo es de que me pas mucho -respondi Manuel.
Y le cont su aventura, detalle por detalle, menos la fugaz y tormentosa agresin sexual de Elena. Por alguna oscura razn, presuma que el episodio lastimara a Magdalena. Aunque las mujeres se niegan a acostarse con uno, se ofenden cuando uno se acuesta con otra. Vayan las cosas que iba aprendiendo. Cuando termin su relato. Magdalena pareca preocupada.
-Te metiste en un lo, parece.
-No parece, es.
-Qu vas a hacer?
-sa no es la pregunta correcta. La pregunta correcta es cmo me salgo de esto.
-Te mets en un pozo y no sals ms de all. Pero no pods, no sos un sapo. Sos un hombre en una ciudad pequea de un pas chiquito. Y los caciques y los pelados saben encontrar a la gente. Tens que seguir.
-Claro. Te interesa que siga. Es tambin tu negocio.
-Te pods ir a la puta que te pari.
Estaba genuinamente ofendida. Su cara se haba puesto roja y su boca se apretaba con furia. Haba herido sus sentimientos atribuyndole un inters mercenario. En alguna parte de aquel espritu castigado haba un resto de dignidad. Pidi perdn. La mujer vacil. Despus sonri. Perdon y hasta se volvi ms femenina.
-Ven. Sentate a mi lado -invit, palmeando el divn.
Manuel se sent a su lado, en el divn estrecho. No era la primera vez que haba un contacto fsico tan directo. Lo haba tenido cuando la cargaba desde el taxi a su casa. Pero aquella vez era una mujer herida. 
Ahora es una mujer tierna, pens. Percibi la tibieza de su cuerpo y la redondez de su cadera en la suya. Empez a tener una ereccin y apret los muslos para que no se notara.
-Parece que tengo un hijo que se meti en los -dijo, riendo.
-Hijo?
-Tengo la costumbre de sentirme mam de los desamparados -segua riendo-. Mir, Manuel, las cosas no suceden como uno quiere. Suceden y tens que amoldarte. A veces salen mal y a veces salen bien. Hay que reconocer eso y procurar salir bien.
Manuel se senta incapaz de aceptar el papel de hijo desconsolado que le estaba adjudicando Magdalena para endilgarle sus consejos maternales. 
En su ereccin creciente la ternura filial estaba tan lejos como Marte. 
Debajo de la bata, los entrevistos pechos de Magdalena, rotundos como dos melones pecosos, le hipnotizaban. Perdi el control de sus manos que empezaron a explorar bajo la bata la redondez de los pechos. Magdalena, sorprendida, enrojeci, jade con la caricia inesperada, pero aferr la mano de Manuel y la apart con suavidad.
-Ahora no podemos, Manuel.
No lo rechazaba con un empujn ni con una bofetada. Deca que ahora no se poda. Por el yeso, por delicadeza. Y eso significaba una promesa.
-Mejor que te vayas, Manuel.
-S, tens razn.
Se levant, y al ponerse de pie, Magdalena not el poderoso bulto de su ereccin. Su cara se encendi.
-Acercate, pap -susurr, excitada.
Le atrajo a ella. El miembro agresivo a la altura de su cara. Sus dedos presurosos corrieron el cierre de la bragueta y asom el miembro duro, casi granate, que se introdujo como en un tibio nido, en la boca de Magdalena.
La gran flauta, las cosas que me estn pasando. No fuimos precisamente Clinton y Mnica Lewinsky en la Casa Blanca, pero ahora ya conozco el vicio de Clinton, es placentero, reflexionaba Manuel, que se encaminaba a su refugio, a recoger sus papeles antes de concurrir a su cita de los viernes con Elena. El camino era largo, y deba cruzar pasadizos y hasta someros patios cercados por zunchos metlicos, desperdicios de algn contenedor de pino y usando para su beneficio un tcito derecho de paso que funcionaba porque el aniamiento de las viviendas borraba los senderos. Eran horas de trabajo y arriba, la ciudad se preparaba para sus viernes de soltero, en el que se desatara la bacanal motorizada y alcohlica de la juventud, promesa del maana. Por el vecindario apiado que recorra, haba una ausencia casi total de mujeres y nios, que estaran cosechando monedas en la ciudad, y presencia total de hombres, algunos borrachos solitarios que se mecan con la caa y con la hamaca, en armoniosa conjuncin hedonista, otros en grupo que jugaban a las cartas, beban cerveza e iban madurando furias que resultaran en apualados sangrantes en la madrugada de los Primeros Auxilios, y ms all otros grupo de hombres que formaban equipos y jugaban voley en una canchita barrosa, con un cajn de cerveza como premio. Se cruz con la loca de la mueca en brazos y hasta divis a lo lejos, en una altura, la casa de ladrillos de Maciel, cerrada y solitaria. Segn la costumbre, las mujeres que no se dedicaban a prostituirse volveran cerca de la medianoche a amamantar a sus hijos y a alimentar a sus hombres, y los hombres tomaran la posta, subiran a la ciudad a cuidar coches, a desplumar borrachos y apoderarse con ligereza o brutalidad de todo cuanto estuviera al alcance, una rueda de auxilio o un bolsn descuidado en un supermercado o una parada de taxis. Cuando lleg a su refugio el tabln de entrada estaba ocupado. Un hombre ya maduro, con grandes manos de herrero que interpretaban una danza manual-ritual de borracho que aparta inexistentes moscas de la cara y maldeca en voz baja estaba sentado en el tabln, cerrndole el paso. Pidi paso cortsmente porque el hombre era robusto y por sus venas corra alcohol y odio al mismo tiempo, una combinacin frecuente y explosiva en el barrio marginal.
-Odio las mquinas -farfullaba el hombre.
-S, las mquinas son malvadas -decidi seguirle el juego, porque no haba otro remedio, y quera pasar lo ms rpido posible.
-Usted tambin es vctima de las mquinas? 
-Me trituraron el pie.
-A m me trituran la vida, carajo.
Por ms de media hora, Manuel tuvo que escuchar el drama del hombre triturado por la mquina. Era un monstruo japons, la mquina. Los japoneses fabrican cosas que hacen el trabajo de los hombres y los hombres son despedidos. l haba empezado de aprendiz, de nio, y dedic toda su vida a ser el mejor laminador de chapas. Nunca se equivoc ni por un milmetro. Jams. Maestro laminador, era l. No haba otro mejor que l. Y era tan bueno que el patrn se iba a tomar terer y l se quedaba a laminar. Converta el metal en poesa. Pero despus el patrn trajo la mquina. Vino embalada en un gran cajn de pino, desde el Japn. Al Japn le tiraron la bomba atmica y el Japn se venga tirando su tecnologa sobre la humanidad. Y la maldita mquina laminaba mejor y ms rpido que l. Se tragaba por un lado la chapa. Masticaba y escupa la lmina por el otro lado. El patrn no era malo, pero l ya estaba de ms. Le pag indemnizacin, aguinaldo, aviso previo y todo, y lo ech a la calle, con dinero. Pero l no necesitaba el maldito dinero, que se acab pronto, necesitaba trabajo porque l tambin se haba convertido en una mquina que si no trabajaba se enmoheca. No poda aprender otra cosa a los cincuenta aos. Las ltimas palabras de su relato se hundieron en un pesado sueo de ebrio, rod sobre el tabln y cay a la zanja, donde sigui durmiendo.
Entr por fin a su refugio y se sent frente a la mquina de escribir, percibi que no tena nada que anotar para Elena, aunque s para su archivo, especialmente la inesperada sexualidad oral de Magdalena, que poda tener muchas razones, la primera que Magdalena era una mujer joven y sana, y nada virtuosa, se sinti excitada y eligi el procedimiento ms adecuado, dada su condicin de lisiada temporaria. La segunda que Magdalena, por gratitud, se senta obligada a darle la satisfaccin de un orgasmo, y la tercera, una combinacin de ambas cosas. Lo real era que haba descubierto una nueva Magdalena, vital, violenta y muy femenina, que no la diferenciaba mucho de Elena. Ambas eran mujeres jvenes, y el sexo una manera natural de expresarse.
Para variar, cuando lleg al San Roque, Elena le estaba esperando a l, y el mozo enfermo de los pies ya trabajaba, recuperado, aunque todava cojeaba un poco. Elena tena frente a s su invariable bebida verde, y desde alguna oculta atalaya, dos pares de ojos, del cacique y el pelado, estaran registrando todo. Salud, se sent y le entreg a Elena una carilla en blanco.
-Esto es un chiste, Manuel?
-No. Te entrego el papel para beneficio del que est mirando desde alguna parte. No pas nada con Magdalena. El barrio no cambi, con su misma gente chapaleando en el barro. Hay uno que qued dormido en la zanja. Lo que ocurre, es que me pas de todo a m, y no lo puedo poner por escrito.
Y como le haba contado todo a Magdalena, cont todo a Elena. Si su madre estuviera viva, tambin le hubiera contado todo a ella. 
Definitivamente, las mujeres llevaban el control de su vida y los poderosos el control de sus miedos. Para s mismo quedaba poco, se dijo con desconsuelo. En la medida en que avanzaba en su relato, sin omitir por un perverso placer lo de Pigmalin ni lo de cabecita hueca ni su nueva obligacin de informar por escrito al Lecay las andanzas de su amada, Elena palideca y se sonrojaba al mismo tiempo, notoriamente iracunda, tanto, que Manuel rog mentalmente de que se le ocurriera ejercer otra venganza en su departamento.
-Qu vamos a hacer, Elena?
-Conocs al senador Garelli?
-Por la televisin y los diarios. No se me escapa que es un hombre poderoso.
Hablando en voz queda, controlada, pero llena de malicia y perversidad de mujer herida, Elena descarg su rencor. La paloma azul tambin tena garras. Le hizo una breve sntesis de la vida y milagros del senador Garelli. Hijo de otro Garelli, industrial que muri riqusimo y con un solo heredero. Sobre el Garelli padre, circulaba la leyenda de que haba comenzado como contador y hombre de confianza de un prspero industrial francs, misgino, solitario y excntrico, soltern y austero, que enferm de muerte y cuando agonizaba y deliraba, el comedido contador sac una hermana suya de la galera, trajo un Juez de Paz complaciente y cas a su hermana con el agonizante, que firm el acta posiblemente creyendo en su delirio que estaba firmando una nota de remisin de una carretada de mercancas. La recin casada hered, fue a vivir a Suiza y el generoso hermano se qued con todo. Escribi un libro, tuvo un hijo, el actual senador Garelli, y no hay constancia de que haya plantado un rbol. Al terminar su relato, Elena suspir con satisfaccin y Manuel aadi al torbellino de experiencias que estaba recogiendo, una nueva. Cudate de la mujer ofendida. Se vuelven vboras. Por aadidura, ocurra algo inslito. Los papeles haban cambiado. l no informaba a Elena sobre Magdalena, Elena informaba a Manuel sobre el senador Garelli. 
Pero quedaba entendido que l deba informar a Garelli sobre Elena. Esto va pareciendo un laberinto, se dijo Manuel, con la inesperada, secreta alegra de que la historia del Lecay, pasara a engrosar ya su grueso archivo personal. Y tena la impresin de que Elena saba que l registraba todo. De otra manera no se explicaba que le contara la historia de su amante protector, Mecenas o Pigmalin.
-Todo lo que dijo es cierto -confes al fin Elena-. Ya no quera ser modelo, ni una presentadora boba de la televisin, quera ser algo ms consistente. Pero sola no se puede. Mis padres se divorciaron cuando yo era nia. Pelearon por m, no para quedarse conmigo, sino para que el otro cargara conmigo, cort por lo sano y fui a vivir con una ta, que me ayud a ser modelo. 
-Y te convertiste en su muequita de lujo.
-l es mi recurso para ser lo que quiero. Cuando alcance mis objetivos, le doy una patada en el culo.
-Y vas a parar al Buen Pastor. El hombre tiene poder, vi a sus amigotes polticos que posiblemente sean tambin sus socios financieros o sus compinches. Te das cuenta, Elena? Tienes dos amarras, como yo. Poder y dinero. As de simple.
Se cuidaban los dos de hablar en tono informal, profesional. Instinto de conservacin. Si estaban vigilando veran dos personas adultas hablando sobre un trabajo. Lecay ya nos est condicionando.
-Dijiste como yo. Te sientes tambin atrapado.
-Qu te parece? Ya no tengo ni documentos. Soy un tipo que no existe metido en un lo que existe.
-Veo que somos socios, Manuel.
S, para tu novela.
-Y tambin para nuestras vidas. Compartimos algo ms que a Magdalena y sus padeceres. Nos compartimos a nosotros.
La paloma azul volaba bajo. Estaba pidiendo ayuda. Pero al sujeto inapropiado, yo, se deca Manuel. O acaso fuera otra cosa.
-Si ests pensando en un romance...
-No estoy pensando en un romance. Estoy pensando en una alianza.
-Para hacer qu?
-Ya se me ocurrir. Pero por el momento quiero que aprendas algo, Manuel. Estamos atrapados, dijiste. Cierto. Pero hay dos clases de atrapados. Los que se resignan y los que se rebelan. Qu es lo que nos presiona? El Poder. Qu tenemos nosotros? Inteligencia, mi hijito. 
Inteligencia.
Manuel qued pensativo. Elena no era una cabecita hueca. Reflexionaba como una intelectual. Una paloma azul cautiva, que saba que estaba cautiva y crea conocer la va de escape. Una cortesana intelectual, como antes, en las novelas del siglo pasado, en Pars, donde las prostitutas de lujo tenan salones y los caballeros, antes o despus de un revolcn sexual, o en vez, hablaban y discutan de arte o de filosofa con las Madamas y tomaban champaa y fumaban grandes habanos. Elena le descubra algo nuevo. La inteligencia contra el Poder. Palomas contra la tempestad. Vaya novedad. l crey siempre que el Poder andaba de la mano con la inteligencia. Y parece que no es as, Elena, quizs tengas razn. 
Lo que sostiene el Poder no es la inteligencia. Puede ser la picarda, la inmoralidad o la codicia. Eso es cada vez ms evidente, pero ms alarmante. El Poder sin el freno de la inteligencia puede llegar a ser una bestia que escap de la jaula y anda suelta con garras y colmillos listos a atacar, desgarrar.
-Tenemos inteligencia -repeta Elena.
-Y los dos gorilas tienen pistolas. No, gracias. Adems no soy inteligente.
-Sos ms de lo que crees.
-Prefiero ser obediente y conservar mi integridad fsica, Elena. Y si es posible, recuperar mis documentos.
-Te engaas, Manuel. Ya has comenzado a rebelarte. Me has contado todo. No sos obediente. Te hubieras callado. Vos comenzaste la alianza, Manuel.
Manuel la observ con admiracin. Le conoca ms de lo que l se conoca a s mismo. Es una luchadora, hermosa, fra, calculadora. Ojal mam hubiera sido as. Es fcil enamorarse de sta. Dios me libre. Ya tengo a Magdalena, un poco demasiado rstica, pero Magdalena no tiene un amante gordo y celoso que amenaza castrar a los rivales.
-Te das cuenta, Manuel, de que estamos hablando como si nos vigilaran?
-Ya me di cuenta.
-Te explico por qu. Nos domesticaron, Manuel. Saben que nos vemos los lunes y los viernes aqu, a las 7.30. Y nosotros sabemos que ellos saben.
-No llego a entender dnde vas a parar.
-Que los dos gorilas tambin estn domesticados. Nos espan los lunes y los viernes.
-Y sabindolo, nos volvemos pcaros y nos vemos en otro sitio los martes y los jueves, y hablamos libremente -concluy Manuel.
-sa es la idea.
-La idea es perfecta, Elena. Pero qu vamos a decirnos los martes y jueves que no podamos decirnos los lunes y viernes?
-Qu quieres decir?
-Que no tengo la ms mnima intencin de salirme de las reglas del Lecay. Para l, nuestro trato es de la novelista y su cosechero de mugre social. Y as va a seguir.
-Y la rebelin, Manuel? -salt Elena.
-Eso es cosa tuya, Elena. Vos sos mujer, SU mujer. Tens mil formas femeninas de humillarlo, como tirar un pedo cuando se pone romntico.
-No seas grosero! -estuvo a punto de darle un bofetn.
-Soy realista, que es la forma elegante de decir que soy miedoso. 
Quieras o no, el trato sigue. Lunes y viernes a las 7.30.
-Se termin el trato, querido! -su porte era airado.
-No. No termin. Estamos prisioneros del trato. Si rompemos la rutina, querrn saber por qu. Y va a ser difcil de explicar.
-Voy a decir que me pediste favores sexuales y te desped indignada. 
Y te darn una paliza, cuando menos -los ojos le brillaban triunfantes.
-Y yo puedo describir cmo es tu departamento. Y nos darn una paliza a los dos. Y por favor, tranquilzate. Estamos pareciendo dos enamorados peleando.
-Tienes razn -se calm la muchacha-, tengo que irme. 
Se levant y como de costumbre recogi su bolsn y se lo puso al hombro. En su cara se notaba el desencanto. Crea haber encontrado un aliado y se encontraba con un sujeto temeroso de salirse de las reglas. 
Hay algo especial, hiriente, en la mirada de una mujer que descubre un cobarde, pens Manuel, y no se sinti nada bien. Incmodo, es la palabra.
Compadeci a Elena tanto como se despreci a s mismo. Pero es una locura, socio. Si la inteligencia poda contra el Poder, no habra tantos idiotas gobernando el pas, como dicen los analistas de la televisin.
Quera marcharse tambin, pero estaba seguro de que desde las sombras se materializaran el pelado y el cacique, y era preferible encontrarlos a la luz del bar y en medio de la gente. No esper mucho. Pero esta vez slo era el pelado. Que se sent en la mesa.
-Parece que tuvimos una peleta -dijo el pelado.
-No, no le ocurra decirle eso al Lecay. No fue peleta. Fue una discusin intelectual. Ella es escritora que escribe de odo. Yo le traigo material de primera y ella interpreta mal. Cree en la decencia de la gente y no alcanzo a hacerle comprender que de donde vengo ya no hay decencia.
Manuel se asombraba de s mismo, en la capacidad que estaba adquiriendo rpidamente de salirse por la tangente. Lo haba inventado todo a la carrera. Palabras. Las palabras tienen un poder mgico, porque el pelado pareci convencido, a pesar de que posiblemente fue entrenado para no creer en nada, o para creer solamente lo que deca algn prjimo con el cao de una pistola apuntndole la nariz.
-Adems, voy a informar por escrito el tema de la discusin al Lecay -agreg con sumisin que le doli por dentro. Cobarde decan los ojos de Elena.
-Hacs bien -dijo el pelado-. Lecay quiere saber todo y sobre todo.
-Slo me orden que le informe sobre Elena. 
-S, ya s. Pero uno anda y anda por ah, y si sabe escuchar pesca cosas interesantes.
-Yo soy medio sordo.
-Simptico!
Le propin un golpe en el pecho que para cualquiera que mirara parecera un gesto cordial, amistoso, pero doli como el demonio. Se levant y se march sin despedirse. Manuel mir la hora en el reloj de pared, 11 y media. Poda ir a la casa de Magdalena, pero era viernes, la vecindad ms peligrosa y Magdalena estara durmiendo en la gran cama con los tres hijos. Para ir a su casa, la vecindad era tambin peligrosa. Y tal vez el laminador frustrado ya hubiera despertado. Camin sin rumbo por la ciudad, en pleno frenes de viernes de soltero. Discotecas, luces de colores y el ruido atronador de la msica. Pero percibi que otros ruidos se sobreponan al estrpito de los altavoces. Sirenas. Los viernes de soltero se arrastraban con la cadencia de las sirenas. Ambulancias presurosas que destellaban sus luces de aviso y aullaban pidiendo paso a como sea. Iban diligentes a recoger pedazos sangrantes de gente o los llevaban para que los mdicos los volvieran a armar. Las personas se volvieron rompecabezas, caramba. Se desarman entre hierros y hay que separar la carne del hierro y volver a armar una persona, y a veces faltan piezas y se mueren. Ms sirenas. Sirenas policiales, camionetas con policas enfurecidos persiguiendo coches veloces y enloquecidos, el coche denunciado como robado o el de papi sacado a hurtadillas o que papi permita usar porque los papis ya no saben decir no, porque el no es la espoleta del explosivo de los problemas domsticos, y porque la Declaracin Universal de los Derechos de los Nios y Adolescentes prohiba a los papis decir no y autorizaba a los chicos a opinar que papi es un viejo de mierda que vive en el siglo pasado. Prohibido prohibir. Jaura policaca persiguiendo el coche robado, o al conductor adolescente y borracho llevando a bordo la tierna pandilla colegial, carne fresca para el picadillo de los viernes de soltero. Sirenas como en una pesadilla que volvera loco de contento a Fellini, ambulancias, camionetas policiales, bomberos que iban a la caza del fuego, compitiendo con otro ruido an ms tenebroso, el rugir de los motores, pistones dementes, 16 vlvulas, 5000 centmetros cbicos de bestialidad, direccin hidrulica que perda una batalla contra un rbol o una columna, caja 5. que impulsaba dos toneladas de hierro al filo de la navaja, all donde palpitan las 7000 revoluciones marcadas en rojo, que es el color de la muerte.
Manuel sinti como un oscuro consuelo. Yo slo he cado entre el muro y el sendero. Estoy ms entero de lo que parece. Tengo mis libros, mi mquina, una Magdalena a quien compadecer y una Elena de quien huir. Son personas, no las portadoras de la asfixia o del desencanto. Lecay es una sombra que amenaza, pero nada es perfecto. Ni yo, pero estoy entero, aunque desnudo y sin documentos. Estos estn cayendo en un abismo. El pas es un tobogn donde van cayendo irremediablemente todos, y parece que no hay otro escape que el viernes de soltero y los sbados de somnolencia y muerte y tragedia, y los lunes, martes, mircoles y jueves vividos como en vsperas del delirio que ayuda a enloquecer y a olvidar y a no pensar en un maana que no existe. Elena tena razn: Poder sin inteligencia es igual a locura. Su cueva en el barrio marginal se le ocurri de pronto agradable y acogedor. Un refugio, a pesar de todo.



Diez
Durante meses, cumpli puntillosamente la rutina. Elena concurra los lunes y los viernes al San Roque y nunca habl ms de rebelarse ni de usar la inteligencia como arma; Manuel sigui proporcionndole historias y dramas que inventaba ayudado por Magdalena. Magdalena aportaba su conocimiento de la miserable comunidad en que viva y l le adjudicaba todo a Magdalena, y as, en el manuscrito de Elena, Magdalena se ira convirtiendo en la sntesis de todas las miserias. Llegaron hasta a inventar un cuarto hombre en la vida de la vendedora de billetes de lotera, tomando como modelo a Nicanor, un operador poltico, una especie nueva de la fauna humana y de las oportunidades laborales de la democracia, y cuyo trabajo de expansin ideolgica consista en comprar conciencias, o por lo menos votos, a veces con dinero, a veces con promesas, y ms frecuentemente con amenazas o con los tres elementos de conviccin a la vez. Eligieron a Nicanor porque era real y evidentemente prspero, dispona de dinero y as se justificaba que Magdalena fuera sobreviviendo a su invalidez temporaria, sin involucrar a Manuel, que si bien era conocido por Elena en su papel de ngel proveedor no debera aparecer muy involucrado con ella, y menos, en su extraa relacin con la mujer, una suerte de camaradera con una inevitable connotacin sexual, porque la clintonmana se les hizo costumbre. Nicanor era ficticio como concubino, pero real en su oficio de operador poltico, funcin a la que haba llegado por mritos partidarios, el primero, la potente voz para hacer hurras que llam la atencin de los dirigentes, que asimilaban la virtud del fervor partidario a los decibeles que tronaban desde su garganta privilegiada y su velocidad mental para acuar frases rotundas como apertura de sus apelaciones a las hurras. Al grande y valiente continuador del pensamiento de nuestros prceres...!, etc. El segundo, que conoca a cada vecino desde su origen, en sus inquietudes, angustias, frustraciones y anhelos, de los que tena un fichero mental, posiblemente ayudado por Maciel, que se haba vuelto su colaborador. De ese modo, sin saberlo, Nicanor fue el cuarto hombre en la vida de Magdalena, le atribuyeron virtudes que no tena y defectos que tampoco, entre ellos, el de tener un pasado de torturador policaco en los buenos tiempos de la dictadura, cosa que Magdalena recogi como murmuracin pero no como informe confirmado, y que podra ser cierto. Pero para la novela de Elena, Nicanor era irremediablemente villano y su aproximacin a Magdalena responda a una morbosa inclinacin sexual por las lisiadas, modelo de bestia que tampoco era imaginacin pura, sino responda a Patrocinio Velzquez, en la crcel de Tacumb, por violar ancianas, paralticas y deficientes mentales. Por aadidura, y para dar ms consistencia a la figura de Nicanor, le descubrieron amigo inseparable de otros dos individuos del barrio marginal, los hermanos Faustino y Rosalino Gamarra, el primero msico y el segundo poeta, especialistas en producir polkas partidarias de corte electoral que ponderaban las virtudes de macho, patriota, sensible y solidario con la pobreza del candidato, y que Nicanor haca grabar en cassettes que los fervorosos compraban en gran cantidad.
A propsito de Maciel, haba vuelto a alimentar el tesoro de rumores de a Mara, con el cuento de que no slo rondaban su refugio por la noche, sino que haba visto un par de veces entrar a un hombre y una mujer cuando l no estaba. No le dio importancia al chisme, porque all no haba nada que robar, salvo los papeles con sus apuntes y los ladrones no se interesan en papeles.
Un da de fiesta fue cuando retiraron el yeso de la pierna de Magdalena, que qued consternada cuando descubri que tena una pierna sana y robusta y otra raqutica y endeble, pero se tranquiliz cuando le dijeron que con un poco de ejercicio las dos piernas quedaran como Dios manda. Manuel comprob que la nueva Magdalena, vuelta a la integridad fsica, era ms alta de lo que pareca, los pechos grandes, caderas anchas, muslos largos y piernas musculosas, no era un dechado de elegancia, pero esbelta a su manera, erguida como una deportista y caminar resuelto, de hombre, masculinidad que se acentuaba con su costumbre de vestir pantalones vaqueros. Ku macho, decan las vecinas murmuradoras.
Manuel pas un momento de desconcierto cuando Luca, la pequea hija de Magdalena, sacando conclusiones de sus frecuentes visitas a su madre, le pregunt seriamente si vos ya sos mi pap ahora. Manuel tuvo que decir que no, que slo era un buen amigo de mam, cosa no del todo cierta, porque Magdalena, despus de liberarse del yeso, sigui otorgndole espontneamente placenteros favores, en cuyo menester pona vigor y experiencia.
La tentacin de mudarse a vivir con Magdalena pas alguna vez por su mente, pero la desech. Traera muchas complicaciones, sobre todo de parte de Elena, si se enteraba, y en el fondo, resultara degradante para l.
Magdalena volvi a sus tareas de vendedora de billetes de lotera y l sigui proporcionado informaciones a Elena, que pareca haber perdido algo de su entusiasmo, pero segua proporcionndole dinero. Ya no le acosaba con preguntas, aceptaba sus informes, charlaban un momento y se separaban. Manuel no saba a qu atribuir la evidente falta de inters de Elena. Saba que ella segua escribiendo su novela por frases sueltas como estoy ya en el captulo cuarto o esta Magdalena supera mi imaginacin, frases que revelaban que su inters en la novela estaba intacto, pero ya no en l, a quien posiblemente se cans de exprimir, o le desencant como hombre cobarde, y quizs le estuviera soportando y soportando la rutina de los lunes y viernes, en beneficio de su tranquilidad. Se resign o est maquinando algo, pensaba desconfiado Manuel.
Su tarea de proporcionar material a Magdalena se volvi menos complicada. Pero lo s complicado era proporcionar el informe semanal al Lecay. Nada tena que informar, salvo la rutina, y el pelado le susurraba amenazante que Lecay no estaba muy contento, que no puede ser que no pase nada, qu carajo estn ocultando ustedes dos. Pareca que Lecay anhelaba oscuramente algn sobresalto que aderezara su lineal vida romntica. Pero Elena era rutinaria, disciplinada y atenida a su trato con l y a su cautiverio con el Lecay. Pero el senador pareca desconfiar algo, tanto que le hizo comparecer su mansin riberea de Mariano Roque Alonso, una noche de jueves.
-Qu es esto de que no pasa nada? -requiri nervioso, sacudiendo el papel de su informe, como esperando que cayeran palabras que no haba advertido.
-No pasa nada, seor. Nos reunimos los das acostumbrados, le paso los informes y me paga.
-La ves nerviosa, inquieta?
-S, les tiene miedo a sus dos gorilas. Ella sabe que estn cerca. 
Soy sincero.
-Pero conversan.
-S, claro.
-De qu?
-De la novela.
-No, de otra cosa. De su vida, por ejemplo.
-Ella no me hace confidencias.
-No parece que hay otro tipo?
-No tengo la menor idea.
-Parece que hay otro tipo.
-El cacique y el pelado pueden averiguar.
-Lo estn haciendo. Ella me tiene miedo, verdad?
-Yo dira que s, seor.
-Es saludable que me tenga miedo. A estas tipas se les maneja as, dinero y miedo. Como a los perros entrenados. Lo hacen mal, ltigo, lo hacen bien, comen.
-Debe ser as.
-No la defiendes?
-No me concierne su vida.
-Usted cree que me engaa, pendejo?
-No estoy tratando de engaarlo, seor.
-Tu desapego es fingido. Y cuando alguien finge. Oculta algo. Estn enamorados secretamente?
-Usted debera escribir tambin una novela, seor. Tiene imaginacin. 
Hoy da ya nadie se enamora en secreto y los cornudos no pierden su honorabilidad.
-Pero hay romances que tienen sus compinches. No sos un compinche?
Manuel descubri por fin lo que atormentaba a Lecay. Las personas se descubren muchas cosas escondidas en la cama. Los hombres descubren que las mujeres fingen orgasmos, que copulan no con las pupilas veladas de las que gozan sino con las pupilas indiferentes, o de las que piensan en otras cosas, con el alma escapada de la cama. Las mujeres olfatean en los hombres un perfume extrao, femenino, que salen de las axilas o de los poros, del pelo o de la ropa interior cuando se la sacan o descubren vicios ocultos. No en vano los antiguos llamaban combate sexual al coito. 
Hacen el amor pero se exploran, se vigilan, se hurgan unos a otros. Lecay estara percibiendo cambios en la conducta de su amante, cambios sutiles, o no tan sutiles, indiferencia, hasto, asco. Y la presuncin de que hay otro cae sola, como fruta madura. Agradeci a la Providencia que Lecay lo descartara como el otro. Haba resuelto ser inofensivo y no slo lo era sino tambin lo pareca. Despus de ese episodio, la rutina continu, y posiblemente el cacique y el pelado andaran buscando el tercer hombre en la vida de Elena.
Rutina fatigosa, hastiante, hasta que estall la bomba. Elena desapareci.
Se enter por el aparato de radio porttil de Magdalena, un domingo, cuando ella haba encendido un fogn y preparaba en una olla de hierro, carne asada en su grasa. Era un domingo casi idlico para l, cuando la noticia inesperada le sacudi. Deca el locutor que la ex modelo Elena Rivas, autora de un libro y retirada de las pasarelas haba desaparecido de su departamento dos das antes. Formul la denuncia un amigo cercano de la muchacha, Niceto Escobar, quien afirmaba que Elena no se ausentara sin avisar a sus amigos, especialmente a l, que era quien provea de provisiones a la escritora que viva prcticamente recluida, escribiendo un nuevo libro. La polica no tiene pistas y se espera que la desaparicin no tenga implicancias y Elena reaparezca pronto.
Niceto Escobar, el cacique, haba denunciado la desaparicin. 
Desapareci dos das antes. Curioso, dos das antes fue viernes. Y ella haba estado con l San Roque con su tranquilidad de siempre. No vio en ella la menor traza de temor, de alarma ni de la tensin que se adivina en una persona que se apresta a saltar al vaco. Era como vena siendo, paloma azul posada en la rama de la resignacin. No pareca preparar una fuga. Y si la estaba urdiendo, era una actriz consumada. Poda ser secuestro. Pero quin y para qu?
-Escondete, mi hijo -le sugiri con femenina prevencin Magdalena, cuando se enter de la noticia.
No pensaba esconderse, porque se repeta una y otra vez que tena la conciencia en paz. Adems, si lo buscaran los gorilas y quin sabe cuntos sabuesos ms, y por aadidura la polica, no haba lugar donde ocultarse. 
Ni siquiera tena el recurso de cruzar la frontera en Puerto Falcn y desaparecer en la Argentina, porque sus documentos seguan secuestrados por el Lecay. De necesitar un escondite, le quedaba la casa de Magdalena, pero rechaz la idea. Si haba ms los no complicara a Magdalena. 
Adems, estaba fantaseando mucho sobre la desaparicin de Elena.
Pero Elena no apareca. Y los diarios se ocupaban cada vez ms de su desaparicin. Un periodista investigador, agudo, con la complicidad de un polica, haba logrado introducirse en el departamento abandonado. Suspir aliviado. Si era realmente periodista entrenado, habra visto la fotografa del Lecay sobre la mesa de luz, y parte del misterio empezara a involucrar al senador, pero no se mencionaba fotografa alguna en la crnica. Adems era infantil pensar que Niceto Escobar no la hubiera retirado. Describa el departamento, no faltaban valijas, ni ropa, ni los elementos de tocador que llevan las mujeres cuando se van, peine, cepillos, lociones, todo en su sitio. Finalmente, la crnica se refera a la procesadora IBM de Elena, pero nada deca el manuscrito de su novela. Si lo hubiera visto, lo habra mencionado, se deca Manuel. Se lo llev ella o se lo llev la polica, concluy y empez a alarmarse. 
All el talento de Elena se pondra a prueba. Del manuscrito dependa que Magdalena fuera para las mentes policiacas demasiado real o ficticia. Y peor aun, si llegaban a Magdalena llegara a l. Enfermo de miedo, pensaba que el talento de Elena poda condenarlos, si algo malo le sucediera a la escritora.
Como tema, algo malo sucedi. Unos chicos que recogan coco cerca de las vas abandonadas del tren, en Ypacarai, encontraron dos cadveres en evidente estado de putrefaccin como expresaba el informe policial. Uno de ellos era Elena, el otro, el de un joven extranjero, francs, antroplogo o lingista, enviado por un Instituto de Ciencias de su pas a estudiar unas curiosas inscripciones rnicas, posiblemente vikingas, talladas en las piedras de los cerros de Amambay. Los reconocieron pronto, y los relacionaron, porque el joven viva en la misma casa de departamentos que habitaba Elena. Los dos haban recibido un tiro de arma de grueso calibre en plena cara, deca el informe policial, que agregaba adems que habran sido asesinados en otro sitio y arrojados all, entre el viernes 25 y el domingo 27, segn las presunciones. Pero como de costumbre, el vecindario no haba visto ni odo vehculo alguna que transitara por el paraje con su macabra carga. Arma de grueso calibre, deca el diario. Revis el escondite del viejo revlver que le haba dado Magdalena. Se le eriz el pelo en la nuca. El arma no estaba. La incursin de aquella oscura pareja a su tugurio no haba sido invento de a Mara.
Su reaccin ms elemental le induca a correr al tugurio de Magdalena, y hablar del asunto en el que se senta irremediablemente involucrado. Magdalena era en s misma un refugio, fuerte, experimentada, maternal. Decidi no ir. Magdalena estaba fuera de la cuestin. Pero Magdalena pensaba distinto, pues fue ella quien lleg a su refugio, donde lo encontr inquieto y asustado.
-Tens que tranquilizarte, Manuel. No tens nada que ver -dijo de entrada Magdalena.
-Eso mismo me repito una y otra vez, pero no consigo tranquilizarme. 
Y tambin temo por vos.
-Qu tengo que ver yo?
-Su novela se titula Magdalena, y vos sos su novela.
-Pero slo es un cuento!
-Pueden leer el cuento y relacionar con la realidad. Adems, Lecay sabe que existes. Creo que existimos juntos en la novela. O a lo mejor Elena tena unos apuntes que nos mencionaban, adems de mis informes. Y segn dicen los diarios, la polica secuestr todos sus papeles del departamento.
-Y qu? Nos llaman y decimos la verdad.
-Es que hay otra cosa, Magdalena. Desapareci tu revlver.
-Jess, Mara y Jos! -Salt la mujer. Aspir hondo, se tranquiliz-. A lo mejor lo rob Maciel -dijo sin mucha conviccin.
-Magdalena, andate a tu casa. No deben vernos juntos.
-Pero ahora me necesits vos. No soy mujer que abandona a sus amigos.
-Te pido. Andate.
-Est bien, pero voy a andar cerca. No me voy a esconder. Metete eso en tu cabeza.
Se march con aire enojado. No lo saba todo. Maciel no era el ladrn que se haba llevado el revlver. Eran dos personas, como deca a Mara, un hombre y una mujer, no una pareja desesperada del barrio marginal. 
Gente venida de arriba. Se ech a temblar como si un viento polar se hubiera colado en el refugio. 



Once
Los diarios hablaban de expertos que estudiaban el manuscrito de Elena, en un ejemplar impreso de prueba de la IBM, en letra pequeita y sin correcciones ortogrficas, germen una novela escrita en primera persona, y sacaban conclusiones de que el relato contena personajes que evidentemente eran reales. La protagonista, Magdalena, era una vendedora de loteras accidentada, y la polica ya estaba sobre la pista de una persona de esas caractersticas. En la novela, la mujer tena un amante, que era tambin su proxeneta, Carlos, que en la ficcin dialogaba con la escritora y le venda los secretos ms ntimos de la mujer. Carlos era un joven cnico, vago y vicioso, drogadicto. Carlos y Magdalena eran, en pareja, una sntesis de la miseria de los barrios marginales, que pareca ser el contenido profundo de la novela. Y entre la escritora y el perverso Carlos se estaba produciendo una relacin extraa en la que los dos se necesitaban, colaboraban, pero dentro de una soterrada violencia. La escritora necesitaba de su informante, pero sus maneras fras y su mirada de felino le aterrorizaban. Elena no estaba escribiendo una novela de amor, sino de denuncia aderezada con terror, y el personaje siniestro, Carlos era l, tal como lo vea o tal como lo inventaba la difunta Elena, y si sospechaban que Magdalena era real, tambin lo sera Carlos, y ya estaran pisndole los talones. Pens seriamente fugarse a la Argentina, con documentos o sin ellos, pero no tuvo valor. Los gendarmes lo enviaran de vuelta a puntapis. Durante dos das junt valor para trasladarse a Mariano Roque Alonso, a ponerse a disposicin de Lecay, que estara muy interesado en el esclarecimiento del crimen, y l poda ayudar. Al fin de cuentas haba trabajado muy de cerca con la muchacha y si le daban oportunidad de leer el manuscrito, relacionando la ficcin con la realidad, encontrara detalles importantes. Lleg en horas de la tarde frente al portn inteligente. Busc timbre, no haba. Explorando en busca de un llamador descubri un ojo de cristal que lo miraba fijamente desde una minscula cmara de video y para beneficio de la mquina vigilante hizo la mmica de quien bate palmas, sintindose, a ms de asustado, ridculo. Esper mucho tiempo, hasta que apareci con andar cansino Niceto Escobar, el cacique. Traa colgada al cuello, de una correa, un grabador porttil cuya lucecita verde parpadeaba, y detrs del cacique, los dos pastores alemanes, escoltas disciplinados y vigilantes. 
Niceto Escobar clav su mirada vaca en Manuel.
-Qu desea el seor? -pregunt cortsmente, detrs de las rejas del portn.
-Necesito ver al senador.
El cacique consult seriamente una agenda con forro de cuero.
-Lo siento mucho, seor. No hay ninguna visita agendada. Lo conoce a usted el seor senador? l le cit a usted, seor?
-Por cierto que lo conozco.
-Posiblemente le habr citado en su oficina, y usted se confundi. 
Por qu no prueba maana en su oficina?
No tard mucho Manuel en llegar a la conclusin de que el cacique no le hablaba a l, sino para la grabadora, y tal vez para el video que segua mirando con su ojo espectral y filmando. Imagen y sonido para demostrar si fuere necesario que el visitante era un completo extrao para el senador. Perdi la compostura por primera vez en su vida. El miedo es mal consejero.
-Por qu no apaga ese maldito aparato y hablamos como la gente, indio de mierda?
Niceto Escobar no perda la serenidad.
-Clmese, seor. Yo slo soy un servidor de la casa y tengo mis rdenes.
Manuel comprendi que todo era intil. El portn hermtico bien podra ser la puerta de una fortaleza prohibida, donde custodiaban la verdad de su participacin inocente en el drama de Elena.
Volvi a su refugio, cansado y aterrorizado. Algo mucho ms grande de lo que poda imaginar se estaba abatiendo sobre l. As debe sentirse el zorro perseguido por una jaura de mastines. La extraa compostura de Niceto Escobar era infinitamente ms peligrosa que el indio blandiendo una escopeta y apuntndole a los ojos. Ahora ya no te persiguen los pyrag, te persiguen los jueces porque estamos en democracia. Lo haba odo y tomado nota en su cuaderno y en su archivo. Su destino pareca marcado. Le aplicaran la ley y la ley le pondra una soga al cuello. Estoy dramatizando mucho -se dijo-, no tienen forma de relacionarme. Claro que la tienen, carajo, se contradeca enseguida, el desconocimiento del cacique es la seal de que ellos escriben otra novela, y el villano soy yo. Qu puedo hacer? Sentarme a esperar.
Y se sent a esperar, con una sensacin de inevitabilidad alimentando su miedo. Deseaba correr a la casa de Magdalena, pero consider intil, y hasta peligroso. Record una pelcula que haba visto, en la que unos terroristas sujetaban una bomba al cuello de su vctima. Al menor movimiento, la bomba estallara.
Durante das no sali de su refugio. a Mara le salv de morir de hambre, porque l olvid hasta la comida que la diligente anciana traa con regularidad de reloj, desayuno, almuerzo y cena, que l apenas tocaba y devolva los platos con casi todo su contenido. Ya no tena nada que hacer. Solamente esperar. a Mara le ofreci traerle diarios, ya que no sala y deba saber lo que ocurra en el mundo, pero l rechaz la oferta. 
Le tena terror a lo que diran los diarios y prefera no saber. Avestruz escondiendo la cabeza en el agujero. Y Magdalena no apareca. Tal vez ya estuviera detenida, resistindose a revelar su identidad. De eso estaba seguro. Magdalena era ku macho y estara feliz de enfrentar a la autoridad.
Hasta que llegaron. Eran tres policas armados hasta los dientes, con una orden judicial de allanamiento. Te persiguen los jueces....
Rebuscaron todo y para asombro de Manuel, encontraron el tenebroso revlver, que ya no tena en el tambor seis balas doradas, sino cuatro. 
Los nocturnos visitantes denunciados por a Mara no solamente haban llevado el revlver, sino lo haban devuelto. Secuestraron su archivo, y hallaron escondido en la funda de la mquina de escribir, seis sobrecitos de plstico con un polvo blanco adentro. Montaje perfecto. El arma homicida, cocana. La fiera en su cubil miserable. Podan fabricar mviles a su antojo, celos enfermizos, pasiones malsanas. Como era un vago solitario, no tendra testigos ni coartadas. Aunque l nunca haba manejado un vehculo en su vida, ya encontraran la forma en que llev los dos cadveres a un lugar tan desolado. Ya tena la soga al cuello ms pronto de lo que supona. Curiosamente se sinti tranquilo, resignado, y hasta le gust que le dolieran las esposas muy ajustadas que le pusieron. 
Lo llevaron lo ficharon, le fotografiaron de frente y de perfil y le tiraron en un calabozo.
Desde el da siguiente, los medios de comunicacin rivalizaron en dar el toque sensacional a la noticia del apresamiento del asesino de la ex modelo y escritora. Novela manuscrita de la escritora ayuda a capturar a su asesino, deca un gran titular de primera plana. Elena Rivas se venga desde la tumba, rezaba otro. Cae drogadicto asesino de la escritora y su amigo, anunciaba un tercero. La historia era contada desde distintos ngulos, mitad verdad, mitad mentira. El manuscrito examinado por expertos revelaba claramente que Elena tena modelos reales para sus personajes de ficcin, entre ellos, el de su propio asesino. Y siguiendo esa pista el exhaustivo trabajo de investigacin de la polica condujo a la detencin de Manuel Arza, en cuyo poder se encontr el arma asesina con dos balas servidas que coincidan con el arma empleada y con las terribles heridas de los jvenes asesinados. Elena Rivas estaba escribiendo una novela, ayudada por un habitante de barrio marginal que le proporcionaba material extrado del submundo de la delincuencia, de carcter violento e impredecible, porque era drogadicto. La desprevenida y joven escritora no perciba el peligro a que se expona ni cuando descubri que su informante senta por ella una pasin enfermiza y malsana. La muerte la acechaba y ella la converta en fantasa para su novela, escriba con tristeza una periodista que gozaba haciendo derramar lgrimas a sus lectores. No dejaron de mencionar a Magdalena, pero como otra vctima, una pobre madre marginal de tres hijos, vendedora de billetes de lotera, que seducida por el cnico y apuesto joven le revelaba todos sus secretos, que a su vez produca dinero al hombre. Los asesinos no tienen cara de asesino, se titulaba un comentario en recuadro, de un siclogo que deca que Manuel Arza tena la cara inocente de un cantante de coro en la Iglesia, pero haba cedido a las tentaciones del mundo, abandon un trabajo decente y fue a vivir en un oscuro agujero del bajo. Deca adems que como todos los psicpatas y drogadictos, Manuel Arza revelaba cierta cultura, y una extraa y cnica tranquilidad, como si no tuviera nocin de su terrible acto. Otro articulista aficionado a las pelculas policiales, public un largo perfil sicolgico de un asesino, y comparaba a Manuel, en personalidad y en aspecto inocente y normal, con los mayores asesinos en serie de los Estados Unidos. Familia burguesa, buena educacin, el muchacho normal del vecindario pacfico. Hasta la televisin se ocup del caso, convocando a un distinguido mdico siquiatra, que habl de combinaciones nefastas que hacen a un asesino despiadado, como una infancia infeliz, abuso sexual del padre o de la madre, y el escape de las frustraciones por medio de las drogas que sublimaban el deseo subconsciente de venganza latente en la personalidad. Nadie se ocup de investigar que Manuel Arza tuvo una infancia placentera, con un padre que muri muy joven, una madre viuda algo sobreprotectora pero nada viciosa. Manuel era carne arrojada a los lobos de la informacin y lo estaban haciendo pedazos.
Le presentaron a la prensa, bien afeitado y esposado. Los flashes de las cmaras fotogrficas le enceguecieron, las videofilmadoras zumbaban, los micrfonos acosaban su boca como moscas gigantes la boca de un muerto, las preguntas se multiplicaban, pero l sonrea tontamente. Cualquier respuesta sera intil. La trituradora estaba en marcha. La curiosidad y el deseo de pescar algo fuera de lo comn aguzaba como picos de halcones las narices de los periodistas, y las periodistas le parecan brujas ansiosas de chuparle el alma. Poda pedir silencio y sugerir a los periodistas que pidieran su propio archivo a la polica, donde estaba la sencilla verdad y nada del drama sangriento que le achacaban, y una vez se atrevi a hacerlo pero slo para recibir en respuesta miradas de incredulidad y hasta de burla, hasta el punto de que una periodista radial coment que entre los delirios del asesino apareci el de que l tambin se cree escritor, un rasgo no desconocido en el mundo del crimen, donde el asesino se identifica con la vctima. No volvi a repetir su pequeo gesto de rebelda, pidan mi archivo, porque estaba seguro que el polica encargado dira: Qu archivo?
Del joven cientfico francs se hablaba poco. Slo teorizaban. Quizs haba sostenido una amistad de intelectuales con Elena, y el psicpata lo interpret mal y se sinti traicionado, engaado en su pasin malsana. 
Para este tipo de obsesos, la aparicin de un supuesto rival dispara los oscuros mecanismos de los celos y el crimen. El senador estaba tambin absolutamente ausente de las crnicas y comentarios. Manuel se preguntaba, en medio de su resignacin, por qu no investigarn de quin era el departamento o quin pagaba el alquiler, pero nadie lo hizo, o lo hizo y consider prudente callarse, o le ordenaron callarse. Hay que conservar la pureza impoluta de la clase poltica, y ms an, de la clase empresarial, porque los avisos y la publicidad tienen andaduras delicadas. 
Van y vienen por las vas de las buenas relaciones. Ms tarde, le designaron un defensor de oficio, el Defensor de Reos Pobres, un desganado abogado acabado de recibirse en la Facultad, imberbe e indiferente que consideraba que defender a semejante homicida, ya condenado de antemano por los hechos y por la prensa, no prometa nada a su carrera. Slo amag una tmida defensa y lleg a la audacia de opinar para la prensa que caba alegar locura, que los locos son inimputables, pero fue rpidamente callado por el siquiatra judicial que examin a Manuel y lo encontr suficientemente cuerdo para matar en uso de todas sus facultades, de su voluntad y de su libre albedro. Despus, todo fue muy normal, muy jurdico, muy de acuerdo a las reglas de la Constitucin, el Cdigo Penal y el Cdigo de Procedimientos. Le interrogaban con preguntas que, ya sugeran respuestas confusas o que lo echaban en la trampa de las contradicciones, a veces en presencia de la prensa y su defensor callaba o simplemente no apareca. Y el nico consuelo que tuvo fue que si bien lo enviaron a la crcel de Tacumb en carcter de procesado, no hubo malandrn alguno que lo violara y lo convirtiera en su mujer. Para su asombro, inspiraba respeto, porque en la escala de valores del penal, un sujeto que haba matado a dos, era un tipo de cuidado. Adems, el Director del penal supo de sus habilidades y lo tena como secretario dactilgrafo en su oficina, donde pasaba todo el da, e incluso dorma en un hueco contiguo a la oficina. Sujeto peligroso de dos agua y por aadidura, auxiliar del Director, mejor era no meterse con l. Se sinti agradecido que las circunstancias le salvaran de ser uno ms en ese infierno que era la crcel de Tacumb, que perciba como un universo de maldad, de perversidad y de frustracin, una selva amurallada donde rega la ley del ms fuerte, del ms astuto y del ms mentiroso al mismo tiempo. Venganzas sangrientas, rencores que afilaban punzones letales, privilegiados que podan mercar con drogas e infelices que las consuman, travests condenados que se maquillaban y se contoneaban para que los machos ansiosos disputaran sus favores. All reinaba la ferocidad de la resignacin y el odio de los excluidos y de los derrotados. El sentido prctico del Director, siempre escaso de presupuesto, que tena un secretario enviado por el Ministro, pero era semianalfabeto, y una extraa simpata que le brindaba, le colocaba exactamente en el lmite exterior de ese universo feroz.
Todo pareca encaminarse a una condena de por lo menos 25 aos, aunque se generaron debates sobre la pena de muerte en la televisin y la radio, con sus consabidos fanticos. Lo de siempre. La pena de muerte es disuasiva, decan unos. En los Estados Unidos se la aplica y no disminuye la delincuencia, replicaban otros. Hasta que apareci el joven y lcido analist, una nueva disciplina empollada por la democracia, que dijo algo de verdad. Los partidarios de la pena de muerte piden la muerte para el asesino pero cuando llega la hora de aplicarla, piden clemencia para el condenado, dijo, es la cambiante naturaleza humana. De la condena a la lstima slo hay un pequeo paso. De cualquier modo, conjeturaban los periodistas y los juristas en los diarios que Manuel pasara, por lo menos, el resto de su vida, entre rejas, y l ya estaba resignado, y tambin asombrado de haber desencadenado semejante torrente verbal y de tinta. No todo fue tan malo a pesar de todo. No le dieron palizas ni le arrancaron confesiones metindoles clavos bajo las uas ni le ahogaron en bateas de excrementos, y no pudo sino decir esa verdad cuando le visit un viejo luchador de los derechos humanos a interesarse por el trato que reciba. No supo explicarse ni explicar que no hace falta la tortura cuando toda la maquinaria de la ley es una tortura sutil que lo encaminaba suavemente y sin violencias hacia su perdicin. La democracia tiene esas ventajas. No aplasta con guantes de hierro, sino de seda. Todo un avance de la civilizacin occidental y cristiana. En lo que a Manuel concerna, todo estaba terminado.
Pero no para Magdalena.
Entre los privilegios que le conceda el Director a Manuel, tena el de recibir visitas en las oficinas del mismo, que hasta le haba sugerido el uso del hueco para el sexo rpido cuando l no estaba presente. 
Magdalena le visit varias veces y slo conversaban de la situacin en general. Cont que ella tambin fue detenida e interrogada, en la ocasin dijo la verdad y nada ms que la verdad, y la consideraron una mujer inteligente y enamorada que trataba de salvar a su hombre con mentiras ms o menos crebles, pero sus argumentos se desmoronaban pronto cuando mencionaba un supuesto archivo personal del asesino y su confesin de que el revlver le haba proporcionado ella. Una mujer que no tena donde caerse muerta no poda tener una antigedad vahosa como aquel Smith Wesson 1914. Fueron amables con ella, y hasta le advirtieran que no volviera a mencionar a ningn supuesto Lecay, que poda acarrearle problemas, como un juicio de difamacin y calumnia que la llevara a pasar una larga temporada al Buen Pastor. Cmo van a quedar tus hijos, le dijo paternalmente un polica. Fueron tolerantes con ella y la soltaron. Slo en su ltima visita dio a entender que no se haba entregado. Con su sentido prctico y tal vez con femenina intuicin, se senta extraada de que toda la investigacin se centraba en las supuestas relaciones enfermizas entre vctima y victimario. Y el joven francs? Los diarios haba informado que la Embajada de su pas lo empaquet y lo envi a Francia, y nada ms. Magdalena se interes en el francs y luch contra su miedo para interesarse tambin en el senador Garelli. Estaba convencida de que el senador Garelli estaba en el fondo de todo el drama. No poda ser otro. Dinero y Poder. Manipulacin de ajenas existencias. Venganza, castigo. El cacique y el pelado. Se lanz a investigar por su cuenta y para empezar fue al edificio de departamentos donde vivieran Elena y el joven cientfico francs. Los grandes edificios de departamentos tambin tienen su humanidad proletaria, los iguales de Magdalena. Los que hablaban su mismo idioma, el encargado de los ascensores, el portero, el jardinero, el celador del estacionamiento, las mujeres que trabajaban en la lavandera y las limpiadoras. Eran ojos y odos curiosos capaces de percibir los misterios de las oscuras relaciones humanas, como los choferes y los guardaespaldas. Trab amistad con ellos y dio al fin con la mucama del turno de la tarde, Silveria Alarcn, que no tuvo empacho alguno en decir lo que muchos saban, la relacin de Elena con el senador, solo que todos se callaban porque era asunto de poltica, dinero y justicia, una mala combinacin capaz de complicarle la vida a la gente. Adems, nadie les pregunt. Silveria haba soltado la lengua, porque Magdalena no era polica ni nada parecido, sino una tipa curiosa como ella y era muy conversadora y le pagaba el almuerzo en la cafetera. El siguiente descubrimiento que hizo Magdalena fue que el francs viva en el mismo piso de Elena, y era un rubio atractivo y divertido, que haba comprado un arpa paraguaya y trataba de tocarla, entusiasmado con el instrumento cuando le dijeron que fue introducido por los jesuitas de las reducciones del Paraguay.
Cuando Magdalena relat sus averiguaciones a Manuel, ste se interes. Se daban todos los elementos para relacionar al francs con Elena. Elena anhelaba un escape, paloma azul buscando su libertad, y el francs se lo daba, en la seguridad del mismo edificio y en el mismo piso, lejos de la vigilancia de los gorilas. Elena pona en prctica la teora de la inteligencia contra el Poder, y como no pudo usarlo a l, usaba al francs, al menos para rescatar una parte de su vida y su libertad. O una variante tal vez de la inteligencia contra el Poder. El amor contra el poder, que bien pudo darse. Acaso la aventura de la paloma azul se les escap de control y se enamoraron y cometieron imprudencias. La pareja perfecta, el cientfico aficionado a la msica y la bella intelectual. El uno lejos de su pas, la otra lejos de sus sueos. Jvenes y sanos y con casi todas las noches a su disposicin. La paloma azul no necesitaba volar a buscar vientos de liberacin. Los tena en el propio nido.
Magdalena haba vendido el rosario de oro que por fin fue a parar en manos del codicioso don Esteban, que con inusitada honradez le pag bien, por el oro y por la antigedad, y tom contacto con una joven abogada, ambiciosa y saturada de ganas de figurar en los diarios, si con escndalo, mejor.
Relat todo a la doctora Julia Quionez, la abogada, rubia, delicada y maquilllada como una modelo. La profesional le crey o crey encontrar una veta para suscitar escndalo. Traz una estrategia. Dijo algo as que de una crisis se sale provocando otra crisis ms grande y el relato de aquella mujer rstica y altiva contena elementos como para revolver la mierda, segn las palabras que surgieron de su delicada boca. No se present a los tribunales, en primer lugar por estrategia y en segundo lugar porque ya haba aprendido en su corta carrera que existen factores y actores de la democracia ms poderosos que la Justicia, o casi. En ese tren contact con un periodista amigo, que se mora por acostarse con ella y consigui que entrevistara a Magdalena. Magdalena, siguiendo las instrucciones precisas de Julia, cont el origen del revlver, y dej deslizar como al descuido la relacin de dependencia entre Elena y el senador Garelli, algo aprensiva por la perspectiva de la temporada en el Buen Pastor pero decidida a correr el riesgo, ya que tena una abogada. El periodista cay en la trampa, y fue el primero que introdujo en la historia la persona del senador Garelli, mrito que le cost caro, porque fue despedido con inexplicable velocidad, pero el escndalo ya se haba echado a rodar, generaba ondas expansivas como piedra arrojada a la mansedumbre de una laguna, y otros peridicos rivales se apresuraron a darle con pico y zapa a la nueva veta del escndalo, que por su condimento poltico aumentaba la circulacin, cuestin gerencial que conjuraba la prdida de alguna publicidad porque generaba otras. Y no se quedaron atrs las radios ni la televisin. El portn inteligente empezaba a fallar. Para Manuel, el senador haba cometido un error, el Poder no tena inteligencia, y en vez de hundir con l a Magdalena, la haban menospreciado.
Otro periodista investigador rastre el origen del revlver, y llegaron hasta Carlos, el hijo de la difunta doa Petrona, quien declar que recordaba vagamente que su padre tena una Smith Wesson de gran calibre, que usaba cuando iba a la estancia, pero no podra asegurar que fuera la misma arma que usara el homicida. En cuanto a las joyas, enfatiz que era una fantasa, pues si su madre las conservaba, l se hubiera enterado. En la entrevista de Magdalena se haba mencionado tambin a la locuaz Elvira Alarcn, lo que motiv que una periodista avispada se lanzara a la caza de la servidumbre en la casa de departamentos, y muchos servidores tambin quisieron salir en la prensa como Elvira y revelaron detalles que haca cada [vez] ms ntida la imagen del senador-amante. Los testigos se multiplicaban y el cacique y el pelado se volveran locos tratando de tapar tantas bocas. Leyendo el artculo, Julia gozaba, porque la duda, aunque pequea, empezaba a cundir. Crea tener al senador Garelli, a punto de ser lanzado a las fieras.
-La gente cree que el Poder es absoluto -deca la joven abogada a Magdalena, sin esperar mucho que la mujer la comprendiera y hablando ms bien para s misma-, pero no es as. El Poder es vulnerable. Sabes por qu, Magdalena? Porque el Poder siempre es odioso y genera enemigos, y la cuestin es simple, motivar al enemigo, que se vuelve perverso cuando el Poder tambalea. Tu inexpugnable senador Garelli ya tambalea. El poderoso tiembla, y cuando el poderoso tiembla, el compinche pone distancia, el socio se abre, los amigos desaparecen, ya vas a ver. Vamos a la Embajada francesa a dar otro pequeo empujn. 



Doce
Fueron a la Embajada, y la doctora Julia Quionez se present como lo que era, abogada. Pidi ver al Embajador. Imposible. No estaba, y fue atendida por un deslumbrado secretario de Embajada recin llegado al pas, y que en el suyo haba adquirido la idea de que los abogados son torvos caballeros con pelucas empolvadas y las abogadas viejas arrugadas y asexuadas con togas. Julia tuvo que mostrar sus credenciales para convencer al secretario que era una abogada autntica, a pesar de su carita rubia y su juvenil apostura. En pocos minutos de conversacin corts, Julia tena a sus pies al diplomtico que se pona y se sacaba los lentes para ver mejor o para no ver semejante tentacin.
-Los franceses no tienen trmino medio -le haba dicho Julia a Magdalena-, si no son homosexuales son mujeriegos -y sonrea consciente del atractivo femenino que le estaba abriendo paso en el foro.
Puso en funcionamiento el arsenal de sus encantos, y extrajo toda la informacin que pudo del joven cientfico francs asesinado. S, el Ministerio de Cultura se haba interesado en las curiosas escrituras rnicas al parecer vikingas en una desolada regin del Paraguay. S, Pierre Dumont era antroplogo y lingista, medalla de oro en la Sorbona, y su prdida una pena. No. La Embajada consideraba el crimen una penosa cuestin pasional, natural en un pas tropical, con perdn de la seorita abogada. No. La Embajada no haba investigado nada, y estaba satisfecha con las conclusiones de la Justicia paraguaya. Una pena, qu tragedia, mademoiselle. Y una lstima. Enamorados y preparados a viajar a Pars.
-Dijo preparados Monsieur? -exclam Julia.
-S, el pasaporte est visado.
-El de l.
-No, el de ella. l no necesita visa para volver a su pas, es obvio, Mademoiselle.
-Retir el pasaporte?
Toda la pena del mundo ensombreci del rostro del diplomtico. Cmo iba a retirarlo si la muerte se interpuso en el camino? Pareca a punto de llorar de pena. Estos franceses son tan expresivos, pens Julia. El pasaporte visado estaba all. Le cost a Julia toda su artillera de seduccin y una promesa de salir a cenar unos de estos das, y un intercambio de tarjetas para que el diplomtico cediera y entregara al fin, renuente a pesar de todo, el pasaporte de Elena. Su pasaporte a la libertad. A Pars, donde se llevara el manuscrito para terminar de escribir su novela en algn romntico nido de amor, en un altillo idlico, con vista la torre Eiffel y al Sena. Una paloma azul donde las palomas azules son felices, Pars.
Esa misma tarde, Manuel conoci a Julia, de la mano de la infatigable Magdalena. Julia fue precisa y prctica como una computadora.
-Estoy convencida de su inocencia, Manuel -le dijo-, pero nada de lo que tengo es de valor jurdico. Que haya testigos de que Elena fue amante del senador, no cambia nada. Que se haya enamorado del francs, tampoco. 
Al contrario, le culpa ms a usted como psictico celoso. La historia del revlver no le salva, sino le complica porque demuestra que usted estaba en posesin del arma. Ningn juez del mundo va a creer la historia del arma que aparece y desaparece de su casa, ni en la verdad de la pareja nocturna que se meta en su casa.
-Entiendo lo que quiere decir. Sigo tan perdido como antes, doctora.
-No dije eso. Lo que dije es que lo que tenemos no tiene valor jurdico.
-S, entend.
-Pero tiene valor poltico.
-Suena un poco complicado, doctora.
-Yo me entiendo. Magdalena me dio un nombre -abri su pequeo portafolios y extrajo una libreta forrada en cuero de cocodrilo, ley-: 
Niceto Escobar.
-El cacique.
-As lo llama usted -ley en su libro de apuntes-, nacido en 1952. 
Intento de homicidio, robo de vehculos, asalto a mano armada, extorsin. 
Procesado pero nunca condenado. Es su prontuario. El otro, Sebastin Bentez.
-A se no le conozco.
-Es el pelado -aclar Magdalena.
-Nacido en 1955. Homicidio en 1981. Cinco aos en Tacumb. Sali en 1985. Asalto a mano armada a una financiera, dos aos en Tacumb. Sali en el 89.
-De dnde sac todo eso, doctora?
-Tengo mis contactos en el archivo judicial y en la polica. Pero tengo algo ms -extrajo una gran planilla fotocopiada del portafolios-. 
Planilla de sueldos de la fbrica de cigarrillos La Corona propiedad del senador Andrs Garelli. Aqu est, Niceto Escobar, capataz de planta. 
Sebastin Bentez, operador de empaque. Y todava tengo ms -sac dos documentos tamao oficio fotocopiados, y continu-: Resoluciones del Ministerio de Desarrollo que nombran a Niceto Escobar, chofer de gabinete y a Sebastin Bentez, jefe de portera. El Ministro de Desarrollo es accionista de La Corona S. A. Qu le parece?
-Impresionante, doctora. Pero como usted dice no tiene valor para mi caso.
-En los tribunales no.
-Dnde, entonces?
-En la prensa. Ya saben que Elena fue amante de Garelli. Ahora van a saber que Garelli tiene matones, planilleros a su servicio. Van a saber que Elena iba a fugarse con el francs. Les voy a dar pruebas documentales. Y los periodistas se van a agarrar a la historia como perros de presa. La prensa hila ms fino y tiene inmunidad de hecho y la Justicia tiene sus limitaciones de derecho, de procedimiento, de tica y de falta de tica, y Garelli se vuelve cada vez ms vulnerable... a la prensa. Utilizaron la prensa para perderle, Manuel. La vamos a utilizar para salvarle.
Magdalena estuvo a punto de aplaudir. Manuel admir a aquella muchacha joven y delicada. Mueca de porcelana con hierro por dentro, abogada capaz de tener el amigo preciso, el informante adecuado, en cada sitio. Una araa rubia y gentil en medio de su red. La otra cara del Poder, o el otro Poder, tan fro y calculador como el primero, acaso ms terrible porque este s tena inteligencia. El Poder bruto contra el Poder inteligente, qu cosa, Seor. Qu mundo ste, pens Manuel cuando, las dos mujeres se despidieron.
Sin embargo, Julia no fue a la prensa. Nada ganaba con hundir al senador y quizs, slo quizs, salvar de paso a ese pobre y tmido sujeto incapaz de matar una mosca. Ella era ambiciosa desde nia, durante toda su carrera en la Facultad y en el ejercicio de la profesin, la ambicin fue su motor, y el conocimiento de las leyes tan importante como el conocimiento de las debilidades humanas. Se saba inteligente y con enorme atractivo sexual, combinacin que haba aprendido a manejar sabiamente. 
Una apelacin ganaba fuerza si le acompaaba una cita oportuna. Pero no era prctico an ir a la prensa. La prensa es como un arma, que es ms til cuando amenaza que cuando dispara. Ms provechoso sera ir a la casa del senador. Y all fue.
Encontr al senador plido, tembloroso y vencido de antemano. Nada es ms cobarde que el Poder cuando intuye que pierde poder. Saba que la abogada saba, y su pavor se acrecent cuando con deliberada frialdad, Julia puso todas sus cartas sobre la mesa, con la prudente aclaracin que todas estaban fotocopiadas y en poder de una escribana que ira a los diarios si a ella le pasaba algo parecido a lo que le sucedi a Elena. Los papeles no servan de nada en los tribunales, pero a l lo hundan moralmente y se adivinaba con facilidad una secuela de terremotos polticos, apenas la prensa entrara en posesin de aquellos papeles y del memorndum con una nueva hiptesis del crimen, de puo y letra de Julia. 
La prensa es cosa seria, senador, juzga y condena al mismo tiempo, y le gusta denunciar abusos, cuando el abusivo est cayendo y no tiene asidero en la cada. Palideca el senador. La verdad es siempre sencilla -martillaba Julia-. Pero inventar una mentira a partir de una verdad es complicado y peligroso pues se vuelve con frecuencia boomerang. Usted, senador, urdi un tejido que pareca simple para adjudicar la culpa a otro, y se enred en su propia trama.
Llegaron a un acuerdo. Acuerdo total. Julia se sinti feliz. Por fin se librara del viejo Toyota. Se comprara por lo menos un Mercedes.
Manuel no atinaba a comprender lo que pasaba. Magdalena le traa todos los das los cuatro diarios y ni una palabra de la maquinacin de Julia. Te comi el rosario, le deca con desconsuelo a Magdalena, o Tu abogada se vendi, es lo que se poda esperar. Pero empezaron a suceder cosas raras, como cuando el Director le dijo que se vistiera porque deba ir a los tribunales, seguramente para or su sentencia. Pero lo llevaron sin esposas, con amabilidad. Volvieron a interrogarlo y el fiscal tena su archivo, su desaparecido archivo, sobre su mesa. Las preguntas se referan al contenido de su archivo. Preguntas rutinarias, inocentes, capaces de ser respondidas con la verdad. Perceptiblemente, la maquinaria que lo tritur empezaba a funcionar en reversa y lo estaban reconstruyendo. 
Manuel reivindic mentalmente a Julia. La inteligencia de la abogada estaba ms all de su capacidad, pero lo estaba conduciendo hacia la libertad. Informes laboratoriales nuevos concluyeron que el polvillo blanco no era cocana sino un polvo abrasivo para limpiar dentaduras postizas, y Manuel tena todos sus dientes naturales. Tambin, result que el famoso revlver de gran calibre Smith Wesson 1914 tena el percutor roto. Y tambin el siquiatra judicial revis un informe anterior, a la luz de nuevos elementos y Manuel Arza no era psictico, sino ocurri que en el primer examen el paciente mostraba un gran stress de angustia y un temor anulante del raciocinio que fueran mal interpretados, pero en el segundo revelaba una siquis normal, controlada y con una percepcin lcida del entorno y las circunstancias. El asesino cnico y drogadicto desapareca y apareca un hombre vctima de una serie de errores de apreciacin.
Los mismos expertos que revisaran el manuscrito de Elena revisaron el archivo de Manuel, y concluyeron que eran apuntes lcidos, inocentes, de una relacin curiosa entre la escritora y su informante. Los archivos de Manuel eran la realidad y el manuscrito de Elena la fantasa, la dramatizacin en la que visiblemente, Elena haba realizado una pintura ms literaria de su Manuel convertido en Carlos.
Dos meses despus, sali en libertad. Liberan a Manuel Arza por falta de mritos, deca un titular de diario. Se escribieron algunas crnicas sobre el misterio del crimen no aclarado y se teji la teora de un paseo romntico a Ypacarai que termin en tragedia, cuando dos forajidos asaltaron a la pareja. Y despus, el tema perdi actualidad e inters. En las siguientes elecciones, el senador Garelli no figur en la lista ganadora. Un pesado camin transganado embisti en la ruta a un Ford Corcel brasileo, sin luces traseras y murieron los ciudadanos Niceto Escobar y Sebastin Bentez. El senador empezaba a borrar archivos. Slo los fantasmas lo vieron, pero en el mismo instante en que el Ford Corcel era aplastado, una paloma azul sali volando de la tumba de Elena y se perdi en las alturas.
Cuando Manuel sala de la crcel de Tacumb, con su archivo bajo el brazo, le estaban esperando Julia y Magdalena. La resplandeciente Julia haca perfecto juego con el elegante Mercedes. Magdalena resultaba incongruente. Los condujo hasta donde poda llegar el Mercedes, que era el mismo sitio en que pudo llegar aquel taxi que conduca a una mujer quebrada y su improvisado amigo.
Al despedirse, Julia sac del portaguantes del auto un sobre de papel madera y se lo entreg a Magdalena. Dijo adis, puso en marcha atrs, maniobr y se fue. Magdalena abri el sobre. Dinero. Gruesos fajos, dinero en cantidad que ninguno de los dos viera en su vida.
Recompensa? Premio? Parte del botn? Imposible descubrir el misterio tras la sonrisa de ngel de Julia. Manuel decidi no pensar, porque si pensaba mucho, llegara a la conclusin amarga de que ese dinero era el precio de la vida, la ilusin y los sueos de Elena. Muy poco para tanta prdida. Las alas quebradas de una paloma azul valen ms que mil fortunas.
Podan mudarse arriba. Y lo hicieron. Compraron una casa modesta, pero casa, donde Magdalena llev su cama, su divn y sus hijos, y Manuel su archivo y su mquina de escribir. Poda intentar ser escritor. Tena su archivo y su mquina de 75 palabras por minuto. Y tena a Magdalena, que haba ido al dentista y al saln de belleza y el resultado daba una vikinga esbelta y demasiado maciza, pero adecuado para la Jefa de Personal Obrero de una fbrica de cigarrillos muy conocida. Formaban una pareja comn, aunque a Manuel no poda dominar su costumbre de llamar mam a Magdalena. Una noche, se lanz a la aventura. Coloc el papel en blanco en la mquina, puso el ttulo que vena imaginando, Cita en el San Roque con la paloma azul, por Manuel Arza, y empez a teclear, no a 75 palabras por minuto, porque no era una escritura, sino un testimonio. Quizs le publicaran alguna vez y empez: Los diarios y los comunicadores de la radio lo llamaban barrio marginal.... 



Magdalena
Apuntes en mi diario para una novela. Cuaderno de notas de Elena Rivas. Estoy comenzando estos apuntes en abril de 1999. Mi primera novela, Rosas para una ausente, no me gust. Pasatista. No era lo que quera escribir. Creo que tengo condiciones para hacer algo ms trascendente. 
Tambin creo que ya pas bastantes amarguras para conocer los anhelos y los sobresaltos de la gente. La denuncia es un compromiso, y me acaba de ocurrir algo que me puede ayudar. En la mencionada tesitura estaba trabajando en mi nueva novela cuando conoc a un hombre raro, mezcla de rufin y caballero. El relato que escribo a continuacin es tal como las cosas estn sucediendo, y lo que valga la pena de l lo transcribo a la novela. Trato en mi novela aplicar el mtodo que me ense el Profesor Rodrguez, que es escribir primero el esqueleto, imaginario o real, y despus se va rellenando. Ventajas de la IBM que me regal el Baboso. Un juguete para su beb o un adorno para el departamento, pero aprend a manejarla y por cierto que me es til. La mquina es maravillosa, hasta te corrige, te recuerda fechas, hechos. Inteligencia artificial al servicio de la natural.
Conoc a Carlos Arza, lo llamar as, el lunes de noche en el San Roque. Siempre voy al San Roque, con la esperanza de encontrar alguna amiga o amigo y charlar. Es una de las pocas libertades que me doy, o que me da el Baboso. Hay que soportarlo. Ya vendrn tiempos mejores. El hombre estaba sentado en una mesa, vestido con un traje andrajoso y sucio, pero me llam la atencin su porte que sera el de un buen mozo si fuera algo ms aseado. Me miraba con insistencia y haba terminado de comer una cena de mendigo, empanada con pan, me pareci. Un aura de fracaso lo envolva y si estuviera en un lugar menos ventilado estara acosado por moscas que vuelan a su alrededor, como alrededor de un cadver. Su mirada insistente me molestaba. Era una mirada cnica, de sujeto capaz de aferrarse a cualquier oportunidad a mano.
Era un hombre definidamente extrao. Como de 30 aos y haba en su porte como un resabio de tiempos mejores, como buena dentadura y sus maneras poco toscas como poda esperarse de un pobretn analfabeto. El traje que vesta era de buena calidad aunque ya casi convertido en harapos. Suerte que no llevaba corbata, porque un vago con corbata es la imagen ms pattica del harapiento. Y lo que ms me llam la atencin fueron sus ojos, oscuros, profundos y vivaces como los de un gaviln, saltando de una u otra mesa como las del pjaro que busca una prensa en el matorral.
La idea se me ocurri de golpe. Si estaba buscando un tema para mi nueva novela que metiera el dedo en las llagas de la injusticia social, ah tena un nufrago hecho y derecho, un hombre joven sumido en la indignidad y quien sabe en qu abismos de cada. Un humillado, un aplastado, un vencido. Droga, alcohol. Todo su aspecto sugera eso y mucho ms, porque la imagen de la derrota tiene muchos matices extraos, y el hombre que me miraba con insistencia pareca un derrotado que no naci as, en cuna de frazadas viejas, sino que cay desde alguna altura.
Junt coraje y busqu la manera de establecer contacto con el sujeto. 
La encontr, simulando estar tomando notas y que no tena lapicera. Le pregunt gentilmente si tena una para prestarme y sac del bolsillo interior del saco una lapicera Parker, extrao en un hombre tan venido a menos, pero que confirmaba mi presuncin de una vida anterior distinta.
Conversamos, hablaba arrastrando las palabras, pero se expresaba bien, como un hombre educado, pero tena la mirada ms fra y calculadora que he visto en mi vida. Pareca pesar cada palabra en trminos de ventaja o desventaja. Y me confes (?) su mala situacin, contndome una historia doliente de la prdida de un empleo, la muerte de su madre y su cada que lo llev a habitar una especie de cueva en los bajos. El clsico mentiroso que busca despertar el instinto maternal de la mujer, con los elementos acostumbrados, madre muerta, echado de un buen empleo, y otras consideraciones de las que mueven a lstima. Evidentemente menta porque no asuma responsabilidad alguna en su desgracia, y culpaba de ella a la sociedad, a todos, hasta a Ortega y Gasset.
Contaba su falsa tragedia y no miraba en los ojos sino con la vista en el plato vaco, y cuando me miraba era un relampagueante vistazo de cazador que estudia el efecto que va haciendo en su presa. Me convenc de que el sujeto estaba latente el material -la cada humana- que yo necesitaba para mi nueva novela. Pero empezaba mintiendo, y si menta, el material resultara falso, y seguira siendo falso, en la medida en que yo manifestara inters por sus relatos. Yo no andaba buscando las fantasas de un perdido, sino las verdades de un hombre cado y la naturaleza del mundo elemental en que fuera empujado a vivir, cmo y con quines viva y sobre todo, cmo era la sociedad de almas sin norte que pueblan los bordes miserables de la ciudad, o lo que es lo mismo, en las entraas, como parsitos, de un pas en quiebra social, moral y econmica.
Con estos elementos tuve la oportunidad de forjarme una estrategia muy simple. Le cont a mi vez que era escritora, que deseaba escribir una novela y que crea sinceramente que l poda proporcionarme material recogindolo en sus experiencias vivenciales en la parte baja de la ciudad. Le dije que le pagara por el trabajo y la codicia se ilumin en sus ojos oscuros. Pero presumo que su alegra dur poco cuando le dije que haba que cumplir requisitos, entre ellos, el de ceirse estrictamente a la verdad. Se apresur en jurarme que de su boca no saldran nada ms que verdades, y lo dijo con tanta ansiedad, que dud razonablemente de su sinceridad. Es que la necesidad nos hace jurar cualquier cosa, y en mayor grado, cuando la necesidad no es satisfacer el hambre sino adems satisfacer el vicio como la drogadiccin y otros en que caen los espritus dbiles y enfermizos.
En medio de dudas, decid ponerlo a prueba y se lo dije. Crey el individuo que me refera a un detector de mentiras o alguna sesin de hipnosis pero le saqu de semejantes creencias. La primera prueba sera, nada ms y nada menos, contarme la verdad de su cada, por cuanto no crea en absoluto su versin lastimera que en principio quiso hacerme creer. El hombre no era tonto, y a su vez, decidi probarme a m, o lo que es igual, probar mi intencin o capacidad de pagar sus servicios. No tuve otro recurso que demostrarle mis buenas intenciones adelantndole una pequea suma de dinero, all mismo. Se convenci de que el trato era correcto y que no estaba tratando con una mujer tonta o ilusa sino con otra persona que conoca tanto como l, o ms, de la naturaleza humana.
As, el hombre lleg a la conclusin que yo esperaba. Lo nico de valor que tena para vender era la verdad y que tena delante una mente alerta capaz de descubrirle en sus mentiras. No creo que le haya sido difcil gimnasia espinal decir la verdad porque no tena nada que perder y algo que ganar, y en esas condiciones, el pudor de desnudarse, desnudar su alma o abrir el pozo de su memoria, es muy poco slido.
En cierto modo -batalla de voluntades, se llama-, lo tena prisionero, y confieso que eso me produjo una complacencia casi ertica. 
Una fiera domada no es el resultado de un trabajo fcil, y en m, germinaba la idea de incluirlo, tal como era, personaje realista, en mi novela.
A manera de rendicin, se oblig a decirme la verdad de su cada. 
Efectivamente, vivi en la parte alta de la holgura y comodidad que le proporcionaba su empleo como protocolista, una especie de dactilgrafo veloz que se especializa en la prosa estril y con pocas variables de las escrituras. Perdi el empleo cuando falsific una escritura de compraventa que el escribano, su patrn, firm de buena fe, fue descubierto en los registros judiciales, y el anciano caballero de larga carrera, sin tachas en el ejercicio de su honorable profesin fue suspendido de su licencia por dos aos, cayendo por esta razn en una depresin que lo llev a la muerte.
Su participacin en el fraude no fue demostrada, o l no tuvo la grandeza de confesar su participacin o quizs su culpabilidad total, y se salv de una pena severa, pienso yo, mas qued sin empleo, con el agravante de que tena a la madre enferma que viva gracias a un medicamento caro que ella misma financiaba administrando sus ahorros que alcanzan en lo justo para solventar su caro tratamiento, con una droga que al parecer la salvaba de morir entre convulsiones, por el Mal de Parkinsons, o al menos, as lo entend.
La prdida del empleo supuso serias consecuencias en el hogar de la anciana. La primera y ms importante fue que con sus escasos ahorros deba solventar su tratamiento mdico y al hijo desempleado al mismo tiempo. Y aqu llego a la primera conclusin sobre el carcter depravado de Carlos, cuando coleg sin duda alguna que en aquel trance, una madre en su situacin espera o no espera pero resulta lgico, un acto de grandeza del hijo que renuncia a su propia comodidad en beneficio de la salud, o quizs de la vida, de su madre, como salir a buscar trabajo, cualquier trabajo, por humillante que fuera, y liberar as a su madre del compromiso de mantenerlo.
No puedo sino pensar que Carlos dej morir a su madre, como advert sin mucho esfuerzo en las entrelneas de su relato. Trataba de ocultarlo bajo el disfraz de los hechos objetivos, pero como bien se sabe, los hechos objetivos disfrazan pasiones y vilezas y los disfrazan mal. No obstante la transparencia que dejaba entrever su maldad, ni sus maneras, ni sus ojos, ni sus palabras revelaban culpa alguna. Una bsqueda en mis libros de sicologa dara por su resultado la palabra amoral.
No me precio de muy inteligente y perspicaz y no fue una hazaa descubrir que Carlos me proporcionaba verdades a medias porque al fin de cuentas ninguna confesin es completa ni an en el confesionario donde el pecador slo muestra una cara de la moneda, pero la otra se puede vislumbrar con un poco de tino.
Ca en esa instancia en la cuenta de que el juego sera siempre de esa manera. Tena que asimilar todo lo que me enseaba y colegir lo que me ocultaba, por pudor en el que no creo tanto, por vergenza que pareca imposible en l, o por algn resto de autorrespeto que sobrevive hasta en el ser humano ms cnico, que es la explicacin ms plausible de su doble discurso.
En su relato pas muy velozmente sobre las circunstancias de la muerte de su madre, y quiso disfrazar el derrumbe del escribano manifestndome que era de esperar en un anciano de setenta aos que no sobreviviera a un shock tico como el que sufri, y del que sobrevivan fcilmente profesionales ms jvenes y sanos. Pas por alto estas formas de tcita exculpacin con que pretenda suavizar sus responsabilidades. 
Para l, el viejo est condenado a morir por viejo, y los dems slo tienen que verlo morir, sin gesto alguno de ayuda o de socorro.
Le plant en la cara mi incredulidad absoluta de que viviera con su madre en una casa alquilada. Generalmente, si una viuda hereda bienes que le sirven de ahorro y soporte, tambin hereda una casa porque en los buenos tiempos antiguos, el hombre que se casaba y formaba una familia, no lo haca sino despus de tener la seguridad de una casa. Ms que el matrimonio mismo, la casa era el punto de partida inexcusable de un destino que empezaba a compartirse, rezago de las tradiciones seoriales espaolas que lastimosamente vamos perdiendo.
Se arrug ante mis razonables argumentos y mi amenaza de interrumpir el contrato y confes que realmente hered la casa. La puso en venta y cuando la vendi, puso el dinero en una financiera que -oh justicia potica!- quebr, y desapareci su sueo de vivir holgando de los intereses, y apareci el fantasma de la miseria que lo llev a refugiarse en el bajo, por comodidad o por incapaz de asumir algn trabajo aunque fuera humilde y honorable. Arga que buscaba trabajo afanosamente, y que sus credenciales eran insuficientes porque no saba ingls ni computacin. 
Toda una tontera, porque existen trabajos en los que tales requisitos no son necesarios, solo que son trabajos ms modestos, y al parecer, su meta, al buscar trabajo, era encontrarlo, pero cmodo y rutinario como el que haba perdido en la escribana. Y eso s, en estos tiempos, resulta difcil.
A esta altura de las cosas ya tena el perfil bastante realista de mi informante-personaje. Holgazn, mentiroso, se crea astuto y lo era muy poco, al menos as lo pens entonces, y no tena escrpulo alguno para sobrevivir a cmo fuera, pero sin complicarse la vida. Esta falta de escrpulos lo haca peligroso, porque era un hombre inteligente, creo que con la secundaria terminada, bachiller contable, o algo as y su conversacin denotaba que era hombre, o lo fue, de alguna lectura.
Consider al principio poco relevante anotar que en una de las conversaciones que sostuvimos, me confes que quera ser escritor. Al principio, pens que lo deca para ganarse mi simpata, simpata gremial, se dira, pero con el tiempo me fui convenciendo de que su antojo era ms que eso.
Lo real es que nuestra primera entrevista fue provechosa porque tuve por primera vez un personaje de carne y hueso que tena muchas posibilidades. No un protagonista, porque la protagonista sera yo y mi dolor el argumento, y Carlos un personaje secundario, aunque importante. 
Si mi pretensin es que mi novela tenga altas vibraciones sociales, tena delante mo un ejecutante en el ensordecer concierto de la miseria que nos va saturando.
Hicimos el convenio. l me proporcionara el material de su vida y de su entorno msero y lleno de carencias, con verdades y con nada de imaginaciones mentirosas y fantasas, un material que si saba manejar satisfara mi sueo de escribir una novela de denuncia social, como bien la hace falta a esta sociedad enferma.
Convinimos que nos veramos los lunes y viernes -los das que me permite salir el Baboso, con el coche-, all mismo, en el San Roque.
Despus de esa inesperada primera cita con Carlos, volv al departamento y me llev trabajo hasta la madrugada anotar todo de la extraa experiencia, dejando para el da siguiente insertarla en Memorias de una paloma azul, ttulo provisorio de la novela que estaba escribiendo, y despus cambiara a MAGDALENA, el nombre de una extraa mujer, prostituta, que ms tarde apareci como enganchada a los relatos de Carlos y con la cual encontr una coincidencia casi metafsica con mi propio drama, habida cuenta de que si de prostitucin se trata, yo tambin la ejerca a mi manera, con diferencia de matices, pero igual en el fondo.
Mi novela era tambin el relato casi intimista de mi cada, en primera persona, y si el Baboso se enterara de que figura en ella, se morira de susto, y me costara mucho explicarle que la realidad es realidad y la novela una fantasa. Sin embargo no haba peligro mayor de que el Baboso quisiera leer lo que yo escriba, porque no le daba importancia alguna y crea que mi tarea de escritura era cosa de tipeja loca con nfulas intelectuales. Por otro lado, yo saba que lo intimista en una novela es apenas el fondo y si la forma, el relato y los personajes son vigorosos en su maldad o en su generosidad, la novela toma cuerpo y resulta trascendente. Por eso tomo estos apuntes a mano, evalo cuidadosamente la densidad de esos apuntes, los transcribo a la novela, y la novela est en las profundidades de la memoria de la computadora, a la que instal una clave personal para abrirla.
El Baboso no poda quedar al margen, si de la historia de mi cada se trata. En rigor, l es mi ascenso y mi cada al mismo tiempo, pero contar solamente eso, sera contar un argumento vulgar, repetido y conocido. No obstante, en lneas generales, se trata de una corriente historia de mutua seduccin de los tiempos modernos. El Baboso es un referente importante como dicen los periodistas, de la situacin poltica, del poder. Lleg a donde lleg pagando y comprando, hasta alcanzar su curul de senador de la Nacin. Conquist como anhelaba, el poder, y bien se sabe que el poder produce dos efectos inmediatos en los hombres, los engorda irremediablemente y los vuelve mujeriegos. La credencial ms estimada, en el segundo caso, es tener una amante joven, cosa que hasta socialmente, en estos tiempos, es buen vista, y religiosamente tambin, si tenemos en cuenta que vi por la televisin cuando el Obispo le daba la comunin a un poderoso tres veces divorciado y cuatro veces casado, cuando que segn lo que s de estos menesteres, debi estar tres veces excomulgado. Pero es mejor no meter en mi novela estas cuestiones de tica, o poltica, de la Santa Iglesia Catlica.
Lo de la mutua seduccin, es una manera de decir. Yo ya estaba alcanzando los 28 aos, fatal para una modelo que en estos das son cada vez ms jvenes, y algunas pberes, me llamaban cada vez menos para modelar y apenas poda con los gastos de la Facultad. Hasta que apareci el Baboso dispuesto a comprar su sello de virilidad y yo estaba ms que dispuesta a aceptarlo todo, en beneficio de mi carrera. La nica condicin que puse, y que l acept a regaadientes, fue que yo terminara mi licenciatura, de la manera menos pensada. Iba y vena a la Facultad con un coche y chofer. De la Facultad al departamento y del departamento a casa. 
Yo crea de buena fe que ese cepo permanente sera cosa de los primeros tiempos, pero me equivoqu.
En mi novela inserto deliberadamente mis experiencias. Los crticos inteligentes descubrirn que hay en el contexto general una lnea autobiogrfica, pero si eso sirve para ensalzarme como buena escritora y hundir al Baboso, en buena hora. Habr conseguido mi objetivo, mi libertad y mi fama.
Est all todo. Las peleas de mis padres y el hartazgo que me produjeron. El divorcio y las ganas de cada uno de ir por su lado sin llevarme de lastre, cosa que me hizo feliz porque me dio oportunidad a refugiarme en casa de ta Rosario, que fue en sus buenos tiempos Miss Paraguay, y en la noche su coronacin fue secuestrada por el Edecn del Presidente, un Coronel Ferrera, que la tuvo cautiva y en calidad de esclava sexual durante un mes en la suite matrimonial del Hotel Guaran, hasta que se cans de ella. Despus tuvo una sucesin algo numerosa de amantes, fue envejeciendo y los amantes escasearon hasta no quedar ninguno. Yo fui el consuelo de su soledad y quiso hacerme su desquite hacindome modelo y despus de modelo una Miss Paraguay que supiera cuidarse de los coroneles libidinosos. Felizmente no vivi para ver dnde y cmo termin mi carrera de modelo.
Mi vida es la vida comn de una amante joven de un viejo celoso y los detalles de mi vida sexual, si as puede llamarse al jugueteo estpido que hacemos lo dejo para un captulo especial, nada importante, porque lo que s interesa a una buena novela, son las causas y los efectos de una servidumbre forzosa y degradante que convierten la vida en un calvario, rentable, pero calvario al fin, incluida la renuncia a la juventud y la vida que est implcita en el compromiso sexual que el Baboso trata de convertir en un romance, y se lo hago creer.
Insertar a Carlos en la novela no va a ser muy difcil. Y si lo fuera vale la pena el esfuerzo. Adems, tengo todo el tiempo del mundo con la vida regalada que he alcanzado con los favores del Baboso que me desobliga de todo, e incluso me permite usar el coche los lunes y viernes.
Ms tarde, tuve una nueva entrevista con Carlos en el San Roque, y l traa su informe mecanografiado. Me sorprendi porque maneja bien el idioma y su escritura, aunque carente de fuerza, es correcta. En su escrito describa bastante bien el clima social primitivo y brbaro del barrio bajo donde vive, revelndose como un aceptable observador. Describe a la gente y sus miserias, pero sin lstima ni emociones, y de compasin mucho menos, como un curioso que mira por el microscopio la vida de las bacterias. Quiso hacerme una trampa, como poda esperarse, relatndome un accidente que sufriera una mujer a la que calific de vendedora de billetes de lotera, que fuera atropellada por un automovilista y llevada a la sanidad de urgencia en una ambulancia. Pretendi convencerme que volvi a encontrar a la mujer en el hospital donde fuera llevada y por donde l pasaba de casualidad. Despus, ante mi incredulidad bien manifestada confes que para cumplir el convenio conmigo, haba ido deliberadamente a ver a la mujer en su lecho de dolor, y dijo que la ayud a volver a su casa con la pierna inmovilizada, porque se haba fracturado ms arriba de la rodilla.
En principio, supuse que estaba inventando todo para mi beneficio y para el suyo, desde luego. Mas haba algo de verdad en su historia porque su descripcin de la mujer era bastante vivaz, real, aunque para lo dems tuve dudas, como que slo entonces conoci a la mujer. En un accidente tan serio donde incluso aparece una ambulancia, necesariamente hay intervencin policial, y de eso no hablaba nada. Tampoco mencionaba al automovilista, si huy o se qued a auxiliar, como tampoco apareci en su relato ninguno de los abogados que en esos sitios estn a la pesca de una demanda por indemnizacin.
En sntesis, conclu que me informaba substancialmente una verdad, pero manipulada a su conveniencia, en la cual l apareca como un inesperado buen samaritano dispuesto a ayudar piadosamente a una mujer necesitada de auxilio, y por aadidura desconocida para l. Le hice creer que me tragaba su historia, no porque me interesara la historia en s, sino el personaje real que surga de la misma, la tal Magdalena, al parecer, esforzada luchadora y madre de tres hijos, sobreviviendo en un medio hostil y alejado de la mano de Dios.
Sin embargo, como la citada Magdalena me atraa, al da siguiente, despus del telefonazo del Baboso, que siempre llama a la misma hora para comprobar que estoy en casa y trabajando (a veces lo hace tambin en horas inesperadas), hice la escapada y fui en taxi a la plaza Uruguaya, donde se haba producido el accidente. Averig y comprob charlando con las otras vendedoras de billetes de lotera, que efectivamente sucedi el accidente, pero no apareci ambulancia alguna, sino el mismo automovilista que la atropell, la llev a la sanidad de emergencia y por la rapidez de todo lo que pas no hubo oportunidad de intervencin policial. En cuanto a Magdalena, s, era una mujer a su manera bastante activa, vendedora billetes de lotera durante el da y por la noche prostituta en ese mismo mbito algo catico de la plaza Uruguaya. Adems, las colegas de Magdalena, en la venta de billetes, digo, confirmaron que s tena tres hijos, que tena costumbre de cambiar con mucha frecuencia de hombres y que en la actualidad, andaba metida, as dijeron, con un vago buen mozo que, por la descripcin, era evidentemente Carlos. As que Carlos me estaba vendiendo a su mujer, que oportunamente se accident para proporcionarle material. Confieso que llegu a pensar que Carlos era muy capaz de haber empujado a la mujer para que fuera atropellada y tener as material para venderme. Pero eso ya es hilar muy fino.
En todo caso, Carlos me cont, o invent, una crnica de la vida de Magdalena bastante creble y no tuve ms remedio que reconocer que tena mucha capacidad de observacin y mucha imaginacin para disfrazar la realidad de lo que vea. Existan elementos que pudieran ser verdad, como la ruina familiar de Magdalena, los sucesivos hombres en su vida, el inesperado refugio hallado en una casa fantasmal habitada por un anciana invlida y su enfermera demasiado generosa para ser real, sus tres hijos, y la recompensa en joyas para la enfermera, y de un rosario de oro para Magdalena, que supongo no fue recompensa, sino fruto del saqueo que perpetraron la enfermera y Magdalena de la casa, cuando la anciana se mora, algo bastante comn en la historia trgica de las ancianas abandonadas por su familia y confiadas al cuidado mercenario de las profesionales de ese oficio. El espritu de rapia siempre esta vigente en este tipo de servidumbre, y se afila cuando la impotencia inmoviliza a la damnificada. Y ms an la muerte, como en este caso, de la desgraciada doa Petrona, abandonada por su familia y presa del rencor, ocultando sus bienes.
La descripcin de las relaciones, puramente platnicas, que se estableci entre Carlos y Magdalena, era una fantasa estpida, como tambin otros episodios tontos, en que Carlos, el bonachn e inocente, aparece acosado por los esbirros del Baboso, y para calmar su terror, Magdalena le provee de un revlver para defenderse. Esto convencida de que tal revlver, as como la saa de los esbirros, son pura imaginacin elaborada para estremecerme. De dnde va a sacar un arma una pobre diabla como Magdalena? Carlos intenta sugerirme que el arma sali del mismo escondrijo de las joyas, pero la mentira cae por su propio peso. Las viejas damas quizs atesoren con amor viejas alhajas, pero le tienen terror a las armas. Si el arma existi, ella la hubiera dado a los hijos, llvense esta cosa de mi casa, etc..
Sin embargo, Magdalena, como vctima de la injusticia social y de la discriminacin brutal con las mujeres reducidas a objetos de uso placentero por los hombres, era un material slido que emerga de la hojarasca imaginativa de Carlos. Y el mismo Carlos era real en su descarado papel de informador supuestamente escandalizado de los sufrimientos del prjimo. Carlos no slo me venda la imagen de Magdalena, sino tambin, sin darse cuenta, se venda a s mismo sin saberlo, y desde luego, sin saber que yo vea sus mentiras tan transparentes que fcilmente adivinaba la verdad detrs de ellas.
Me regocijaba incorporando estos personajes a mi novela. Jams la imaginacin pura me hubiera proporcionado personajes tan vivaces y tan crebles. La vida suele ser ms rica que la ms rica de las imaginaciones, sola decirnos el profesor Rodrguez, y los hechos le estaban dando la razn.
Trabaj mucho incorporando a Carlos y Magdalena a mi novela. Y no fue tan difcil como pensaba, porque estaban formando parte de una historia que al fin era la ma, y los dos personajes contribuan a sacarla de un relato lineal para adornarlo con matices inesperados, plenos de vida y de verdad, al menos eso pienso.
Con toda seguridad, Carlos y Magdalena tenan una relacin ms tempestuosa, cruda y corrupta que la que el hombre quera hacerme digerir, adornando sus informes con datos irrelevantes como que Magdalena usaba en su msero rancho manteles y cubiertos a la manera burguesa y como una rebelin contra sus miserias. Adems, sus informes a veces se extendan a la descripcin de ese medio miserable en que vivan y a determinados personajes siniestros y viles del pobrero marginal, que los acept como ciertos, pero no como testimonio de Carlos, tan indiferente a los infortunios ajenos, sino proporcionados a l por Magdalena, que es mujer, y bien se sabe que la mujer, aunque cada en el abismo moral, conserva siempre una capacidad de percibir y a veces solidarizarse con los sufrimientos ajenos. Estaba segura de no equivocarme, al concebir que Carlos y Magdalena urdan juntos los informes bordeando los lmites de la verdad y de la mentira, para conmover a esa chica tonta que se crea escritora y pagaba por los informes.
Y de otra cosa tambin estaba segura. Que de la misma manera en que yo estaba utilizando a Carlos y Magdalena para enriquecer mi novela, Carlos me estaba utilizando a m para intentar escribir la suya. En aquella oportunidad que me dijera que quera ser escritor, hablaba en serio y debo reconocer, por la pulcritud de sus informes, que sera capaz de escribir alguna vez algo coherente. Adems, cometa el desliz de encabezar todos sus informes con la palabra sntesis, quizs por costumbre profesional de dactilgrafo veloz. En ese punto, mi conclusin era fcil, pues si los informes eran sntesis, significado que eran el resumen de un texto mayor y ms completo, de algn manuscrito que estaba elaborando l, quizs como novela, quizs como informe. 
Descubr tambin que haca esa tarea extra, cuando en forma que quera ser sutil, me haca preguntas personales, tan ntimas que hasta quiso saber si yo era lesbiana. Lo mand al diablo y se disculp rpidamente aduciendo que haba llegado a tal conclusin a partir de mi manera de vestir, por cierto nada seductor para los hombres. No consider necesario ni oportuno, a pesar de mi femenino orgullo herido, confesar que semejante forma de vestir era imposicin del Baboso. Carlos no era el interlocutor ni el confidente adecuado para tales revelaciones.
No obstante, la observacin haba revelado una agudeza de la que deba cuidarme, as como me cuidaba mucho de dar el ms mnimo aliento a ciertos avances de tipo sexual a que se atreva con los ojos brillando de lujuria y de codicia. No me atreva a demostrarle la repulsin que senta, porque ese tipo de rechazo ofende a los hombres, y en el caso de Carlos, se agudizara su evidente maldad.
Continuaron nuestras ya difciles relaciones con aires de guerra soterrada, l tratando de minar mis defensas y yo encerrando detrs de un hermetismo deliberado mi vida y mis emociones. Cuanto ms supiera yo de l, mejor. Cuanto menos supiera l de m, mejor que mejor. Pero a pesar de todo, se enter de mi modus vivendi y de mi relacin con el Baboso. Colijo que se enter por don Jaime, el mozo del San Roque, el viejo que extraamente, era el nico que serva mi mesa cuando yo iba all, por instrucciones del Baboso, supongo. Adems, resultaba para el mozo en cuestin, fcil deducir las cosas cuando que yo no pagaba en efectivo mis consumiciones, sino firmaba la cuenta, y alguien relacionado con el Baboso concurra a pagarla. De ah a sacar conclusiones faltaba poco, o nada.
Podra ser tambin que Carlos se enterara por confidencias de Niceto Escobar y Sebastin Bentez, los dos mercenarios del Baboso que donde quiera que yo fuera, siempre estaban cerca. Los dos individuos habran tomado nota de mis encuentros con Carlos y establecieron contacto con l, supongo. En primer lugar, para informar al Baboso del tipo de relacin que me una a Carlos, y en segundo lugar, para sacar provecho de lo que saban. Y en eso de sacar provecho, estaba ms que seguro que Carlos colaboraba, codicioso e inescrupuloso como era. Un tro capaz de hundir la Repblica.
A m, el Baboso no me interrogaba para nada al respecto. Crea ms en sus esbirros que en su amante. Y al respecto, cuando Carlos me inform que haba sido convocado por el Baboso a su casa de Mariano Roque Alonso donde le someti a un interrogatorio, no supe a qu atenerme. Si la cita fue realmente intencin del Baboso o una maniobra de los tres para provocarla y sacar algn tipo de provecho, como un pago extra por una vigilancia ms celosa, o algo parecido. En cosas de dinero, el Baboso es bastante ingenuo, cosa corriente en personajes que creen que el dinero lo compra todo, yo lo s por experiencia, como lo deben saber tambin por experiencia los dos malandrines bien poda ser ya tres, y que le hacen creer que es un Al Capone. No s, me confundo. Lo subyacente en m es la sospecha de una conspiracin que tiene por objetivo al Baboso, o mejor dicho su dinero. Veo en Carlos al espritu retorcido capaz de tramar algo oscuro y rapaz. Con sus mismos argumentos puedo decir que entre los tres, l es el ms inteligente y acaso el menos escrupuloso, y bien poda estar arrastrando a los dos brutos a una conspiracin, incluyendo en ella a la pattica Magdalena, una bruta mujer seducida por la condicin superior que indudablemente tiene Carlos, con respecto a ella. En cierto sentido, el Baboso es vulnerable, tan vulnerable como quien cree que el poder lo puede todo y el dinero una herramienta de dominacin, sin enterarse sino demasiado tarde que a veces se vuelve contra el que la empua. Lo riesgoso del caso es que toda conspiracin pasa necesariamente por m, y me atormento pensando mucho y preguntndome si la servidumbre de Carlos al Baboso es de verdad, y si yo soy sino una pieza en una maquinaria perversa montada por los tres malandrines, o por Carlos, manipulando a los dos malandrines y a Magdalena. Esto ya va pareciendo una historia de los Borgia.
Lo cierto es que el relato que me hizo Carlos de aquella entrevista, logr el objetivo de que me saliera de mis casillas y perdiera mi serenidad y me arrepiento de semejante arrebato porque sin darme cuenta ya estaba contando a Carlos, con lujo de detalles el origen de la fortuna del Baboso. Que el Baboso hablara de m como una costurerita recogida de la calle y cabecita hueca me enfureci de veras y a ms de escupir su oscura historia familiar en forma estpida, decid en el calor de mi ira enfrentar al Baboso y decirle en la cara lo que pensaba de l. Pero lo pens mejor. Tena un objetivo y no poda darme el lujo de desplantes fuera de tiempo y oportunidad. Adems, llamara la atencin del Baboso que Carlos me hiciera confidencias, y a partir de all, se le ocurriran fantasas que alimentaran sus celos enfermizos.
Advert tambin sin mucho esfuerzo que las confidencias de Carlos tenan un propsito artero. Una mujer enfurecida con su amante busca otro para vengarse, y es as de simple. Y lo cierto era que Carlos me deseaba, o mejor dicho, deseaba una amante ms joven y mejor provista de fondos que su pattica Magdalena. Por tanto, que me hiciera esas confidencias hirientes, era una forma de acoso algo torpe, pero que en el primer momento logr por lo menos enfurecerme de veras.
Esta disparatada ilusin de suscitar mis deseos sala a la luz con mucha claridad. Usando mi dinero, vesta mejor, con estilo juvenil y deportivo, la barba cerrada siempre bien afeitada, y tena, a su manera, un atractivo sexual que hubiera funcionado si no se adivinara detrs de la fachada, al individuo egosta, calculador y perverso que era. Por lo dems, me acostara con Drcula y no con ese proxeneta.
Consider seriamente cortar la relacin que haba establecido, por la imposibilidad de que Carlos se atuviera a las normas. En una y mil formas, siempre estaba tratando de sobrepasar los lmites, con un acoso siempre latente, pero me proporcionaba material importante, y bien vala el esfuerzo de tenerlo a raya. Por otra parte, en el aspecto sexual, Carlos me causaba la misma repugnancia que el Baboso. Los dos y por distintas razones seran repulsivos como compaeros de cama, el Baboso porque es notorio que en la cama hace valer su dinero, y Carlos hara valer su codicia. En el fondo, soy una lrica incurable que piensa que el condimento feliz del sexo es el amor. Adems, hacer el amor con el proxeneta de una prostituta, sera degradante moralmente o insalubre y peligroso, tanto, que me reproch de estar pensndolo.
Por si todo eso no fuera poco, los papeles se haban confundido. Yo no tena recursos para apartar de mi vida a Carlos, y si le dijera que el convenio termin y que le fuera bien, ya saba dnde encontrarme y posiblemente hasta dnde vivo, por confidencias de sus compinches, y poda complicarme la vida. No poda tampoco exigirle al Baboso que apartara de m a ese sujeto que se haba vuelto molesto, que para eso tena a sus dos vigilantes. Pero Carlos era muy capaz de referirse a mi lengua suelta con la historia de la fortuna familiar. En ese punto, el Baboso no transiga, la historia paterna era su taln de Aquiles, y era muy capaz de sacarme a empujones del departamento, si saba que yo saba, y peor, que la haba contado a un vago, por aadidura, a su servicio.
Una variante del permanente acoso a que me someta Carlos, era hablarme de la dignidad humana y de la libertad. Deca que ramos prisioneros del poder y del Dinero, y que esa servidumbre nos debera unir para buscar nuestra liberacin. Hasta pareca convincente, porque converta en palabras lo que yo senta en el fondo, y su argumento de usar nuestra inteligencia para nuestra revolucin de dos, me pareca razonable y valiente hasta que le miraba a los ojos, y en ellos no haba nada de sinceridad, sino clculo, una artimaa ms, una manera sinuosa de meterse bajo las murallas de mi fortaleza.
Su astucia llegaba al extremo de utilizar verdades para saturarme de sus falsedades. Tena razn en sus juicios sobre la situacin en particular que me tena doblegada al Baboso, y que supuestamente lo tena alienado a l mismo, pero en lo que falseaba era en su sinceridad. De alguna manera, el enemigo del poder abusivo, haba descubierto el poder de la palabra, y confieso que estuvo a punto de llevarme a actitudes extremas, quin sabe con qu consecuencias.
No descarto que Carlos quiera ser realmente escritor, y si lo fuera o intentara serlo, tendra a su disposicin la virtud que yo le reconozco sinceramente. Conoce el valor de la palabra, y aunque la utilice para el engao, bien tambin podra utilizarla para la novela, que al fin de cuentas, no es sino una gran mentira. Y en orden de cosas estara como el pez en el agua.
Quiero creer al respecto que Carlos tiene seducida a su Magdalena con el poder de la palabra, el falso gesto de generosidad y la solidaridad interesada. No me resulta extrao, porque si a m me compran con dinero, a Magdalena, alma extraviada, ser fcil comprarla con palabras, con mentiras, hasta su rendicin completa.
En ese aspecto; Carlos se convirti en la serpiente de mi tentacin. 
Imagino que la serpiente convenci a Eva de los placeres del amor, y le deca la verdad, porque el amor es placentero. Pero no le dijo que amar sera su perdicin. Carlos era mi serpiente, porque tena razn cuando deca que la nica virtud capaz de vencer a la brutalidad es la inteligencia, slo que no quera que la inteligencia me salvara, sino que me echara en sus brazos repugnantes.
Sin embargo, algo iba prendiendo en m, una suerte de rebelda ante fuerzas cargadas de antivalores que condicionaban mi vida y la hacan tan rspida y falto de sentido. Y no dejo de pensar que una de las experiencias que estoy recogiendo con Carlos, es que lo peor que le puede ocurrir a una prostituta, aunque sea de lujo, es ser inteligente y sensible. Yo soy de ese cuo, y duele. Me pregunto si Magdalena ser tambin sensible e inteligente, en cuyo caso su sufrimiento sera doble, porque no gozaba de las comodidades de un departamento, por lo menos, sino se arrastraba en el lodo de la comunidad ms miserable.
De alguna manera, aunque ser difcil, tratar de establecer en mi novela, el paralelo entre Magdalena, mi personaje, y yo, su creadora, o por lo menos, su cronista. Ambas somos mujer, y eso es lo esencial, y es esencial tambin que en tanto a mujer, ambas somos vctimas de una sociedad machista. A las dos nos toca un destino servil, de objeto y de provecho masculino. Nuestra prostitucin va mucho ms all de entregar nuestros cuerpos para los placeres del macho soberbio, porque anulamos nuestras almas y subordinamos nuestra voluntad a la voluntad del hombre dominante. Cada vez estoy ms convencida de que Magdalena y yo somos un solo personaje y tambin un solo grito de reproche a la sociedad hipcrita.
Un episodio que casi hizo volar todo por los aires como en una explosin de dinamita, fue cuando estando con l, con Carlos, digo, en el San Roque, en uno de nuestros encuentros, son mi celular y era el Baboso que me llamaba. Evidentemente estaba borracho, algo muy frecuente, y para demostrarme su poder me dijo que saba donde estaba, con quin estaba, cmo estaba vestido mi acompaante y en qu mesa estaba. Y que si yo quera ms, maana me dira hasta de qu hablamos. Cuando le sube el alcohol a la cabeza sufre de esos delirios, se vuelve el super amo y tiene que demostrarlo y hacer sufrir humillaciones a la gente. Suelo tomar con filosofa esos desplantes paranoicos, pero para mi mal, aquella vez, antes de venir haba tomado una copa fuerte en mi departamento y lo estaba mezclando en el San Roque con el licor de menta que me permita tomar. De esta suerte result que el beodo abusivo llam a la beoda rebelde. Me enfurec ms de lo necesario y me sent mal, tan mal que fui a vomitar al bao.
Viendo mi estado, y que as debera manejar el coche, Carlos se ofreci a acompaarme, y confieso que acept agradecida y pensando que alguna vez algo de humano aparecera en la superficie de ese hombre perverso. Otra vez me equivoqu, porque en el departamento intent violarme. Peleamos y a pesar de que me rasg toda la ropa, logr tener las piernas bien unidas hasta que renunci a sus propsitos. Le grit que estaba perdido, que lo contara todo al Baboso y sus dos esbirros lo haran pulpa. Ri descaradamente y me desafi a que contara lo sucedido, que l se defendera contando que yo le seduje y lo traje al departamento, que se supone l no conoca. Era su palabra contra la ma, y el juez un gordo celoso que en el peor de los casos nos hundira a los dos. Intu que perdera la batalla y lo ech del departamento, pero no hubo manera de echarlo de mi vida.
Seguimos aquella rutina que era placentera a veces y torturante otras. Me proporcionaba la crnica de Magdalena y la figura de esa pobre diabla creca en mi mente. Vala la pena soportar a aquel hombre, porque estaba enriqueciendo lo poco que saba de la naturaleza humana. Adems, estaba encontrando en Magdalena el modelo de las mujeres condenadas por la sociedad al servilismo y a la enajenacin de su condicin humana.
A Magdalena la entiendo como mujer, porque en cierto sentido yo soy otra Magdalena. No me canso en reiterar que somos dos caras de una misma moneda. A las dos nos une una misma servidumbre. Yo la rindo al Baboso y ella a su hombre, Carlos.
Estoy segura que las descripciones que Carlos me proporciona, de los personajes y del entorno, son cosecha de Magdalena. Veo en ella a la mujer aguda y de experiencia, acaso merecedora como yo, de mejor suerte. Pero de la misma manera que yo estoy sujeta al Baboso, ella est sujeta a Carlos, y su dependencia de l va hasta ayudarle a urdir sus informes. 
Enajenacin completa, Magdalena y yo. Creo que debo cuidarme de estas reiteraciones cuando transcriba mis apuntes a la novela.
Retomo estos apuntes despus de una pausa larga, es el mes de agosto y hace mucho fro. Han ocurrido sucesos importantes. La extrema perversidad de Carlos, que me minti ilusiones de libertad y de rebelda, prendi en m. En el fondo del oscuro pozo de su maldad, yaca la verdad iluminada por la inteligencia y la reflexin, y brillaba tanto que me encandilaba. Mentira en la intencin, verdad en las palabras, me fui saturando de las palabras de Carlos en la misma proporcin en que me alejaba de l. La consecuencia de todo fue una suerte de frenes de deseos, de vivir mi vida, ms all de mi rutina de pareja de lujo de un hombre vaco y vicioso.
Estaba ya en los 32 aos, viva rodeado de lujo pero nada era, ni es hoy, mo, ni el departamento, ni el coche, ni la IBM. Slo es ma la cuenta bancaria que es respetable pero nada generosa, y mi novela, enterrada en la memoria de la computadora.
Con realismo, pensaba que llegara el da en que el Baboso se cansase de m, se volviese impotente de viejo o encuentre otra compaera ms tierna. Me llevara una valija, el dinero del banco y mi novela, y ya estara un poco vieja para ilusionarme en conseguir un hombre bueno que se casara conmigo, me pusiera una casita con jardines al frente y me convierta en un ama de casa hacendosa y en una mam prolfica. Sueos de doncella, no apta para ex cortesanas.
Carlos fue el detonante de esta nueva situacin y el nuevo enfoque que le estaba dando a mi vida.
Y en esta coyuntura, aparece Pierre, el nuevo vecino. Francs, cientfico y soltero. Lo haba entrevisto cuando se mud al 9B, pero no le di mucho inters. Ms tarde, tuvimos oportunidad de hablar cuando coincidimos en el pequeo ascensor, y l deshacindose en disculpas trataba de acomodar una inmensa arpa paraguaya en el reducido espacio. 
Tomamos a risa la situacin y como quien dice, se rompi el hielo. 
Ocurrieron las cosas como siempre, yo le dije que me llamaba Elena y l me dijo que su nombre es Pierre, que estaba en misin cultural de su Gobierno y que estaba fascinado por el arpa, especialmente, despus de verlo tocar en un festival de la Alianza Francesa. Curioso investigador, haba llegado a su conocimiento que el instrumento haba sido introducido por los jesuitas de las Reducciones, y fue perfeccionndose hasta llegar a ser el instrumento nacional en el Paraguay. Era inteligente como un sabio y curioso como un nio, y lleg a preguntarme dnde y con quin podra tomar elecciones elementales, ya que tocaba el piano y no le sera difcil aprender ese instrumento al parecer ms sencillo.
Al conocer a Pierre, me descubra sensible a sensaciones ya olvidadas, o enmohecidas en mi rutina de amante de lujo. Su entusiasmo juvenil, su placer casi infantil de tener un juguete nuevo, la salud de espritu que pareca dispararse de cada poro de su cuerpo, me devolvan a los tiempos en que crea que los hombres tambin tienen inocencia, y franqueza y alegra de vivir. Que el Baboso no era EL hombre, sino UN hombre, y que haba hombres diferentes, limpios, capaces de concebir la vida como un sendero de flores y no como un campo de batalla, o como un mercado de esclavos.
Por esas extraas casualidades que inesperadamente establecen lazos entre las personas, a la ta Rosario se le haba ocurrido que una modelo bien poda llegar a ser Miss Paraguay y que una Miss Paraguay deslumbrara al jurado de Miss Mundo si se presentaba tocando en el arpa Pjaro Campana o Recuerdos de Ypacara. Con ese pensamiento, me hizo estudiar arpa durante dos aos con Santiago Cortesi, el famoso maestro. Aprend algo, pero no mucho, pero lo suficiente para que a mi vez, le ofreciera a Pierre la oportunidad de aprender, como l deca, lo elemental.
Las cosas sucedieron como si un Dios poco imaginativo hubiera escrito un libreto color rosa. De noche, a una hora prudencial en que el Baboso ya no llamara a verificar que dorma un sueo inocente, cruzaba al departamento de Pierre y llegbamos hasta la madrugada con mis desmaadas lecciones y con su entusiasta deseo de aprender, y aprendi rpidamente, porque a ms de mis lecciones, adquiri unos discos de Luis Bordn, escuchaba atentamente y los reproduca bastante bien en el instrumento. 
Profesor de piano, tena el odo y los dedos entrenados, y hasta intentaba variaciones que sobrepasaban las conocidas limitaciones del arpa paraguaya.
La agradable rutina se interrumpi cuando viaj por dos semanas a explorar no s qu inscripciones antiguas en los cerros del Amambay, de las que sac incontables fotografas que pasaba horas estudiando con una lupa y tomando notas y comparando en un catlogo lleno de smbolos extraos. A veces yo le contemplaba trabajar y me fascinaba la pasin que pona en todo, en esas investigaciones y en el aprendizaje del arpa.
Entre ambas pasiones, las inscripciones y la msica, en la soledad compartida de la noche y en el encuentro de nuestras propias juventudes, sucedi fatalmente lo que tena que suceder. Apareci la tercera pasin, entre Pierre y yo. No apareci con un estallido de besos y caricias, sino lentamente, como una consecuencia natural de la evidente compatibilidad que nos una, o tal vez, de los dos desamparos, el de forastero lejos de su tierra y el de la cortesana lejos del amor. De pronto, estbamos besndonos con suavidad y dulzura, y aun en ese instante de felicidad, decid no ser egosta. Le dije sinceramente que yo era mujer de otro, y l me contest sonriente que ya lo saba, y no le importaba. Muy francs, eso de compartir una mujer no parece tener las connotaciones que tiene aqu, en el Paraguay machista y primitivo. Para l, fue una cuestin admisible, capaz de ser solucionado por los acontecimientos y por el tiempo. 
Sin embargo, nos obligamos a ser prudentes, una obligacin que no pes mucho, habida cuenta que compartamos el mismo piso, y las mismas noches.
Me convenc que los sentimientos de Pierre eran serios, porque cuando hablaba de SU futuro, lo haca en plural, como incluyndome en l. Vivir en Montmartre NOS ser agradable, deca, y al parecer daba por sentado lo que yo dudaba, es decir, que yo formaba parte de sus proyectos de vida.
Llegu a conclusiones ms firmes cuando una noche tranquila, en su cama, despus de habernos amado con suavidad y a media luz, me dijo que se haba preocupado muy poco del amor, del amor trascendente y profundo, y tena que haber venido a este pequeo pas desconocido para encontrarlo. 
Sus palabras tenan una proyeccin de futuro, y me sent feliz. Mi liberacin estaba cerca, tan cerca como el final de sus investigaciones, despus del cual nos iramos a Francia.
Semejante perspectiva de amor y de liberacin, en cualquier chica normal, se convierte en un florecimiento radiante, fcil de detectar. Una no sube las escaleras ni transita las calles, vuela sobre ellas con expresin arrobada y talante feliz. Las galeras ms srdidas se convierten en jardines y la msica ms tonta en himno de amor. Cuando una est enamorada, ama a la gente, ama a la vida, al mundo, perdona todo. Los ojos brillan, las mejillas se encienden, cambia todo, hasta la manera de caminar y de sonrer. Pero hasta esa explosin deba ser contenida. Como mi tnica oculta mi cuerpo, mi expresin adusta debera ocultar mi primavera interior, especialmente, a los ojos de ave de presa de Carlos, tunante y procaz, pero agudo como un estilete florentino.
Me esforc en parecer normal en los encuentros con Carlos, tan normal, que su mirada se volva desconfiada. Al final de cuentas, tena que pasar informes al Baboso, y que yo fuera tan lineal no slo lo molestaba porque nada tena que informar, sino porque, acostumbrado como era a disfrazar miserias tras la verdad, quera percibirlas tras mi sosegada postura. Desconfiaba que yo hubiera aprendido tan bien su mtodo.
Tomamos con Pierre todas las previsiones el caso. Nos cuidbamos hasta de la servidumbre. La nica vez que salimos fue cuando fuimos a la Embajada de su pas a hacer visar mi pasaporte. Fuimos por separado. Yo tom un taxi y l ya me estaba esperando all. Despus, nada que llamara la atencin. Pierre, hombre de mundo, conoca la solidez, la sordidez y el peligro de mis lazos con el Baboso, y se portaba como un verdadero enamorado, subrepticio y escurridizo si haca falta. Un paraguayo se sentira degradado en semejante situacin, pero Pierre es francs.
No obstante, los das en que apareca inesperadamente el Baboso, sin aviso previo y a cualquier hora, menos a la madrugada, Pierre no poda menos que enterarse porque habamos convenido que cuando el Baboso estaba en el nido de amor, yo pondra de espaldas a la pared, el pequeo gnomo que descansaba a la sombra de la planta artificial que adornaba el pasillo. As Pierre se enteraba que su amada estaba en brazos de otro, y aunque trataba de disimular como hombre de mundo, sus ojos revelaban mayor tensin, sus mandbulas se cuadraban y su tez casi rosada se volva ms plida. Nunca pronunci reproche alguno, y no necesitaba hacerlo, porque toda su postura era un reproche contenido, callado.
En tren de disimular todo, segu concurriendo a los encuentros de los lunes y viernes en el San Roque, tanto para dar la impresin, especialmente para beneficio del Baboso, de que mi rutina segua para seguir alimentando mi novela, que tambin segua y estaba llegando al Captulo XIV de los veinte que proyectaba. Notaba que Carlos haba percibido algn cambio en mi actitud y su mirada era ms vigilante que nunca y sus preguntas ms capciosas y afiladas. Pero yo responda con tranquilidad absoluta y lo notaba desconcertado.
Un solo desliz comet que me perturb al principio. Ocurri que se haba roto una de las cuerdas del arpa de Pierre, y yo le dije que saba dnde comprarla, en la Casa Viladesau. La compr un viernes, un poco antes de la hora de mi encuentro con Carlos y la guard en mi bolsn. 
Gruesa y larga, la cuerda estaba enrollada en un sobre duro de plstico transparente. Ocurri en el San Roque, que cuando en presencia de Carlos extraje mi cuaderno del bolsn, sali enganchada la cuerda. Su mirada alerta capt aquel objeto inusual, quiso saber qu era y le dije la verdad, que era una cuerda de arpa. No saba que tocas el arpa, me dijo y le contest que lo haca de vez en cuando, cuando estaba aburrida. No tienes acaso un piano? Insisti, y ya no supe qu contestar, pero al parecer l perdi inters.
Varias cosas estaban llamando mi atencin, saba que despus de nuestros encuentros, Carlos se encontraba con Bentez y Escobar, tramando Dios sabe qu cosas. Carlos no se molestaba en disimular tales encuentros, porque me haba dicho que era su obligacin informar todo de lo que hablamos y que l mismo era sometido a espionaje, y yo saba que eso era en parte cierto, pero de lo que dudo es del carcter de esas reuniones. No me pasa por la cabeza que sean las reuniones de dos torvos inquisidores con su pobre vctima, sino de tres pescadores de ro revuelto, como creo que ya lo tengo apuntado.
Tambin, aun en estos mismos momentos, me siento algo desconcertada por un episodio extrao. Fue un lunes, cuando llegu al San Roque ms temprano que de costumbre. La hora fijada algo arbitrariamente sola ser a las 7.30 de la tarde, pero yo llegaba generalmente a los 8.30 o a las 9. 
Aquel lunes, llegu a las 7.30 y l an no haba llegado. Esper como diez minutos y lleg en un coche crema, algo ruidoso y deteriorado, creo que Toyota, conducido por una chica rubia, bastante bonita, que me pareci vagamente conocida. Y cuando digo vagamente conocida quiero decir justamente eso. Estaba segura que la haba visto en alguna parte, tal vez en la escuela de modelos, o en la televisin, o en alguna fotografa. 
Confieso que la curiosidad me corroa pero jams caera en la ordinariez de preguntarle a Carlos con quin andaba. Adems, Carlos no pareca muy tranquilo, habiendo sido sorprendido en su llegada e inslita compaa. Por su expresin durante todo nuestro encuentro, not que esperaba con ansiedad una pregunta sobre la chica rubia, para endilgarme alguna explicacin creble, pero no le di el gusto.
Pero nada cambi a partir de ese episodio, salvo aquel momento en que cerca del medioda me asom a la ventana del departamento, mir abajo, y all estacionado, me pareci ver el mismo Toyota anterior, y que la chica rubia sala del edificio, abordaba el auto y se marchaba. Me pareci extrao, pero me tranquilic pensando razonablemente que desde arriba, un noveno piso, todos los autos y todas las personas parecen iguales, y bien poda estar metindome en el territorio de la paranoia, a causa de los sigilosos preparativos que hacamos con Pierre.
En uno de sus informes, Carlos describi a Magdalena liberndose de la inmovilizacin por escayola de su pierna. No admita para nada que su relacin con la mujer era ntidamente sexual y malvada. Amante y proxeneta, pinta de cuerpo entero al sujeto vividor y tenebroso que para mi bien de escritora y mi mal de mujer, se haba introducido en mi vida. 
Sin embargo, en tono que quiso ser jocoso, describi la consternacin de Magdalena cuando liber su pierna y la descubri raqutica, en comparacin con la pierna sana.
Pero nada jocoso me result aquel momento en que por sobre la mesa del San Roque, Carlos me someti al juego del gato y el ratn, y el ratn era yo. No acierto a comprender si aquello fue una burla del momento o una manera de hacerme saber que l, a su vez, saba de la existencia de Pierre. Con malvado cinismo, y grotescamente, se refera a mi bebida como de color le verd, y pronunciaba, con los ojos brillantes de crueldad, palabras como le mos, por el mozo, y le mes, por la mesa. La caricatura que haca del idioma francs era lo ms ordinario y basto, digno del pozo social de donde vena, pero si quiso perturbarme con semejante procedimiento miserable, lo consigui. Y si quiso inyectarme miedo, tambin lo consigui porque el miedo me acompa desde entonces.
Nuestros proyectos con Pierre iban viento en popa, aunque con mayor prudencia en nuestros encuentros nocturnos, que ya no eran en su departamento, sino en el mo, porque como si existiera alguna sospecha sinuosa, que yo emparentaba con la desmaada burla de Carlos, las llamadas del Baboso se hacan mas nutridas, de da, de noche y de madrugada, a cualquier hora. Lleg a llamar cuando yo estaba con Pierre, en su departamento. Naturalmente, nadie contest la llamada y apareci a la maana siguiente hecho una furia. Tuve que recurrir a toda mi imaginacin para convencerle que haba bajado a la farmacia nocturna de la planta baja a hacerme aplicar una inyeccin de novalgina y valium para mi jaqueca. No s si me crey o me crey a medias porque a la manera de Carlos, mi jaqueca era de verdad, peridica y terrible y el Baboso conoca este mal, pero el remedio, de mentira. De todos modos, decidimos ser ms cautos, y era Pierre quien vena a mi departamento, ms all de la una de la madrugada. Y acertamos, porque ms de una vez, estando yo con mi amado, son el telfono, y me di maa para contestar siempre con voz soolienta. 
Pero entre tanto, descubrimos con placer muchos gustos compartidos. Yo la literatura, l la msica y la ciencia. Nos gustaban los perros y charlbamos de tener una perrita pequinesa en el departamento en Pars. 
Tenamos la fecha prevista para el viaje, con todos los detalles cuidados, como si fuera en una pelcula de espas, en la cual iramos al aeropuerto como fuimos a la Embajada, por separado, y yo con el menor equipaje posible. De mi novela, llevara slo el disquete y ningn papel.
Segua escribiendo con entusiasmo mi novela, y habl tanto de ella que Pierre quiso leerla. No quise hacerlo y le ofrec mostrarle estos apuntes que contienen lo substancial de la novela, en el cuaderno del que nunca me separo, pero insisti tanto, que no pude ms que imprimir lo que ya tena escrito, hasta el Captulo XVI, con la intencin de destruirlo apenas terminara de leerlo. Lo imprim reduciendo el texto a un 50%, resultando as un texto de letras pequeitas y de no muchas pginas. 
Tales eran mi prevencin y mi miedo, que lo imprim as, uniendo los papeles con un clip, fciles de destruir. Nunca lo hice porque se perdieron. Pierre juraba que lo haba ledo en una noche, que las letras minsculas le haban irritado los ojos y que le gust, lo dej en la mesa de luz y se durmi.
Recin a la noche siguiente pudimos hablar de la impresin que le caus mi escrito, me dijo que era muy realista y fuerte, elogi mi talento lleno de ira, dijo, y que tena amigos editores en Pars. Buscamos el manuscrito para comentar algunos pasajes, y no lo encontramos. Me alarm de veras. All estaba todo, desde la real imagen del Baboso hasta el captulo inicial del proyecto de fuga. Si caa en manos indebidas era una bomba bajo nuestras sillas.
Buscamos en todo el departamento, en vano. Interrogamos a la seora que se ocupa cada maana de la limpieza, y la sola insinuacin de que hubiera tocado algo en el departamento de Pierre, la encendi de santa indignacin, hasta que admiti al fin de que si el pequeo manuscrito haba cado de la mesa y estaba en el suelo, su obligacin era meterlo en la bolsa de desperdicios, como deca la regla de su oficio, de modo que mi manuscrito sobre la mesa, era eso, un manuscrito, y en el piso, basura y la basura iba al quemador del edificio.
Por su parte, Pierre admiti que al terminar la lectura ya estaba obnubilado por las letras tan pequeas y por el sueo, y que bien poda haber dejado caer el manuscrito sobre la alfombra.
Me sent algo confortada por esta revelacin. Pierre, que se pasaba casi todo el da en un laboratorio donde procesaba los vdeos que haba sacado de los jeroglficos del Amambay, dejaba bien cerrado su departamento, y no era posible que intruso alguno irrumpiera en el departamento para llevarse slo el manuscrito dejando valiosas mquinas fotogrficas y otros enseres de su profesin. El edificio es moderno, tiene guardias diurnas y nocturnas, y las cerraduras de cada departamento son a prueba de ladrones.
No obstante, ese mismo da baj a los pisos subterrneos donde funcionaba el quemador que haba mencionado la limpiadora. El encargado me aclar amablemente que no era quemador, sino compactador, es decir, la basura no se quemaba, sino se compactaba, es decir, se separaba lo que era basura orgnica, restos de cocina y otras cosas, de los papeles y plsticos. El plstico y el papel se convertan en fardos, y la basura orgnica se cargaba en bolsas hermticas. La basura orgnica era retirada diariamente por unos granjeros japoneses, los plsticos, semanalmente, llevados en una camioneta, y los papeles, convertidos en fardos, eran entregados a tres pobres chiquillos que venan a la madrugada con su madre a cargarlos en un carrito de mulas, desde haca poco tiempo, y supona el encargado, los llevaba a vender a una fbrica de cartn. Por alguna razn paranoica, la mencin de los tres chiquillos y su madre, me hicieron evocar a Magdalena, pero semejante presuncin ya era excesivamente fantasiosa.
Hoy, lunes, Pierre olvid retirar mi pasaporte visado de la Embajada. 
Ir yo, si puedo darme una escapada, maana, porque l debe estar temprano en el laboratorio.



Nota del autor. Aqu termina el cuaderno de apuntes de Elena Rivas. 
Se supone que la tragedia ocurri unos das despus de la extraa desaparicin del manuscrito, acaso el mismo que despus la polica encontr en su departamento.




